Sin guantes 35
68%

35

NICO

Mi madre sigue bastante nerviosa desde lo que pasó en casa el otro día. Estamos sin un euro y encima lo del taller. Intento estar tranquilo y que parezca que no hay ningún problema, pero pronto va a haber que pagar el agua y no sé cómo coño vamos a hacer.

He pensado en vender el coche. No es ninguna maravilla, es un Seat León de hace unos diez años, pero lo tengo bien cuidado y seguro que puedo sacarle algo. Con una parte puedo intentar comprarme una moto pequeña para moverme.

—Nico cariño, voy a intentar ir a más casas a ver si podemos pagar las cosas.

—No te preocupes mamá, sacaré el dinero. Voy a buscar algo más.

—Ya trabajas en el taller, Nico.

No puedo contarle lo del taller ahora, no quiero que se preocupe, es lo último que le faltaba .

Le ayudo a recoger las cosas del desayuno y limpio las tazas y los platos. Ya bastante limpia ella en las casas de los demás.

—¿No te tienes que ir al taller? Es tarde.

—Sí, voy ahora.

No me gusta mentirle, pero en este momento es mejor que decir la verdad, aunque si lo pienso un poco todas las mentiras de mierda me han llevado adonde estoy ahora.

Estoy saliendo por la puerta cuando me llama.

—Nico, te olvidas el buzo.

Joder, miento fatal.

—Gracias, mamá —le digo mientras la abrazo y me voy.

No pensaba venir hasta el taller, pero casi es lo más lógico ahora. Veo a Paco a lo lejos con una escoba limpiando.

—Hola Paco.

—Nico, no voy a poder pagarte estos días.

—Tranquilo, tío, te debo esto y mucho más.

—Nico, eres buen chaval. Deberías dejar esas cosas raras que haces.

Y lo soy, joder, claro que lo soy. Pero uno no elige su vida.

Es muy fácil juzgar las decisiones de los demás cuando no estás en su piel.

No es lo mismo estudiar cuando te lo están dando todo que cuando sabes que no tienes para comer al día siguiente.

Hay gente que tiene metas y los que somos como yo tenemos sueños, sueños que jamás se cumplirán.

—Tranqui Paco, todo está bien.

—Puedo ayudarte en lo que necesites, chaval. No te lo he dicho lo suficiente, pero te quiero como un hijo .

Lo abrazo otra vez, porque joder, él es lo más parecido a un padre de verdad que he tenido nunca.

Nos pasamos la mañana limpiando toda la zona de atrás y haciendo inventario de lo que se ha perdido y de las cosas que podemos aprovechar.

Siempre se me ha dado bien aprovechar cosas que otra gente tiraría.

Ya cuando era un enano cogía los juguetes que la gente desechaba y los arreglaba porque yo nunca tenía juguetes nuevos, mi madre pocas veces podía comprarme algo antes de que el hijo de puta de mi padre se lo quitara.

A media mañana Marta me manda un mensaje.

Es una foto del colgante.

Le queda perfecto. Me vuelve loco esa mujer. Pensando en eso debería hablar con Hugo, aunque sea imposible que volvamos a estar igual, debería explicarle las cosas.

Le contesto.

Nico: Te queda tremendo, pitufa. Te echo de menos.

Marta: Nos vemos esta noche.

Nico: Hoy tengo que arreglar unas cosas. ¿Desayunamos mañana?

Marta: Perfecto. Pero te echo de menos.

Nico: Yo más.

Nunca he sido de andar con unas y con otras, pero esto ya se me ha ido de madre. Creo que estoy totalmente enamorado de ella. ¿Enamorado? Joder, lo que estoy es bien jodido.

Al salir del taller me voy para el polígono. Está más que claro que lo del taller debe de ser cosa del puto Davo y tengo que enfrentarme de una vez a lo que pasó en la pelea del otro día. Es posible que me lleve unas hostias, pero es lo que hay.

Es pronto y todavía apenas hay gente por los alrededores.

El polígono a esta hora tiene algo de abandonado, las naves cerradas, un par de coches aparcados, el suelo mojado de la lluvia de anoche.

