Sin guantes 40
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MARTA

Cuando me despierto intento volver a llamar a Nico, llevo intentándolo desde ayer y me sale apagado. Me imagino que me ha bloqueado, y ese mensaje de mierda no tiene ni pies ni cabeza, la verdad. Por una parte, pienso que igual es cosa de Hugo.

Me levanto a ver si puedo hablar con él hoy, pero no está en la cocina. Me acerco a la puerta de su habitación y le doy un par de golpes, nadie contesta así que la abro y no está. Tiene la cama hecha y todas las cosas colocadas, así que no ha debido irse corriendo.

Nico puede bloquearme del móvil, pero no puede hacerme desaparecer. Y si no me va a hablar más me lo va a decir a la puta cara.

Cojo el bus que lleva hasta su barrio, podría ir andando, pero quiero llegar lo más rápido posible. En otro momento me daría miedo ir sola, pero para eso no estoy yo ahora mismo .

El barrio de Nico es distinto al mío, está cerca, pero es distinto. No en el sentido de mejor o peor, sino en el sentido de que tiene una textura diferente, las calles más estrechas, los portales más oscuros, las tiendas con los letreros a mano, los balcones con ropa tendida a todas horas.

Me meto por la calle de su portal. Es estrecha y da bastante miedo, menos mal que son las diez de la mañana porque si fueran las ocho de la noche estaría corriendo. La gente pasa por mi lado sin mirarme, cada uno con sus cosas, con sus guerras propias.

Me acerco a su portal y voy a timbrar, pero antes de hacerlo veo al final del callejón un hombre con una cara que me resulta conocida.

Es igual que Nico, pero en mayor, los mismos rasgos, pero con más arrugas, esos ojos que son totalmente inconfundibles.

Está con otro hombre de no muy buenas pintas, lo empuja contra la pared, y una parte de mí quiere gritar, pero deja de parecerme buena idea cuando veo que se acercan otros dos.

El padre de Nico.

Tiene que ser su padre.

Abro la puerta del portal que está solo arrimada y entro.

Subo hasta el tercero, que es donde viven. No hay ascensor. Nico siempre dice que eso es para mantener las piernas en forma, que el ascensor solo crea vagos con problema de corazón.

Al estar frente a la puerta me quedo parada un momento y timbro .

Me abre su madre, tiene el bolso colgando del brazo, parece que se va a ir. Aunque creo que no es muy buena idea visto lo que estaba pasando a pocos metros de la puerta.

—Marta, cariño —lo dice mientras se acerca y me da un abrazo.

Sin ella saber lo importante que es para mí ese abrazo ahora mismo, porque esa señora siempre se ha portado bien conmigo.

—¿Está Nico?

Me pone una cara que me resulta difícil de descifrar porque no es una cara de sorprendida, y debería estarlo, ¿no? Debe de ser la primera vez que vengo sin Hugo.

—No, se ha ido al taller.

Joder, qué mala suerte.

—Vale, gracias, disculpa.

—Marta, cielo, ¿puedo decirte algo?

—Claro.

—No sé qué te pasa con mi hijo, pero es buen chico. Él no tiene la culpa de la vida que le ha tocado vivir.

Lo sé, joder, claro que lo sé. Es probablemente la mejor persona que conozco por muchas pintas que tenga y por mucho que quiera que parezca que no es así.

—Lo sé, yo no pienso nada malo de él, todo lo contrario. Pero está enfadado conmigo y no sé por qué, solo quiero hablar con él.

—Ya sabes que es muy tozudo.

—Yo también —lo digo mientras sonrío.

—Me alegro de que lo seas, porque se merece que lo cuiden a él también .

—No sé lo que sabes o no, pero yo quiero a Nico. Y no sé por qué quiere alejarse de mí, pero no se lo voy a poner fácil.

—No quiero meterme en vuestras cosas, cariño. Pero mi hijo no juega con las mujeres.

—No has podido criar a un hombre mejor, de eso espero que nunca tengas dudas. Pero tiene una puta manía de querer controlarlo todo, por eso hace buena pareja con el imbécil de mi hermano.

Su madre se ríe y me da otro abrazo.

—Todo se arreglará, cielo. Esta es tu casa, lo sabes.

—Lo sé, ¡gracias!

Su madre baja conmigo por las escaleras y algo dentro de mí hace un pequeño clic porque tengo miedo de que vea la escena que vi yo antes. Pero eso no pasa porque cuando miramos hacia esa zona, ya no hay nadie.

Ella se va en una dirección y yo en la opuesta.

Sigo caminando hacia el taller, aunque sé que igual es una pérdida de tiempo, si el fuego dejó todo inutilizable, puede que Nico le haya dicho a su madre que iba allí solo para no preocuparla.

Pero me queda de camino y necesito moverme, necesito que los pies estén haciendo algo mientras la cabeza da vueltas.

Cuando llego a la calle veo la persiana medio subida.

Me quedo un momento en la acera mirando.

El taller tiene un aspecto distinto al que recordaba, hay una zona del fondo que se ve ennegrecida, aunque no llego a verla bien desde aquí, y el olor a quemado todavía flota en el aire mezclado con el de aceite de siempre. Pero está abierto. Hay alguien dentro .

