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NICO
Me despierto antes de que suene ningún despertador porque el costado no me deja dormir bien. Me levanto despacio, con esa forma que tienes cuando sabes que algo va a doler antes de que duela, y me meto en el baño.
Me miro en el espejo.
El moratón en la mandíbula ha florecido durante la noche — ahora es una mancha violácea que baja hasta el cuello.
El costado derecho me duele solo al respirar hondo, puede que Hugo me haya roto alguna costilla, pero no lo creo, he tenido costillas rotas y esto no llega.
Lo que sí llega es lo otro. Lo que dijo. La cara que puso antes de irse.
Me duele más cómo me habló que todo lo demás junto y me duele el cuerpo de cojones.
Sé que no hice bien las cosas. No soy gilipollas. Yo también me habría cabreado, me habría cabreado mucho más, probablemente. Pero saberlo no hace que duela menos mirarse al espejo.
Tengo tantos problemas ahora mismo que no sé por dónde empezar. Sin el taller tengo que buscar curro rápido. Lo de Davo hay que solucionarlo. De Hugo mejor no hablemos. Y Marta… joder, ¿qué voy a hacer con Marta? No sé cuánto tiempo podré tenerla bloqueada.
Agarro las galletas de la alacena e intento pensar en una cosa cada vez, cuando veo a mi madre en la puerta.
—¿Mala noche, cariño?
—Podría haber sido peor, pero también las he tenido mejores.
Peores pocas, la verdad.
—Ese golpe no tiene buena pinta, Nico.
Me mira el moratón que tengo en la mandíbula.
—No es nada, mamá.
—Nico, no soy tonta, lo de los moratones…
No la dejo terminar.
—Todo está bien, mamá. Siéntate a desayunar.
—He hablado con una señora a la que le voy a casa y me ha dado un par de casas más para trabajar.
No quiero que trabaje en más putos sitios. Mi madre se pasa el día entero trabajando para que ese payaso le vapulee toda la pasta.
—Mamá, no quiero que trabajes más, joder. Para eso estoy yo.
—Nico hijo, eres buen chico, pero no puedes arreglar los problemas de los demás.
—No eres los demás, mamá. Tus problemas claro que son los míos .
—Quiero que seas un chico normal de tu edad, Nico. Nunca me voy a perdonar lo que tienes que vivir.
—Mamá, tú no tienes la culpa de nada.
—Deberías llamar a Hugo e iros por ahí a tomar algo, cariño.
Suspiro.
—¿Qué pasa, Nico? Soy tu madre. Entiendo que no quieras contarme, pero...
—Es una chica.
—¿Has tenido un problema con una chica? ¿Esos golpes son de su novio? —lo dice con una cara de asustada que da miedo.
—No, mamá. Me gusta una chica, pero no es para mí, ya está.
—¿Cómo que no es para ti?
—Eso, ¿qué vida crees que puedo darle yo?
Mi madre se levanta y se acerca a mí por detrás.
—Mi amor, no digas eso de ti mismo nunca. Porque eso no es verdad.
Como que no es verdad, joder. Qué le voy a dar yo a esa chica, una vida de mierda entre deudas y peleas. Gente que la vaya a amenazar por mi puta culpa. Ella no se merece eso ni mucho menos. En eso tiene toda la razón Hugo.
—Sí que lo es, mamá.
—No. Cualquier chica debería estar contenta de que tú estuvieras con ella. Eres un chico maravilloso Nico, sé que soy tu madre, pero cualquiera que te conozca lo diría.
—No cualquiera.
—No estoy de acuerdo, Nico .
—Es Marta, mamá.
Lo digo sin anestesia porque creo que tenía que soltarlo en alto. Estoy cansado de convencerme a mí mismo de que no ha pasado nada, porque aunque ella no sea para mí sí que ha pasado.
Mi madre se vuelve a sentar.
—Ay, madre mía, Nico, ¿la chica es Marta? Pero... pero...
—Sí mamá sí. Marta, la hermana de Hugo. Y Hugo lo sabe y no está muy de acuerdo que digamos.
—Es buena chica, Nico, pero tú no eres peor que ella.
—Hugo dice que se merece algo mejor y tiene razón.
