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NICO
Ya se está haciendo de noche y estoy tumbado en la cama mirando el techo con el móvil en la mano y el Instagram de Marta abierto mirando sus fotos como un auténtico gilipollas.
Solo me apetece meterme debajo de la manta y dormir hasta que todos mis putos problemas se arreglen solos.
Pero eso no pasa. Eso no pasa en un barrio como el mío, ni en una vida como la mía.
Me he dado la vuelta en la cama unas veinte veces, he mirado el techo, he mirado la pared, he mirado el móvil que está boca abajo en la mesilla para volver a entrar en bucle y no dormir en toda la puta noche. Más de lo que ya no estoy durmiendo.
Así que al final decido levantarme.
Me acerco a la cocina, de noche es otro sitio, sin mi madre, sin ruido, con la única luz del extractor que deja un brillo amarillento sobre la encimera.
Me bebo un vaso de agua de pie, sin encender nada más.
Escucho la respiración del edificio, las tuberías, gente subiendo por las escaleras, alguien con el televisor puesto demasiado alto dos pisos más arriba.
Vuelvo a coger el móvil.
No voy a desbloquearla. Lo pienso y lo descarto en el mismo segundo. Pero cojo la aplicación de notas, que es lo más cerca que voy a llegar a hablar con ella esta noche, y empiezo a escribir.
Marta.
Me quedo mirando la palabra sola en la pantalla.
El problema es que no sé qué viene después.
No sé si decirle que lo entendería si no me perdonara, o que tampoco me esperaba perdonarme yo, o que la noche antes del mensaje estuve una hora mirando el llavero de cerezas como un gilipollas sin saber qué hacer con todo lo que tenía dentro.
No sé cómo decirle que el mensaje fue lo más cobarde que he hecho en mucho tiempo, y he hecho cosas bastante cobardes.
Marta. Sé que no te lo vas a creer. Espero que no te lo creas.
Lo borro.
Marta. Lo de Lisa no es verdad. Lo sabes. Pero si decides creerlo yo lo entiendo, porque a veces es más fácil creer lo que duele que creer lo que no tiene sentido.
Lo borro también.
Dejo el móvil boca abajo otra vez y me quedo mirando la ventana.
La calle a esta hora está en ese punto raro entre silenciosa y no del todo, hay algún coche de vez en cuando, una pareja que pasa hablando en voz baja, el sonido lejano de algo que no llego a identificar.
Mi barrio de noche siempre me ha parecido más honesto que de día.
De día todo el mundo finge que está bien.
De noche nadie finge nada porque no hay nadie mirando.
Me pongo las zapatillas y salgo.
No tengo ningún sitio al que ir. Eso no me lo he preguntado cuando he cogido las llaves, simplemente he salido porque necesitaba mover el cuerpo en alguna dirección.
Camino por la calle principal, cruzo hacia el parque pequeño que hay cerca, el de los bancos de piedra donde Hugo y yo pasamos un montón de tiempo sin hacer nada en particular.
A esta hora está vacío excepto por un tío con un perro que no me mira cuando paso.
Me siento en el banco del fondo.
El costado me duele de una manera que ya tiene su propio ritmo, una punzada cada vez que respiro hondo y luego nada, luego otra punzada.
Me he acostumbrado en tres días a respirar un poco más corto para no provocarla.
Parece que hay que aprender incluso a respirar cuando las cosas se complican lo suficiente.
Pienso en Hugo.
En la cara que tenía cuando me dijo que me alejara de Marta.
No era la cara de alguien que me odia, ojalá fuera eso, ojalá fuera más fácil.
Era la cara de alguien que me conoce demasiado bien para odiarme y que por eso le duele más.
Hugo sabe exactamente qué clase de vida llevo.
Sabe lo del taller, lo de Davo, lo de mi padre.
Y lo puso delante: ¿qué puto futuro le espera a tu lado?
Llevo días dándole vueltas y no encuentro la respuesta que me gusta.
Las que encuentro son todas verdad y todas una mierda. La clase de vida que ella cruzó un océano para dejar atrás, no exactamente, no los mismos problemas, pero el mismo olor. La misma sensación de que el suelo puede moverse en cualquier momento.
Y sin embargo, la imagen que no consigo quitarme es el colgante. La cara que puso cuando lo vio. No es la cara de alguien que quiere irse, sé que ella quiere estar conmigo y yo joder, yo quiero estar con ella y no quiero irme a ningún lado.
Yo tampoco sé cómo decírselo. Eso es lo que nadie ve desde fuera.