Entro.

Paco está en el fondo con una escoba, recogiendo algo del suelo. Levanta la vista cuando me oye y me reconoce enseguida.

—Marta. ¿Qué tal, hija? ¿Estás mejor? La otra vez nos diste un buen susto.

—Sí, ya estoy bien. Perdona por aquello.

—No tienes nada que perdonar. —Deja la escoba apoyada en la pared—. ¿Buscas a Nico?

—Sí. Su madre me ha dicho que había venido aquí.

—Sí, ha estado, pero se ha ido hace un rato. —Me mira un segundo—. ¿Quieres esperarlo? No sé si vuelve hoy.

—No, tranquilo. —Miro hacia la zona quemada del fondo—. ¿Cómo está todo?

Paco sigue mi mirada y suelta el aire despacio, ese tipo de suspiro que no es tristeza exactamente sino algo más resignado, más viejo.

—Hay cosas que no tienen arreglo. Otras sí. —Pausa—. Pero el taller en sí... ya no tiene mucho sentido seguir, la verdad.

—¿Cómo que no tiene sentido?

Se sienta en el banco que hay junto a la cafetera, con ese movimiento de alguien a quien le pesan las cosas. Me señala la silla de plástico de al lado con un gesto y me siento.

—Llevo pensándolo un tiempo. El fuego ha sido la última señal. Yo ya tenía ganas de jubilarme, y con esto... —Niega con la cabeza—. He hablado con Nico esta mañana. Le he dicho que me planteo venderlo.

Me quedo quieta .

—¿Y Nico?

—¿Qué pasa con Nico? —Me mira con esa expresión suya de saber más de lo que dice.

—¿Qué va a hacer él?

—Eso depende de si se atreve a hacer lo que lleva años queriendo hacer. —Hace una pausa—. Le he dicho que podría vendérselo a él. A plazos, como podamos arreglarlo.

No digo nada. Pienso en Nico en cómo debe estar ahora mismo comiéndoselo todo él solo.

Nico no cuenta las cosas buenas. Las malas tampoco, pero las buenas menos. —Coge la taza de café que tiene al lado, ya frío—. Lleva años soñando con tener su propio taller. El problema es que para él los sueños son cosas que les pasan a los demás.

Algo se me remueve en el pecho, algo que no termina de encajar en ningún sitio.

—¿Y qué te ha dicho?

—Que lo va a pensar. Si quiere, se puede. —Me mira de frente—. Además, seguro que hay gente que le ayudaría si se dejara.

Dudo si me lo está diciendo a mí directamente o si es una cosa general. La cara de Paco no da muchas pistas.

Me levanto.

—Claro que sí, pero ya sabes como es.

—Lo sé.

—Si lo ves, dile que he venido.

Sonríe. Una sonrisa pequeña, de las que no necesitan explicación.

—Suerte, hija .

Salgo a la calle. El sol ha cambiado de ángulo mientras estaba dentro y la calle tiene ahora esa luz de media mañana que lo hace todo un poco más real de lo que quieres que sea.

Me quedo un momento en la acera con las manos en los bolsillos pensando en Nico con dieciséis años entrando en este mismo taller a pedirle trabajo a un desconocido.

Pensando en los años que lleva sosteniendo cosas sin decirlas.

Hay gente que aprende a no pedir nada porque durante mucho tiempo nadie le dio nada. Y luego, cuando alguien quiere darle algo, no sabe qué hacer con ello.

Nico es imbécil. Pero lo entiendo.

Cojo el teléfono y llamo a Tara.

—Hola.

—¿Qué quieres, Marta?

—¿Podemos quedar para hablar?

—¿En media hora en el centro?

—Perfecto.

Esto se va a acabar de una puta vez. Ya estoy harta de tantas tonterías, primero me voy a enfrentar a esta payasa y después tengo que buscar a Reid. Y cuando consiga, hablar con el estúpido de mi hermano.

**********

El centro está lleno de gente como siempre, las calles están abarrotadas de turistas que van de un lado para otro sin una finalidad aparente.

En medio de toda esa gente veo un chico rubio, alto, por un segundo pienso que es Nico, mi corazón me da un vuelco, pero no, el chico se da la vuelta y mi gozo en un pozo.

Entonces la veo allí sentada en el banco que está al lado de la cafetería. Tara siempre me ha parecido una mujer impresionante, guapa, sexy, nunca he entendido esa falta de autoestima que tiene.

—Buenas —le digo mientras me acerco.

Ella me corresponde saludándome de forma seca.

Nos acercamos a una de las mesas de la terraza y nos sentamos. Después de pedir nos quedamos en silencio. Me quedo sin saber por dónde empezar, pero Tara rompe el silencio antes de que me dé tiempo a decidir cómo le voy a decir todo.

—¿Qué quieres, Marta?

—¿Por qué me has mentido?

—¿En qué?

—Tienes razón, son tantas cosas que no sabes por dónde empezar.

—Estás flipando, en serio.

—¿A qué audición has ido?

Se queda callada.

—No había ninguna audición el día que me dijiste.

