Sin guantes 34
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MARTA

Estamos saliendo del cine y Nico me agarra de la mano.

Es algo tan simple y normal que debería no significar nada.

Pero significa todo. El simple roce de su piel me pone los pelos de punta y al mismo tiempo siento algo raro en el pecho, una especie de vértigo que no sé muy bien si es alegría o miedo o las dos cosas juntas.

Si me hace sentir tan bien, ¿por qué siento que es un error?

No lo sé. No entiendo por qué algo que quiero tanto me da tanto vértigo.

O bueno, sí lo sé: en el fondo tengo miedo.

No hace más que huir de la conversación que necesito.

El olor a palomitas todavía flota en el aire, la gente sale en grupos y en parejas con esa calma de un martes por la noche, conversaciones sobre la película, risas, alguien buscando las llaves del coche. Todo tan normal. Todo tan ajeno a lo que tengo en la cabeza.

Pienso en Hugo. Pienso en Reid. Pienso en todo lo que está pasando con Nico .

Lo miro de reojo. Está pensativo, con la mirada perdida en algún punto del suelo.

—Nico, ¿estás bien?

—Ha pasado algo. No quería joder la cita.

¿Cita? ¿Esto es una cita? Joder.

—¿Qué ha pasado?

—Han quemado el taller. No sé quién ni sé qué hacer con esto.

—¿No sería Reid?

—No sé, Marta. Puede ser Reid, puede ser Davo... incluso Hugo, vistos los enemigos que me estoy buscando en los últimos días.

Me acerco a él y lo beso despacio.

—Nico todo se va a arreglar.

—Qué bien hueles, enana —lo dice mientras mete su nariz en mi cuello—. A cerezas como siempre.

—¿Te habías fijado en eso?

—¡Claro! Siempre hueles a cerezas.

No puedo creerme que este tío reconozca mi olor.

—Es mi olor favorito.

—Lo sé desde el día que llegaste por la puerta del aeropuerto.

—¿Qué sientes por mí, Nico? No haces más que evitar la conversación.

—Marta, ya lo sabes, me encantas, pero es demasiado complicado.

—Me gustas, Nico y mucho más que eso.

Entonces se mete la mano en el bolsillo y saca una caja pequeña .

—Toma. Lo compré el otro día para ti. No sabía si dártelo.

La sostiene un momento antes de dármela, como si todavía no estuviera del todo seguro, y eso — ese segundo de duda — es lo que más me llega.

La caja es azul. Su color favorito, aunque él nunca lo ha dicho en voz alta, solo lo sé porque me he fijado.

En la taza que usa en el taller, en la sudadera que lleva siempre que hace frío, en ese azul oscuro que tiene algo de él sin que sepa explicarlo.

Nico había entrado dentro de mí mucho antes de lo que jamás admitiría.

Al abrirlo hay un pequeño colgante con dos cerezas.

Me quedo mirándolo un momento sin decir nada.

—Nico, tío... no hacía falta.

—Lo vi y me acordé de ti. —Se encoge de hombros, como si fuera una tontería.

Saca las llaves del coche y esta vez me fijo que colgando del llavero hay dos cerezas pequeñas, casi idénticas a mi colgante.

Algo se me rompe por dentro de la mejor forma posible.

Me tiro a sus brazos sin decir nada porque no tengo palabras para esto. Que haya pensado en mí, que haya comprado algo que es tan mío sin que nadie se lo dijera, que lleve días cargando con ello sin saber si dármelo — con todo lo que tiene en la cabeza— y aun así haya pensado en mí.

—Me encantas, Nico.

—Y tú a mí, enana .

Vamos al coche y volvemos hablando de mis cosas principalmente, no de todos los problemas que tenemos ahora mismo, porque para eso siempre habrá tiempo.

Le cuento que tengo muchísimas ganas de empezar las prácticas y que tengo que ir a hablar con una escuela que hay en nuestro barrio para ver si pudiera hacerlas ahí.

Él me escucha y me sonríe, se nota que le interesa lo que le cuento, no es como otros tíos con los que he estado, de vez en cuando me pone la mano en la pierna y solo el roce de su piel me da ganas de más, de mucho más.

—¿Quieres subir?

—Creo que hoy mejor que no. Tengo que intentar hablar con Hugo antes.

—No es mi padre, yo puedo estar con quien quiera.

—Pero es mi amigo, Marta. Mucho más que eso diría yo.

