Sin guantes 33
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NICO

He intentado llamar a Paco durante todo el camino que llevo en el coche, pero no me coge el teléfono. Estoy torciendo la última curva antes de llegar al taller y veo un camión de bomberos y dos coches de la policía.

Me bajo antes de que el coche pare del todo y voy corriendo hacia la puerta. Un policía me intercepta con el brazo extendido.

—¿Adónde vas, chaval? No se puede entrar, ¿o no lo ves?

Me paro y miro hacia dentro mientras sigo intentando que Paco me coja el teléfono.

El taller. Mi taller. El sitio donde he pasado más horas de mi vida que en ningún otro lugar.

Hay humo saliendo por las ventanas rotas, dos coches en el interior calcinados, el olor a goma quemada y a gasolina mezclados de una forma que se te mete en la garganta.

Los bomberos todavía trabajan en un lateral.

Uno de los coches de la policía tiene la luz encendida.

Siento algo muy parecido al vómito.

Vuelvo a dirigirme al policía ante la imposibilidad de hablar con Paco.

—Trabajo aquí, necesito hablar con...

No me da tiempo a terminar la frase porque de lejos veo a Paco que se acerca. Tiene la cara gris, los ojos rojos, la ropa manchada de hollín. Nunca le había visto así.

—Por favor, déjenle pasar.

El policía me hace un gesto y me deja acceder. Me acerco corriendo a Paco y le doy un abrazo sin decir nada. Él me lo devuelve, fuerte, de esos abrazos que dicen más que cualquier explicación.

—¿Qué coño ha pasado Paco? ¡Me he ido hace nada!

—Vinieron unos tíos con la cara cubierta. Me dijeron que las deudas se pagan. Yo no debo nada a nadie, Nico. —Niega con la cabeza—. A ver qué hacemos ahora.

Ese hombre lleva años tratándome como a un hijo.

Me dio trabajo cuando nadie más lo habría hecho, me adelantó dinero sin pedir nada a cambio, nunca me preguntó por qué lo necesitaba.

Y ahora está aquí viendo quemado todo por lo que había trabajado toda su vida y yo me imagino de quién puede ser la culpa.

—He pensado... ¿quizás será por tu padre?

—¿Mi padre? Imposible.

Imposible, o eso quiero pensar. Si todo esto ha sido culpa suya se va a enterar.

Uno de los policías se acerca a nosotros .

—Disculpad, necesito saber cómo eran los hombres que han venido, cualquier cosa que hayas podido ver.

—Venían con la cara cubierta, no hay nada que pueda decirle. Bueno, sí, uno de ellos llevaba un tatuaje de una serpiente en el antebrazo izquierdo.

¿Una serpiente? ¿De qué me suenan esos tatuajes? Quizás de alguien peleando. No suelo fijarme en exceso en eso, pero hubo algo que me hizo fijarme y no recuerdo quién fue.

Cuando la policía se va me quedo con Paco recogiendo y haciendo inventario de las cosas que finalmente se han dañado. Podría haber sido mucho peor, pero hay muchas pérdidas. Paco es un hombre humilde, le va a costar salir de esta y a mí con él.

—Buscaré trabajo en otro lado y te pagaré para ayudarte.

—No hace falta chaval, bastante tienes tú. Saldremos adelante, no te preocupes.

Mi único sueño era poder tener mi propio taller, pero para llegar a eso hace falta mucho dinero, algo que por desgracia dudo que llegue a tener.

Llamo a Marta.

—¿Podemos vernos?

No quiero contarle por teléfono lo que ha pasado.

—Me encantaría. ¿Te apetece ir al cine?

—Marta, no tengo pasta, estoy jodido.

—Te invito, venga.

—Vale. Te recojo en media hora.

El camino en coche se me hace largo. No tengo ni idea de quién ha podido hacer eso, ni qué coño quieren. He pensado en Davo, pero qué tiene que ver Paco conmigo, joder. Una cosa es que me intenten joder a mí, pero esto ya se ha ido de madre. Tengo que ir a hablar con el puto Davo de una vez.

Cuando llego la veo en el portal esperando y todas mis mierdas parecen desaparecer por un minuto. Está preciosa. Ese vestido blanco le queda como un guante y resalta todas y cada una de sus curvas. Al verme sonríe y a mí se me cae el puto mundo a los pies.

Paro en el arcén y su olor a cerezas embriaga todo el ambiente.

—Qué guapa.

—Tú no tienes muy buena cara. ¿Está todo bien?

No quiero contarle ahora mis mierdas. No sabe lo del taller, pero necesito un rato de paz y tranquilidad y el único sitio en el que me siento así es con ella.

—Sí, claro. ¿Qué tal con Tara?

—Bien, no sé, estoy extrañada con algunas cosas.

—¿Extrañada?

—Nada, no me hagas caso, ya parezco mi hermano haciendo de inspector de policía.

—Hablando de él... ¿te ha dicho algo?

—No, no me ha dirigido la palabra.

Lo sabía.

—Por cierto, Marta, el tío ese de tu clase que te trajo...

—Nico, es alguien con quien estuve, nunca significó nada, el otro día solo estaba diciéndole que no quería verle más.

—Ya— lo digo sin quitar la vista de la carretera .

—Nico, tenemos que hablar de esto. —lo dice señalándonos a los dos.

—Hoy no quiero hablar.

—Pues hay que hacerlo. Huir de los problemas no los va a solucionar por ti.

—No me jodas, no me había dado cuenta.

—Nico.