—¿Me andas persiguiendo? ¿Te estás volviendo loca?

—Me cago hasta en la puta, Tara, ya está de tantas gilipolleces.

Me estoy poniendo cada vez más nerviosa.

—¿Qué coño quieres, Marta?

—¿Qué tiene que ver Reid en todo esto?

Veo cómo la cara le cambia de golpe, la mirada se le queda fija y me mira sin saber qué contestar .

—Ni lo nombres.

Me da la risa tonta. Ahora va a ser que está enamorada también de Reid, lo de esta tía es de traca.

—Me he debido de perder la película o algo porque no entiendo nada.

—Claro que no entiendes nada, Marta, tú siempre eres el puto centro de todo.

—¡Deja de decir eso de una puta vez! —grito sin poder controlar la mala hostia que no para de crecer dentro de mí.

Las personas que están sentadas en las mesas de al lado se giran a mirarnos, así que intento rebajar un poco el tono, aunque por mí le tiraría de los pelos.

—Tara, ¿estás con Reid?

—Tú no lo entenderías, lo nuestro es especial.

Sí claro, todas somos super especiales. Ojalá algún día sepas lo que es sentir que eres especial para alguien de verdad.

—Marta tienes un problema.

—¿Yo? Es un tío peligroso, ¿por qué estáis aquí? ¿Es por mí?

—¡No ves! Todo gira en torno a ti siempre, qué puta pesada eres.

—Tara, por favor escúchame.

—Reid me dijo que no me acercara a ti, que te ibas a celar de lo nuestro.

—Me fui de Sídney por su culpa, Tara.

—¡Yo ya estaba con él cuando estaba contigo! —Lo suelta de golpe, como si llevara años guardándolo—. Ya estaba con él cuando a ti se te encaprichó. Y tuve que aguantar toda esa mierda callada.

Me quedo quieta.

El ruido de la terraza sigue igual — conversaciones, tazas, alguien pidiendo la cuenta, pero yo estoy en una burbuja donde no entra nada de eso. Solo esa frase dando vueltas.

Ya estaba con él.

Cuando Reid me acosaba, cuando me seguía con la moto, cuando me llenaba el móvil de mensajes, cuando me hizo irme de Sídney, Tara ya estaba con él. Lo sabía. Lo estaba viendo. Y no dijo nada.

No dijo nada.

—¿Pero qué coño dices? —Lo digo en voz baja, muy baja—. ¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque estaba obsesionado contigo. — Tiene los ojos brillantes, entre la rabia y algo que no consigo descifrar. Como todos, claro. Incluso tu hermano. Siempre todos pensando en ti.

Me quedo mirándola.

Esta es la persona que pensé que era mi amiga. La persona a la que le confié todas mis inseguridades, a la que le conté cada una de mis dudas, de mis sentimientos. Y todo ese tiempo sabía lo que me pasaba con Reid. Todo ese tiempo era parte de lo mismo.

—Te quería, Tara. No habría estado con él si lo supiera, no habría hecho nada que te hiciera daño.

—No te lo crees ni tú.

—Tara, hay cosas que puede que no sepas.

—¿Crees que lo conoces mejor que yo ?

No contesto. No tiene sentido.

Esta tía está abducida por él. Voy a tener que pensar cómo hacerla entrar en razón, porque no se me ocurre nada todavía.

—Vale, Tara, todo para ti. Si no quieres escuchar yo no puedo hacer nada.

Pero ahora que lo pienso.

—¿Te has liado con Hugo?

La cara que me está poniendo habla por sí sola. Mierda. Espero que Reid no se entere.

—¿A ti qué más te da?

—No quiero que metas a Hugo en mierdas de ese loco, ¿lo entiendes? Como le pase algo por tu culpa te juro que te vas a enterar Tara. Como Marta me llamo.

—Tú no entiendes nada, lo que hay entre Hugo y yo es algo diferente.

—¡A ver si te enteras de una puta vez que eso solo está en tu cabeza, joder! ¿No lo ves?

—Tú solo tienes celos de mí.

—Mira Tara, vamos a dejarlo porque esto es imposible. Alejaros de mí y de mi hermano, avisa a tu novio que lo quiero lejos.

—Mi novio jamás se acercaría a ti.

Ojalá eso fuera así.

—Perfecto.

Me quedo sola en la terraza después de que Tara se va. El café que pedí está frío, no lo he tocado. La gente sigue a lo suyo a mi alrededor, turistas con mapas, una pareja discutiendo en voz baja, un camarero recogiendo mesas.

Nadie sabe nada .

Todo lo que me imaginaba es verdad. Tara y Reid están juntos, pero sigo sin tener clara cuál es la razón por la que están en Barcelona.

Lo que más me preocupa es que saben dónde vivo, si quisieran hacerme algo, lo tendrían fácil. Y Hugo…no sabe nada de lo de Reid y va y se lía con esta, debería haberle contado todo cuando vine.

Cojo el teléfono. Lo miro un momento.

Tengo que contárselo. Todo. Lo de Reid, lo de Sídney, lo de Tara. Todo lo que llevo meses cargando sola porque pensé que podía con ello.

No puedo más.