Sin guantes 32
62%

32

NICO

Veo cómo mi mejor amigo sale por la puerta y me quedo quieto con la espalda todavía contra la pared.

Siento miedo y ganas de ir corriendo detrás de él, pero sé que no serviría de nada.

Conozco a Hugo. Cuando Hugo se va así no hay nada que decirle, ninguna palabra que funcione, ningún gesto que deshaga lo que acaba de ver.

No está enfadado por lo que ha visto. Está destrozado porque no se lo he contado. Y eso es peor. El enfado se pasa, la decepción no.

No miró a Marta. Me miró a mí.

Y tiene toda la puta razón del mundo. Yo lo habría matado.

Estoy tan shockeado que ni siquiera me había fijado que Marta está llorando a mi lado.

—Ey nena, se va a arreglar, no pasa nada.

—¿Qué se va a arreglar, Nico? Sabes cómo es cuando alguien le falla .

Lo sé. Hugo es muy leal, siempre lo ha sido, pero nunca perdona una traición.

De repente me acuerdo de que Marta me había llamado por algo.

—¿Por qué me habías llamado?

—Me han dejado una nota de amenaza encima de la mesa. Y después escuché una moto y me puse nerviosa. No tenía que haberte llamado.

—¿Pero que ponía la nota? ¿Has vuelto a saber del tío ese?

—No ponía nada importante. De Reid no sé nada desde lo del otro día.

—¿Pero entonces la nota de quién es?

Yo vi a ese tío donde Davo, me acuerdo de la moto en el polígono, pero aun así no tiene por qué tener ningún tipo de relación. Y espero que sea así.

De lejos veo a Gusano mirar para nosotros con esa cara suya de rata que sabe más de lo que debería. No pienso. Estoy demasiado cabreado, tengo demasiado dentro, y necesito sacarlo en algún sitio o va a explotar solo.

Miro fijamente hacia él y me dirijo en su dirección a paso rápido. Él se da cuenta enseguida — siempre se da cuenta, es de los que tienen el instinto de supervivencia muy afinado — e intenta buscar una salida, pero está en la sala del café y de ahí no tiene ninguna.

La gente me mira cuando entro. He venido corriendo desde el taller, llevo grasa en las manos y probablemente en la cara, y tengo una expresión que no invita a preguntas.

—Gusano, vamos a ir fuera a hablar .

Tiembla ligeramente. Le gusta hacerse el duro cuando tiene a alguien detrás, pero cuando está solo se acojona.

—No... no voy a ir a ningún sitio.

—Vaya que sí que vas a ir. O por las buenas o por las malas, y hoy no es buen día para que me toques los cojones —le digo en el tono más bajo que consigo.

No contesta, pero sale.

—Quédate aquí, ahora vengo —le digo a Marta cuando paso por su lado. Ella asiente.

Una vez en la calle le voy dando golpes en la espalda para que se mueva hacia una zona donde no haya mucha gente. Él va andando rápido, mirando al suelo, con esa postura de quien intenta hacerse pequeño.

—Dile al hijo de puta de tu jefe que el problema lo tiene conmigo.

—No sabes con quién te has metido, chaval.

—Lo sé perfectamente.

—Vas a arrepentirte de lo que has hecho. No sabes cuánto.

—¿Me estás amenazando?

Lo agarro por esa camisa de cuadros que lleva y lo estampo contra la pared. Da un gemido leve. Probablemente lo he empujado más fuerte de lo que debería, pero ahora mismo me importa bastante poco.

—No es una amenaza —dice sin apartar los ojos de los míos—. Es información. Y ella es solo el principio.

Me quedo quieto un momento mirándolo. Quiero partirle la cara, lo quiero con una claridad que asusta, pero no lo voy a hacer porque si lo hago la situación se complica más y Marta está ahí arriba y necesita que yo piense con la cabeza.

Lo suelto.

Él echa a correr hacia el edificio sin mirar atrás.

Puta rata.

Me quedo un momento apoyado en la pared de la calle con el ruido de Barcelona encima y trato de ordenar las ideas, aunque no sé muy bien por dónde empezar.

Nunca debería haber llegado a ese acuerdo con Davo. Pero ¿tenía más opciones? Joder, no lo sé. A lo mejor había otra salida que no vi porque estaba demasiado dentro del problema para verla.

Ojalá pudiera volver atrás. En casi todo. En lo de Davo, en habérselo contado a Hugo desde el principio, en no haberle dicho lo de Marta antes de que pasara. Aunque en eso último miento, no quiero volver atrás en ella. En ella no. Es lo único de todo este desastre que no cambiaría, aunque pudiera.

