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MARTA
Yo alucino con mi hermano.
¿Quién coño se cree que es para decirme con quién puedo o no puedo estar? No soy una dulce damisela que necesite que nadie la salve, y menos él, que con la cantidad de tías con las que se ha acostado sin darme explicaciones a mí. ¡Qué morro!
Me han dolido sus palabras. Eso es lo que más me jode, que me hayan dolido, porque significa que me importa lo que piensa y no debería importarme tanto cuando está siendo tan injusto.
"Nico no es para ti."
¿Y quién decide eso? ¿Él? Hugo que me ha visto crecer, que me quiere, que me protege de todo, pero que a veces no me ve. Me ve como su hermana pequeña que hay que cuidar, no como una persona que puede tomar sus propias decisiones y equivocarse sola si hace falta .
Además, ¿qué se piensa, que soy imbécil?
Está claro que se ha debido liar con Tara y luego me vendrán a romper la cabeza a mí.
Él no quiere nada serio con ella, se lo ha dejado claro desde que éramos unas crías, pero ella no para de insistir y al final siempre pasa lo que pasa.
¿Y me compara eso con lo mío y Nico? ¿Un polvo de mierda con todo lo que me hace sentir ese tío?
Estoy harta.
Me toco el colgante de las cerezas que me regaló ayer y siento como una ola de calor me llena desde dentro. Cuando le vi el llavero haciendo juego casi me desmayo, joder. No se puede ser más dulce.
Me paso todo el día en casa haciendo cosas y pensando en lo mismo de siempre. Estoy como un puto disco rayado últimamente.
De repente me llaman, un número desconocido. La verdad que casi prefiero no coger, con todo lo que me está pasando, pero el ansia me puede. Sigo sin saber nada de Reid y eso me tiene muy en alerta.
Finalmente, mi curiosidad me puede y descuelgo.
—¿Sí? —pregunto con la voz un poco temblorosa.
—¿Marta Álvarez?
—Sí, soy yo.
—Le llamamos de la Escuela Infantil Los Pequeñitos, por unas prácticas que ha solicitado.
Todo mi cuerpo se relaja de golpe como si hubiera pasado un tsunami.
—Sí, dígame .
—Queríamos decirle que si le interesa puede empezar con nosotros el martes. Necesitaríamos que vinieras para cubrir unos papeles entre hoy y mañana.
—Sí, claro.
Joder, por fin algo que me sale como esperaba. Debería estar contentísima porque podía ser que me tocara en la otra punta de la ciudad y es la escuela que quería, además por fin voy a poder hacer algo que me gusta.
—Perfecto, pues la esperamos aquí. Y bienvenida.
—¡Gracias! ¡Ahí estaré!
En una situación normal llamaría a Hugo e iríamos los tres a cenar unas hamburguesas o unas pizzas porque ellos siempre me dejan elegir. Pero como está la cosa hoy prefiero decírselo mañana a Nico, hoy me dijo que iba a arreglar cosas y no quiero agobiarlo.
Pido una pizza de mi pizzería favorita y hago algo que me hacía mucha falta. Llamo a mi madre.
—Hola mamá.
—Mi princesa, ¿qué tal estás?
—Tengo que contarte algo.
Por videollamada puedo ver cómo frunce el ceño como cuando éramos pequeños. Hugo siempre la liaba y luego iba yo a dar la cara por él. ¡Qué morro ha tenido siempre el muy imbécil!
—¿Marta, cariño, está todo bien?
—Mamá, me gusta alguien.
Veo cómo suspira y sonríe levemente.
—Marta, mi amor, me estabas asustando.
—Es que es alguien que no debería gustarme, creo .
—¿Y luego? ¿Por qué habría alguien que no debería gustarte, mi amor?
No tengo forma de edulcorar esto, así que lo suelto sin más.
—Nico.
Mi madre niega con la cabeza, pero no parece enfadada, parece que se está riendo.
—¿Te hace gracia?