—Marta, en serio, hoy no.

—¿Y cuándo? ¿Cuándo vas a querer? Porque llevas días esquivando todo lo que hay que decir y mientras tanto yo no sé muy bien qué somos ni qué cojones esperar de esto.

Llevo el coche hacia un apeadero porque si no voy a tener un accidente. Paro el motor. Me quedo mirando al frente un momento.

—¿Qué coño quieres hablar?

—¿Por qué me hablas así?

Odio que me traten como un gilipollas. Quiero gritarle y mandarla a la mierda y decirle que hoy ha pasado demasiado para encima tener que hablar de sentimientos en un coche.

Pero mi cuerpo no responde. No dejo de mirar esos labios carnosos, cuanto más se enfada mueve el pelo hacia los lados y cuando veo caer uno de sus rizos por su hombro. Uf. Me estoy poniendo malo.

—Nico, ¿me estás oyendo?

—Te oigo —le digo en un tono más bajo.

Nos quedamos en silencio dos segundos.

Y entonces me lanzo a sus labios.

La beso como si llevara años sin hacerlo. La verdad es que la besé esta mañana, pero da igual, cada vez que la tengo cerca es como la primera .

Mis dedos se cierran en su nuca y la mantengo ahí, mordiéndole el labio inferior, bebiéndole el gemido que se le escapa. Huele a ella. Sabe a ella. Y yo ya estoy perdido, como siempre, como cada puta vez.

—Nico, para… —intenta decir, pero su boca ya no le obedece.

Resoplo contra su cuello y bajo una mano a su muslo, subo por encima del vestido y ella abre las piernas antes de que llegue a donde quiero llegar.

—¿Qué quieres? —pregunto con la voz ronca.

—Cállate —dice, y me tira del pelo hacia abajo.

Sonrío contra su clavícula. Así me gusta.

Le muerdo un pezón por encima del vestido, lo justo para que se arquee, y ella mete los dedos en mi pelo y empuja. No hace falta que me lo explique.

—Quítate esto —le digo.

El vestido vuela al asiento de atrás. El sujetador también. Y cuando la veo así, me bajo la boca directo porque no tengo ninguna razón para esperar.

—Nico… —gime, y su voz ya está rota.

Mis manos bajan a su cintura. La humedad de sus bragas ya traspasa la tela.

—Marta —digo, y mi voz sale grave, casi amenazante—. Ábrete bien para mí.

Me obedece.

Hundo la cara entre sus piernas. Huelo su deseo antes de tocarla, lo saboreo, me tomo mi tiempo porque quiero volverla loca y lo estoy consiguiendo. Cuando paso la lengua por encima de la tela ella jadea y aprieta los muslos contra mi cabeza .

—No juegues —suplica.

Le bajo las bragas de un mordisco. Y ahí está perfecta para mí.

La lamo despacio, saboreándola, sintiendo cómo tiembla.

Su mano agarra mi pelo con una fuerza que duele y me encanta que duela.

Sus caderas empujan contra mi boca buscando más y yo le doy más, le meto dos dedos mientras la sigo chupando, y ella se corre en menos de un minuto gimiendo, temblando, empapándome entero.

Su cuerpo se desploma contra el asiento. Yo estoy al borde de reventarme los pantalones.

—Nico —susurra, aún temblorosa—. Dame más.

No hace falta que me lo pida dos veces.

Bajo el respaldo de mi asiento de un tirón. Ella me mira con los ojos brillantes, la boca entreabierta, ese maldito rizo pegado a su mejilla sudada. Es tan jodidamente bonita que me duele mirarla.

—Ven aquí —le digo.

Se sienta encima de mí, sus muslos a ambos lados de mis caderas. Bajo la cremallera, me libero. Ella se muerde el labio cuando me ve.

—Métetela tú sola —le digo.

La agarra con una mano y me mira fijamente mientras me empuja hacia dentro, despacio, centímetro a centímetro. Entra justa, caliente, apretada, y los dos gemimos al mismo tiempo.

—Joder, Marta…

Empieza a moverse. Sus caderas buscan el ritmo, lo encuentran, lo pierden, lo recuperan. Yo la agarro de las nalgas y la ayudo, la empujo contra mí hondo, más hondo, hasta sentir que ya no hay distancia entre nosotros.

Su cabeza se echa hacia atrás. El coche se mueve, el aire se calienta, y ella viene otra vez con un grito ronco clavándome las uñas en los hombros.

Me pierdo.

La tumbo en el asiento, me pongo encima, entro otra vez sin salir y me la follo duro, rápido, como si me la fuera a llevar. Su pierna se engancha a mi cadera y me susurra cosas al oído que me vuelven más loco todavía.

—Córrete —pide.

Y yo, que no sé decirle que no, me vengo como un animal enterrado hasta el fondo mientras vacío todo dentro de ella.

Me desplomo a su lado. El pecho me sube y baja como si hubiera corrido un maratón.

Ella se queda callada. Me mira con esos ojos marrones que tanto conozco. Y sonríe.

Yo me quedo jodido porque no le veo solución a esto.

—Marta, ya sabes que me encantas. No sé qué vamos a hacer con esto.

—Tú a mí también me encantas. Deberíamos irnos al cine. No vamos a llegar.

—Sí, vamos.

No tengo claro cómo gestionar esto, ni si deberíamos seguir. Tengo muchas cosas que solucionar antes de ni siquiera pensarlo. Debería hablar con Hugo. Aunque sea para mandarme a la mierda.