—Hugo no tiene la verdad universal. Sé que lo quieres Nico, pero también se equivoca. Y es su hermana...
—A ver, tiene razón para estar enfadado. No se lo conté yo exactamente.
—Nico, cariño...
—Joder, mamá, ya sé que la cagué.
—Pues eso igual deberías decírselo a él.
—Lo sé.
—Me alegro de que por fin hayas encontrado una chica que sea para ti, mi amor. Te mereces a alguien que te cuide como tú cuidas de todos.
—Bueno mamá, sabes que no me mola nada hablar de estas cosas. Y no es para mí, ya te lo estoy diciendo.
—Lo sé cariño, pero sabes que estoy aquí.
—Sí.
Me abraza por detrás y me besa en la mejilla. Y siento un poco más liberado mi corazón .
Sé que Marta es una chica perfecta, vaya si lo es. Pero es verdad que yo tampoco creo que me porte mal con las tías, nunca lo he hecho y Hugo lo sabe.
Suena el teléfono. Es Paco.
—Hola Nico.
—¿Qué tal Paco?
—¿Puedes venir por el taller? Quería hablar contigo de una cosa importante.
—Dime que no es nada malo, porque no tengo la semana.
—No, tranquilo, hijo.
—Ahora voy.
Me visto y recojo las cosas. Miro el móvil varias veces porque en realidad espero que Marta me escriba, pero eso no puede pasar porque la sigo teniendo bloqueada. Agarro las llaves del coche y mis dedos se van irrefrenablemente al llavero de cerezas.
**********
Al llegar al taller veo a Paco en el fondo. No tiene cara de preocupado, gracias a Dios, porque estoy hasta los huevos de problemas esta semana.
Miro hacia la zona en que trabajaba. Me da pena ver las cosas así de desgraciadas.
—Hola Paco.
—¡Nico, chaval!
Me abraza y una parte me preocupa porque no es de muestras de amor a lo loco .
—¿No te vas a morir, no?
Se ríe.
—No, tranquilo.
—Joder, es que te estás poniendo muy sentimental y me estás acojonando.
—Quería hablar contigo porque he estado haciendo números. Con todo lo que hay que arreglar no me vale la pena volver. Ya no me queda nada para jubilarme y creo que es mejor venderlo así.
Una parte de mí sabía que esto iba a pasar. Y me jode, me jode mucho, porque este sitio no era un trabajo. Era el único lugar donde me sentía en mi puta casa desde que tengo memoria.
—Haces bien, tío. No te voy a decir que me alegro porque es mentira.
—Lo sé, Nico. —Me mira un momento—. Por eso había pensado que quizás podría vendértelo a ti.
Me quedo quieto.
Lo miro.
—¿Qué?
—Piénsalo. Podríamos llegar a un acuerdo, pagármelo de poco en poco. Me gustaría que te lo quedaras tú, chaval. No me imagino a nadie mejor para cuidar esto— lo dice mientras mira a su alrededor.
Llevo años soñando con tener mi propio taller.
No lo he dicho en voz alta casi nunca porque hay sueños que si los dices en voz alta se rompen, pero lo he pensado miles de veces.
Cada vez que arreglaba un motor que nadie más conseguía arrancar, cada vez que Paco me decía que tenía manos de oro, cada vez que cerraba el taller de noche y pensaba que algún día.
Me levanto y le doy el abrazo más fuerte que nos hemos dado en la vida.
No sé cómo pagarlo. No sé de dónde voy a sacar el dinero. No tengo ni idea de cómo funciona esto. Pero lo voy a intentar, aunque tenga que moverlo todo.
—Gracias, Paco. En serio.
—Cuando tengas una respuesta llámame, de corazón chaval.
Los ojos se me empiezan a llenar de lágrimas y aparto la cara para que no lo vea, aunque seguro que lo ve igual.
Cuando me despido de él miro todas las esquinas del taller, todos esos sitios en los que he pasado los últimos años, donde he estado currando con Hugo, y me entra un montón de nostalgia. Ojalá pudiera quedármelo. Quizás si hablo con Davo, si hago algún trabajo para él...
Eso no es buena idea. Yo sé cómo funcionan las cosas.