No es el mismo sitio que de noche, cuando hay gente y ruido y el ambiente te dice que algo va a pasar.

De día parece solo lo que es: una nave industrial en las afueras de Barcelona donde un hombre con mucho dinero y pocas escrúpulos tiene montado su negocio.

Nada más aparcar veo cómo un par de tíos que están cerca de la puerta me miran y se miran entre ellos. No dicen nada. No hace falta.

Me bajo despacio.

He tomado peores decisiones en mi vida, o eso intento decirme mientras camino hacia la entrada. Lo menos grave que me puede pasar es que me partan la cara. Lo más grave prefiero no pensarlo. Pero no tengo más opciones, si no vengo yo, irán ellos. Y no quiero que vayan a por Marta otra vez.

Cuando llego a su altura los tíos me miran, pero se apartan. Sigo caminando hacia las escaleras que dan al despacho de Davo. Los pocos que están por ahí se giran también para mirarme. Soy consciente de lo que se viene.

Subo los escalones despacio, con las manos sueltas a los lados, sin prisa. Si muestro que tengo miedo estoy más jodido de lo que ya estoy.

—Vaya, vaya, el hijo pródigo vuelve a casa.

—Hola Davo.

—Nico, Nico…Siéntate chaval.

Lo dice mientras tres tíos se me acercan por los lados y me invitan, por decirlo de alguna manera, a sentarme en el sofá todo mugriento que está en un lateral de la sala. Lo hago porque no tengo muchas opciones.

Davo carraspea, se echa un poco de whisky en un vaso y me suelta:

—Me debes mucho dinero, me has hecho perder mucha pasta.

Me rasco el mentón. Soy consciente de lo que he hecho. Me fijo en el tío que tiene al lado, tiene el brazo apoyado casi sobre Davo, como protegiéndolo, miro el antebrazo y veo que tiene un tatuaje de una serpiente.

Joder.

—Lo sé. ¿Has sido tú el del taller?

—Nico, Nico…

Ha sido él .

—Hay que tener cuidado con las cosas que uno hace —susurra.

Abre la chaqueta despacio, como quien no tiene prisa, como quien sabe que tiene todo el tiempo del mundo. Saca una navaja y la deja encima de la mesa entre los dos. No la coge. Solo la deja ahí.

Más amenazante que si la apuntara hacia mí.

Me quedo quieto. Miro la navaja el tiempo justo para que sepa que la he visto, y luego lo miro a él.

—Podría matarte ahora mismo y nadie diría nada. ¿Lo entiendes, chaval? No eres nadie. Y a mí nadie me reta.

—Lo entiendo.

—Pero matar no es siempre la mejor solución. —Se recuesta en la silla—. He estado pensando cómo joderte más. Porque matarte es fácil, ¿sabes? Demasiado fácil. Pero hay cosas que duelen más que morir.

Se queda callado un momento. Y entonces:

—Podría matar a la hermanita de Hugo. Marta se llamaba, ¿no? Parece que es más que tu amiga.

Hay un movimiento a mi espalda. Trago saliva.

—¿No, Gusano?

El hijo de puta sale de detrás de mí. Lleva esa misma camisa de cuadros de la otra vez, como si fuera un puto uniforme. Me mira con una sonrisa que me dan ganas de borrarle de la cara.

Me cuesta más de lo que me gustaría no moverme.

—Haz lo que quieras conmigo. Deja a los demás fuera de esto.

—Ya te dije que eso sería lo fácil.

—¿Qué quieres, Davo ?

—He estado pensando que me vales más vivo y conmigo. ¿Cómo lo ves?

—¿A qué te refieres?

—Dos cosas: que trabajes para mí, puedo buscarte algunas peleas y alguna que otra cosa. —lo dice como si fuera su nuevo juguete— Y otra cosa más. Una pelea contra Hugo.

No, joder, eso no.

—Yo no mando sobre Hugo, por si no te das cuenta.

—Hablaré yo con él. ¿Aceptas el trato?

¿El trato? Qué forma más curiosa de llamarle trato a una puta extorsión. ¿Y qué coño de opciones me quedan si no?

Asiento.