37
NICO
Si mi vida ya era una puta mierda, esto ya es lo que me faltaba.
Salgo del despacho de Davo con el trato firmado en la cabeza — no en papel, los tratos con Davo no se firman en papel — y bajo las escaleras intentando procesar lo que acabo de hacer. Trabajar para él. Y una pelea contra Hugo.
Siempre he pensado que mi padre era un mierdas, pero creo que le voy a la zaga. Al menos él nunca tuvo que vender a su mejor amigo.
El sonido del polígono me golpea nada más salir al pasillo, golpes secos, gente gritando, el olor a tabaco y a cemento frío de siempre.
Empiezo a bajar hacia la planta baja y entonces los veo.
Hugo con Lisa y con Cati, apoyado en la pared del fondo con una cerveza en la mano y esa postura de cuando está en el polígono, relajado pero alerta, siempre mirando todo sin que parezca que mira.
Lo miro .
Me mira.
Y en menos de un segundo aparta los ojos como si yo no existiera.
Me odia. Y lo entiendo. Y no sé si alguna vez voy a poder arreglarlo.
Antes de que me dé tiempo a nada más Gusano me agarra por el brazo.
—¿Qué coño quieres ahora?
—Davo cree que podíais pelear hoy.
—¿Qué?
—Hugo y tú.
Miro hacia Hugo y está el hijo de puta de Davo en persona hablando con él.
Seguro que va a intentar convencerlo con lo de Marta.
No quiero pelear con Hugo y menos ahora con todo lo que ha pasado.
Hemos sparreado en gimnasios miles de veces, pero esto es distinto.
Querría decirle que no a este payaso. Pero por desgracia no puedo.
Me acerco adonde están hablando ellos, con Gusano a mi espalda.
—Vaya, Nico, estaba comentándole a Hugo lo de vuestra pelea.
Lo miro y solo veo rabia en sus ojos. Me cuesta ver a mi amigo, a mi hermano.
—Hoy no voy a pelear con nadie, Davo.
—¿Tienes miedo, Nico? —suelta Hugo con la rabia subiéndole a la cara cada vez más.
Puto cabezón.
—Los dos sabemos que vas a ganar tú, ¿no?
Davo sonríe, la está gozando con la situación .
—Vamos a verlo.
Hugo se quita la camiseta y entra en el cuadrilátero que tiene detrás.
Las cosas no pueden ir a peor, eso está claro.
Davo se acerca a mí por detrás y me susurra al oído.
—Tu chica, Nico. Acuérdate.
Quiero pegarle una hostia y largarme de aquí, pero ya lo hice una vez y esto es lo que ha pasado. Así que hago lo que todos esperan.
Hugo está esperándome en el medio del ring improvisado así que me acerco a él.
—Hugo, tenemos que hablar.
—No tengo nada que hablar contigo. Olvídate de que me conoces.
No me da tiempo a abrir la boca.
El primero me llega al mentón y me mueve la cabeza hacia atrás.
Me recoloco rápido pero ya está encima, el segundo va a las costillas y el tercero al hígado y Hugo cuando encadena no para, eso siempre lo he sabido, lo he visto cien veces desde el otro lado y ahora lo estoy recibiendo y es distinto. Es completamente distinto.
Retrocedo dos pasos y bloqueo como puedo.
Levanto las manos.
—Para.
No para.
Se mueve hacia la izquierda, finta arriba y pega abajo, el truco de siempre, el que le funciona con todo el mundo menos conmigo porque yo lo conozco de memoria. Y aun así me da. Me da porque no estoy peleando, estoy aguantando, y Hugo nota la diferencia. Hugo siempre nota la diferencia.
Me empuja contra las cuerdas y suelta una combinación corta, rápida, costillas mandíbula, y el último me sacude la cabeza y me llena la boca de metal.
Pero las cuerdas provisionales me rebotan hacia delante y eso lo uso.
Le meto un recto al esternón que no se espera y Hugo da un paso atrás, el primero desde que hemos empezado.
La gente alrededor hace un ruido distinto, más agudo, interesado.
Hay dinero cambiando de manos, hay gritos, hay el olor a tabaco y a cemento frío del polígono y las luces amarillas tiñéndolo todo de sucio.
Pongo distancia entre los dos.
Hugo se toca el pecho con los nudillos y me mira.
—Así es como me pagas todo lo que he hecho por ti —dice.
—Hugo.
—Yo te la presenté, joder.
Viene a por mí y esta vez estoy listo. Esquivo el primero, desvío el segundo con el antebrazo, giro sobre el pie derecho y le doy en el costado, una, dos veces, rápido, antes de que pueda cerrarse.
Hugo gruñe y se gira y me agarra del cuello antes de que llegue a salir del alcance.