—Bueno Marta, yo ya tenía bastante claro que te gustaba hace un tiempo.
—¿Ah sí? ¿Y por qué yo no lo sabía?
—Pues porque a veces nos cerramos a lo que sentimos en el corazón.
—Ya, mamá, es muy complicado.
—¿Por qué, cariño? ¿A él le gustas tú?
—Pues eso creo. No sé. Es que Hugo...
—Marta, ya conoces a tu hermano, es muy protector contigo. Entiendo que no le guste que estés con su mejor amigo, pero lo aceptará. Sabes que es buen chico.
Me pongo a llorar sin parar.
—Se enfadó muchísimo con Nico, mamá. Casi se pegan y a mí ni me habla. Sin contar lo de Tara.
De repente se hace un silencio.
—¿Qué?
Mierda. No debí decir su nombre. A mi madre nunca le gustó Tara.
—Nada, eso que está enfadado y no entra en razón.
—Lo otro Marta. Tara. ¿Qué hace ahí? —Tiene una cara que no logro descifrar, parece que está enfadada, molesta, como si algo no le gustara .
—Pues no sé, vino hace unos días a una audición. ¿No le pasaste tú la dirección?
—¿Yo? ¿Cómo le voy a pasar la dirección si hace más de seis meses se fue del país?
—¿Qué? ¿Cómo? ¿Adónde?
—No sé cariño, sabes que esa chica no me gusta un pelo.
—Pero ¿adónde fue mamá?
—Solo sé lo que me contó Carla un día que me la encontré.
—¿Y qué te dijo?
—Que se había ido a Reino Unido con un chico con el que andaba. Que era una mala influencia y que aquí tenía problemas con la ley. No me acuerdo del nombre.
En ese momento el corazón me da un vuelco.
No es un pensamiento, es más físico que eso, como cuando tienes una palabra en la punta de la lengua y de repente aparece sola. Todas las piezas que llevaban días sueltas en mi cabeza empiezan a encajar a una velocidad que me marea.
Tara se fue hace seis meses a Reino Unido. Con un chico. Con problemas con la ley.
Tara que llega de sorpresa sin decirme nada.
Que lo primero que pregunta es por Hugo y lo segundo por Reid, antes de quitarse la chaqueta.
Que dice que hace mucho que no ve a Reid con esa convicción rara que no encajaba.
Y lo peor con esa media sonrisa que no termino de leer, y aun por encima dijo que no puede haber público en su audición.
¿Qué audición? ¿Será mentira ?
Pero no será…Reid.
Tara y Reid.
—Mamá, tengo que colgar.
—¿Estás bien, Marta?
No sé si estoy bien. No sé nada. Solo sé que llevo semanas sintiéndome vigilada y que quizás el peligro no venía de donde miraba.
—Sí, mamá. Te quiero.
—Y yo a ti mi amor. Por cierto, Nico es muy buen chico y me encanta para ti cielo, y a tu hermano también le gustará. Dale tiempo.
Cuelgo y llamo a Nico, pero el móvil está apagado.
Lo intento otra vez. Apagado.
Me quedo sentada en el sofá con el teléfono en la mano y la pizza a medias en la mesa y la cabeza dándome vueltas. Tara y Reid. Tara y Reid en Barcelona al mismo tiempo. Tara sabe dónde vivo.
De repente timbran.
Me quedo quieta.
Timbran otra vez.
Me levanto despacio y me acerco a la mirilla sin hacer ruido, como aquella noche que llegué y me quité las zapatillas antes de mirar. El corazón me va rápido, demasiado rápido para lo que debería ser una noche de martes con pizza en el sofá.
Miro.
Es Tara.
Sonríe al otro lado como si fuera la cosa más normal del mundo. Con esa chaqueta de cuero, el pelo negro cortísimo, esa forma suya de estar en el rellano como si el mundo le debiera algo.
Mierda.
Igual no debería abrir, pero puede que sea peor no hacerlo.
Abro.