—Lo sé, perdona, solo que estoy cansada de que todo el mundo quiera dirigir mi vida.

Me muero de ganas de dormir con él, de tenerlo al lado cuando me despierte por la mañana, de recorrer todos esos tatuajes con los dedos.

—Yo también, pero mejor otro día. Voy a ver qué tal está mi madre.

—Vale.

Nos besamos y me bajo. Cuando estoy en la puerta del portal miro hacia atrás y él sigue allí con el coche parado esperando a que entre. Cuando lo miro todavía no me lo creo.

Al meter la llave en casa escucho voces dentro. No me apetece lidiar con gilipolleces ahora la verdad .

Entro y los veo.

Tara está con Hugo en la isla de la cocina. Tienen dos cervezas abiertas y están hablando en voz baja, y cuando entro yo los dos se separan un poco, ese movimiento sutil de quien estaba más cerca de lo que quiere que notes.

Hugo sigue sin mirarme.

Tara sí me mira, con esa sonrisa suya de siempre, y me saluda como si fuera lo más normal del mundo que esté en mi cocina a estas horas con mi hermano que lleva días sin dirigirme la palabra.

—¡Hola! Pensé que venías antes.

—¿Qué haces aquí?

No me dijo nada de que fuera a venir. Y esto ya lo hacía en Sídney — aparecer donde estaba Hugo, hacerse la encontradiza, reírse un poco más de lo necesario con sus chistes.

Muchas veces me pregunté si solo era mi amiga por eso.

Si haría lo mismo que las demás, las que se acercaban a mí para llegar a él.

Siempre me dije que no. Que Tara era diferente.

Pero hay algo en cómo está sentada, en cómo lo mira cuando cree que no estoy mirando yo, que hace que ese clic pequeñito de antes se vuelva un poco más difícil de ignorar.

—Una no puede ver a una amiga, ¿o qué?

—Tara, es tarde, quiero descansar.

—Claro, has estado con tu noviete el buenorro y ahora quieres dormir, ¿eh?

Hugo baja la mirada. La mira a ella de lado y no le gusta el comentario, lo veo en cómo aprieta la mandíbula .

—No tengo novio. Es mejor que te vayas y mañana hablamos, Tara, no está el horno para bollos.

Lo digo mirando a Hugo, pero él me esquiva la mirada.

Tara se levanta sin dejar de sonreír, pero la sonrisa está dirigida más a Hugo que a mí. Se acerca a él y le da un abrazo de despedida, demasiado largo, demasiado cercano, una mano en su espalda que se queda ahí un segundo de más.

Luego me abraza a mí.

—Mañana hablamos, nena.

Cierra la puerta y se oye el ascensor.

Y el clic se vuelve más grande.

Me doy la vuelta e intento hablar con Hugo, aunque conociéndolo, tengo pocas esperanzas.

—¿Y esto?

Hugo sigue sentado en el taburete en el que estaba y sigue sin mirarme. No contesta. Puto caprichoso.

—Hugo, ¿vas a estar sin hablarme, en serio?

—No tengo nada que decirte, Marta.

—¿Qué hacía Tara aquí?

—¿Y a mí qué coño me cuentas? ¿Es amiga mía acaso?

—¿Te la has follado?

Creo que no debería haber dicho esa frase, veo cómo se remueve en el taburete.

—¿Me puteas Marta? ¿En serio? ¿Me vas a decir con quién tengo que acostarme? Qué puta hipócrita eres.

—No es lo mismo Hugo.

—¿Ah no? ¿Desde cuándo te lo follas tú? Dime. ¿Desde cuándo me estáis mintiendo en la puta cara?

—No es como tú piensas .

—No, tienes razón, veo lo que veo.

—Yo quiero a Nico.

Se ríe sarcásticamente y niega con la cabeza.

—Nico no es para ti, Marta.

—¿Por qué coño dices eso? Es tu mejor amigo, siempre has dicho que es el mejor tío que conoces.

—Eso pensaba yo, que lo era, pero no lo es.

—Estás siendo injusto, Hugo.

—Te vas a dar una hostia, Marta, y no me vengas a llorar cuando tengas que meterte en su mundo de mierda. Te aviso. Tú misma.

—No me esperaba esto de ti.

—Ni yo de ti.

Lo dice mientras coge la puerta de la calle y se va.

Estoy muy enfadada. Hugo se piensa que soy una princesita de papá que no soy capaz de enfrentarme al mundo. Si él supiera la mitad de las cosas que he vivido.