Y justo por eso debería haberle dicho a Hugo la verdad antes. Porque si me importa, lo primero que tenía que haber hecho era hablar con él. Y no lo hice. Y ahora no sé cómo arreglarlo.

Voy a buscarla.

Pero antes de que llegue a la puerta ella baja.

Se acerca a mí y me da un abrazo.

—¿Estás bien, Nico?

—Sí, ¿y tú?

Asiente ligeramente.

—¿Vamos a comer una pizza?

—¿Te importa si viene alguien ?

—¿Alguien? ¿Cómo quién?

—Ha venido mi amiga Tara de Australia.

—¡Qué dices! ¿Y cómo no me lo habías dicho?

—Vino ayer de sorpresa, parece ser que ha venido a una audición, a ella siempre le gustó tocar la guitarra. Hacía tanto que no la veía, ayer fue como si volviera a tener quince años.

—Claro, llámala.

Al cabo de media hora estamos sentados en la pizzería preferida de Marta. Ella ha pedido por los dos sin preguntarme porque sabe lo que me gusta, ese detalle pequeño que debería ser una tontería y que por alguna razón me resulta la cosa más íntima del mundo.

Me siento tan tranquilo cuando la tengo al lado que me cuesta reconocer esta sensación. Ni siquiera sé cómo voy a pagar la puta comida, tengo un montón de problemas, y aun así hay algo en estar aquí con ella que hace que todo eso quede un poco más lejos por un rato.

Nos besamos, sin que quede claro quién empieza, creo que los dos a la vez, y es de esos besos que no tienen prisa porque no hace falta que la tengan. Podría estar haciendo esto toda la tarde sin ningún problema. Debería preguntarle por el pijo del BMW, pero prefiero no hacerlo.

Entonces alguien la llama con acento de fuera.

Es una chica bastante alta, morena, pelo corto y esa forma de entrar en un sitio que hace que todo el mundo la mire. Muy del tipo de Hugo, lo pienso antes de poder evitarlo. Joder, Hugo.

—¡Holaaa !

Marta se levanta y se acerca a ella, la abraza con una efusividad muy propia de ella pero que hace mucho que no le veía, lleva demasiado tiempo asustada.

—Tara, este es Nico.

—¿Tu novio?

Me levanto para darle dos besos y estoy esperando la respuesta de Marta.

—Eh, no. Es un amigo.

—Pues como os estabais comiendo la boca cualquiera lo diría. —Se ríe. Parece buena chica.

—Bueno, mejor no vamos a hablar de esto hoy—contesta Marta.

—¿Por? Por cierto, encantada Nico, Marta siempre ha tenido buen gusto para los hombres.

Algo me chirría de esa frase, sé que ellas tuvieron problemas antes de que Marta viniera, pero no tengo claro si solo fue por su relación con Hugo.

Tara explica de qué va la audición que va a hacer mañana y lo mucho que le está gustando Barcelona, que le encantaría quedarse aquí a vivir. Habla bien, con esa soltura de quien está acostumbrada a causar buena impresión, pero hay algo en cómo nos mira a Marta y a mí que no termino de leer bien.

—¿No te querrás quedar por Hugo? —suelta Marta.

Cada vez que oigo su nombre me entra un nudo en el estómago que no me deja respirar.

—Lo mío y lo de Hugo terminó hace mucho, ya lo sabes. —Tara se encoge de hombros—. Aunque no diría que no a ciertas cosas. Lo he visto en las redes sociales y ahora sí que está tremendo .

Miro a Marta. Está pensativa, ella también sigue dándole vueltas a lo de antes.

—Ay tía, existen millones de tíos en el mundo. Olvídate de él— suelta Marta sin pensarlo.

—Bueno, también para ti, ¿no? —Le lanza una mirada a Marta que no sé interpretar del todo.

—¿Lo dices por Nico? ¿Cómo sabes que Nico es amigo de Hugo? —pregunta Marta.

—Hombre, solo hay que verlo, es muy su tipo. Está igual de tremendo que él, pero en rubio. —Se ríe a carcajadas.

Me está tirando los trastos delante de Marta. Qué tía más rara, madre mía. Marta se pone tensa y cambia de tema rápido, que la conozco.

—¿Podría ir a verte la audición? Mañana no trabajo y me encantaría.

—No, tía, lo siento, no puede haber público.

—Es una pena, me encantaría.

Mi móvil no para de sonar. Es Paco. Seguro que necesita que le ayude con algo. No me da tiempo a coger y me manda un mensaje.

Paco: Nico, ven lo más rápido que puedas, por favor.

Me quedo mirando el mensaje un segundo. Paco no es de los que escribe «por favor».