Hay un sonido al fondo de la calle que no reconozco al principio. Luego sí. El motor de una moto acelerando en alguna calle paralela, ese ruido específico, limpio, que no tiene nada que ver con las motos de reparto ni con las de los vecinos. Una Panigale suena distinto a todo lo demás.
Me quedo quieto.
El sonido se aleja y desaparece.
No he hecho nada. Me he quedado sentado en un banco de piedra a las dos de la mañana oyendo marcharse la moto del tío que aterra a Marta y no he hecho nada.
El Nico de hace seis meses no se hubiera quedado sentado.
El Nico de hace seis meses habría salido corriendo a la calle y hubiera hecho algo estúpido y probablemente hubiera acabado en el suelo o peor.
Me quedo en el banco, con las manos entre las rodillas y el costado doliéndome, y escucho cómo la moto se pierde entre las calles del barrio hasta que no queda nada.
Cuando vuelvo a casa son casi las cuatro.
Me siento en el borde de la cama y cojo el móvil otra vez. La aplicación de notas sigue abierta. La palabra Marta sola en la pantalla, sin nada después.
Escribo:
Cuando termine esto te lo cuento todo.
Lo dejo así. No lo borro. No lo mando a ningún sitio porque no hay ningún sitio al que mandarlo y porque no tengo claro si voy a poder cumplirlo.
Pero lo dejo escrito porque necesito que exista en algún sitio, aunque sea solo en la pantalla de mi móvil a las cuatro de la madrugada.
Me tumbo sin desvestirme.
********* *
El sonido de la puerta me saca del duermevela cuando escucho la voz de mi padre. Me levanto más bien por inercia que por ninguna otra razón.
La escena que veo debería ser desoladora, pero por desgracia la he vivido muchas veces desde que era un crío.
Mi padre está tirado en medio del salón con la cabeza sobre su propio vómito.
Tiene la camisa rota y sangre por toda la ropa.
Le han pegado una paliza, de lo que saco la conclusión de que tiene que deber más dinero.
No tengo ni idea de cómo vamos a salir de esta.
Me gustaría odiarlo, pero una parte de mí no puede.
A veces me acuerdo de cuando tenía nueve años y lo acompañaba a las carreras de coches, cuando me contaba todo lo que le gustaba del mundo del motor.
Antes de que esa mierda del juego lo llenara todo, porque mi padre era un buen hombre antes de aquello.
Me acuerdo de las tardes en el sofá viendo las carreras de fórmula 1 y de MotoGP, de cómo hablábamos de que íbamos a montar un taller Tárrega e hijo. Dios, qué triste es todo esto.
Mi madre no le ha oído llegar porque no se ha levantado, así que me pongo a recoger todo.
Lo levanto como buenamente puedo, mi padre es un tipo grande como yo y a peso muerto me cuesta moverlo.
Lo siento y le quito la camisa, voy al baño y cojo desinfectante y unos algodones y le limpio las heridas superficiales que tiene por todos lados.
Lo tumbo en el sofá y le pongo una manta por encima.
Voy a la cocina a por la fregona para limpiar todo el vómito que cubre medio suelo de la entrada. Y le oigo murmurar .
—Lo siento, hijo.
Lo miro, pero vuelve a dormir. Por desgracia no todo se arregla pidiendo perdón, porque las facturas hay que pagarlas igual y hasta la gente que más te quiere se harta de que no pares de cagarla.
Podría aplicármelo. Porque sé que por mucho que pueda pedir perdón a Hugo, he fallado a su lealtad. Y eso, eso no se olvida.
Cuando termino de recoger todo, voy hasta mi padre y le doy un beso en la frente, porque en el fondo, por mucho que quiera odiarle, sigo queriendo un poco a ese cabrón.
Me meto en la cama y me pongo la manta hasta la cabeza. Cojo el móvil y mi cabeza no me deja hacer otra cosa que entrar en el Instagram de Marta otra vez y ver sus fotos, no puedo parar de mirarlas. Me quedo dormido con el móvil en la mano.
**********
Cuando me despierto por la mañana, escucho cómo mi madre se va por la puerta. Eso solo puede significar que me he quedado dormido. Aunque tampoco es que tenga muchas cosas interesantes que hacer, las cosas como son.
Vuelvo a la cocina y allí está mi padre desayunando.
—Buenos días, hijo.
No me gusta que me llame así. Sé que lo soy, pero me repele escucharlo de su boca.
—Buenas.