Tiene más fuerza que yo y cuando decide no soltar no suelta.
Me tira hacia él.
—Dijiste que era como tu hermana ¿Te acuerdas?
—Suéltame.
—¿Te acuerdas o no ?
—Sí. —Le sostengo la mirada—. Me acuerdo.
Me empuja hacia atrás. Yo recupero el equilibrio antes de lo que espera y entro rápido, demasiado cerca para que sus golpes largos tengan recorrido.
Le meto dos al cuerpo, cortos y con intención, y noto que los acusa, aunque no lo diga.
Hugo es bueno, pero a corta distancia yo soy mejor, siempre lo he sido, y los dos lo sabemos.
Se aparta y me crea espacio y ahí es donde él manda, en el espacio.
El gancho izquierdo me roza la oreja. El recto derecho no lo llego a bloquear del todo y me da en el pómulo con suficiente fuerza para hacerme ver un destello blanco. Me tambaleo, el mundo da un giro, me sujeto a algo durante el segundo que necesito para que todo vuelva a su sitio.
La gente revienta.
Cuando levanto los ojos Hugo está parado delante de mí. Respira por la boca. Tiene una marca roja en el costado donde le he dado y los nudillos apretados y algo en su cara que ya no es solo rabia. Es una cosa más difícil de mirar que la rabia.
Me escupo la sangre al suelo y me recoloco despacio.
Hugo niega con la cabeza, casi para sí mismo, y viene a por mí otra vez.
Esta vez la pelea es larga y desigual y ninguno de los dos se guarda nada.
Le doy en la mandíbula con un gancho que le mueve la cabeza y él me devuelve tres.
Le abro un hueco en la guardia y cuelo un recto limpio y él me agarra y me lleva contra las cuerdas y me trabaja el cuerpo hasta que el aire deja de llegarme bien.
Caigo de rodillas al suelo y me levanto antes de que nadie cuente nada porque no voy a quedarme abajo delante de él, no esta noche.
Nos separamos.
Los dos jadeamos. Los dos sangramos.
Me acerco un paso. Solo uno.
—Termina esto —susurro—. Pégate a mí o déjame en pie, pero termínalo.
Algo cruza su cara que no sé leer.
Luego me da el último golpe. Costillas, exactamente donde sabe que duele más, con toda la intención del mundo.
Me doblo hacia delante, el aire se me va, el sonido que hago es suficientemente real para que Davo quede satisfecho.
Me sujeto al poste con las dos manos y no caigo, aunque el suelo de cemento tiene en este momento un atractivo que entiendo perfectamente.
La gente explota.
Hugo se da la vuelta y sale del ring sin mirarme.
Y yo me bajo y voy corriendo detrás de él.
—¡Hugo, joder! ¡Escúchame!
Se para. No se da la vuelta todavía.
—Hugo, la quiero, coño.
Y ahí gira sobre sus talones y viene a por mí, tiene los ojos saliéndose de las órbitas.
—Aléjate de ella. Si no lo haces por las buenas lo vas a hacer por las malas, te lo juro.
—No puedes controlarlo todo, tío.
—¿Crees que ella tiene que estar con un mierdas como tú? ¿Qué puto futuro le espera a tu lado? ¡Dime !
Y esas palabras me duelen mucho más que todas las hostias que me ha dado. Porque tiene razón. Marta se merece mucho más, se merece el mundo entero.
Hugo me mira una última vez, se da la vuelta y se pierde en medio de la gente. Yo cojo mi camiseta y me voy sin mirar a ningún lado.
Hugo tiene razón.
Me quedo parado en medio del aparcamiento del polígono con la camiseta en la mano y la sangre secándose en la comisura del labio. Pienso en el llavero de cerezas que me compré porque me recordaba a ella.
Y pienso en lo que acaba de decirme Hugo: «¿Qué puto futuro le espera a tu lado?»
Ninguno. Esa es la respuesta y los dos lo sabemos. Le ofrezco una familia desestructurada, un trabajo de mierda en un taller, bueno ahora ni eso, y un tío que pelea por las noches por un puñado de billetes. Le ofrezco mucho menos que el mundo del que huyó cuando se fue de Sídney.
Marta se merece mucho más que eso. Y yo no puedo dárselo.
Cojo el teléfono. Lo miro un momento. Y escribo lo único que sé que va a funcionar, lo único suficientemente cruel para que lo crea y no intente buscarme.
Nico: Marta, es mejor que no nos volvamos a ver, lo siento. Me gusta otra. No sabía cómo decírtelo .
La bloqueo antes de que pueda contestar.
Me meto en el coche y no arranco. Me quedo mirando el volante con las manos encima y pienso que acabo de hacer lo más cobarde y lo más honesto de mi vida al mismo tiempo.
No arranco en un buen rato.