—Necesito que me dejes algo de pasta .
Hombre, ya me estaba tardando.
—¿Se te ha ido la olla del todo? ¿No ves que ya te has gastado todo lo que tenía?
—Es importante, Nico, me he metido en un problema, no va a volver a pasar.
Si fuera la primera vez que le escucho esto me lo creería. Lo triste es que en el fondo, muy en el fondo, espero que sea así, pero no va a pasar.
—No tengo nada. No te lo daría, pero no tengo.
Se levanta y veo cómo mueve las manos de forma rítmica, está preocupado.
—Esta vez lo necesito de verdad, Nico. ¿Puedes pedirle a Hugo?
—No —contesto tajante.
Lo que me faltaba ya.
—Nico, no quiero que le pase nada a tu madre.
—¡No me toques las pelotas! Haz lo que quieras con tu vida, pero déjala a ella fuera de esto.
—Le debo dinero a un tío que se dedica a peleas ilegales. Sé que no debía hacerlo, pero Nico, no sé cómo hacer.
No me jodas, chaval. Davo.
—¿Cómo se llama?
—No lo sé, yo solo...
—¡Te estoy haciendo una puta pregunta!
—Algo como David, creo recordar.
Llego hasta él y lo agarro por la camisa.
—Escúchame bien. Voy a arreglar esto, pero tú vas a coger tus putas cosas y te vas a ir de esta casa de una puta vez .
—¿Adónde quieres que vaya, Nico?
—¡Ese no es mi puto problema!
Me levanto y me voy de casa dando un portazo.
Cojo el teléfono y llamo a Davo.
—¿Podemos hablar?
—En una hora en el aparcamiento de la nave.
—Nos vemos.
El aparcamiento de la nave a esta hora no tiene nada que ver con el de las noches de pelea.
De noche hay ruido, gente, coches aparcados en doble fila, el olor a tabaco y a cerveza barata.
A esta hora está vacío y silencioso y la luz del sol le da un aspecto distinto, más grande, más expuesto, sin sitios donde esconderse.
Veo los dos coches nada más doblar la esquina. Negros, grandes, cristales tintados. No son los coches que normalmente aparcan aquí. Son el tipo de coches que aparcan donde les da la gana y nadie dice nada.
Me quedo sentado en el mío un momento antes de bajar.
No por miedo — o no solo por eso — sino porque necesito ese segundo para ordenar lo que voy a decir y cómo lo voy a decir.
Con Davo hay que ir con cuidado, no porque sea listo, sino porque es impredecible.
Los listos tienen lógica. Los impredecibles no.
Me bajo.
Dos tíos de traje salen de los coches casi al mismo tiempo, como si lo hubieran ensayado. No son los matones habituales, estos tienen otro porte, otra forma de moverse, la clase de calma que solo tiene quien ha hecho cosas peores que pegar a alguien en un aparcamiento a las doce del mediodía .
Me los quedo mirando sin parar de caminar.
Luego se baja Davo.
—¿Qué pasa, Nico?
—Mi padre te debe dinero, ¿no?
—Mi padre también era un hijo de puta, chico. No quería meterte en medio de sus cosas.
—¿Cuánto?
—Más de lo que tú me vas a poder pagar, sobre todo pensando que tú también me debes pasta.
—¿Qué quieres a cambio?
—Dos peleas para mí. Una perdiendo, pero una necesito que la ganes.
—Eso es imposible de saber, Davo, lo sabes. Puedo perder queriendo, pero ganar no.
—Si haces lo que te digo te perdonaré lo de tu padre.
—¿Y lo mío? Ya peleé contra Hugo.
—De eso ya hablaremos más adelante, chico.
—Está bien. ¿Cómo y cuándo?
—Esta noche contra Santos.
No me gusta un pelo ese tío, pelea super sucio, casi es peor que el payaso de Mateo.
—¿Ganar o perder?
—Perder. —Hace una pausa—. El sábado contra Reid es el que tienes que ganar.
—¿Reid?
—Un australiano. Lleva un tiempo trabajando conmigo. —Sonríe ligeramente—. Ya lo conoces, creo. Tiene una Panigale negra.
Me quedo quieto.
La Panigale. Joder, el ex de Marta .
—Está bien —digo.
No añado nada más. Davo tampoco. Los dos sabemos que la conversación ha terminado.
Me meto en el coche y arranco. Y mientras salgo del aparcamiento los cabos se van atando solos, uno detrás de otro, hasta que el cuadro completo empieza a tener una forma que no me gusta nada.