31
MARTA
Nico debe pensar que después de acostarme ayer con él hoy estaba zorreando con Jorge. Y no me extraña, yo hubiera pensado lo mismo. Le vi la cara al llegar, esa mirada suya al BMW, a mí y a Jorge, y no hizo falta que dijera nada.
Menuda cagada.
No quiero que piense eso. Lo que pasó ayer entre nosotros lo cambia todo, para mí por lo menos.
Nunca me había imaginado que podía gustarle a alguien como Nico, no de esa forma, no de verdad.
Siempre pensé que para él era la hermana de Hugo y punto.
Pero lo que paso ayer fue diferente, sé que fue sexo, pero no creo que haya sido solo eso, por mi parte desde luego que no y parecía que por la suya tampoco.
Sé que quiere a Hugo sobre todas las cosas. Y si lo ha hecho es por algo, Nico no es el tipo de tío que se lo hace con cualquiera. Eso también lo sé .
El tiempo no me pasa estando aquí encerrada. No me dejan salir de casa, pero ¿qué me va a pasar? Es verdad que la amenaza de ese tío me dio miedo, pero tampoco parecía que fuera a hacerme daño de verdad. Se veía más como una advertencia que como un peligro real.
De repente timbran a la puerta.
Me quito las zapatillas y me acerco sigilosamente, miro por la mirilla intentando no hacer ruido. De golpe me ha venido todo el miedo sin poder controlarlo, ese miedo sordo que se instala en el pecho antes de que el cerebro procese nada.
No puedo creer lo que están viendo mis ojos.
¿Qué hace aquí?
Tara.
Abro la puerta mirando alrededor para asegurarme de que no hay nadie más en el rellano. Hugo me dijo que no me fiara de nadie y eso intento hacer, aunque a veces me cuesta saber dónde empieza la precaución y dónde empieza la paranoia.
Se ríe y abre los brazos. Está guapísima, pelo negro cortísimo, esa forma suya de ocupar el espacio como si el mundo fuera suyo. Lleva una chaqueta de cuero que no es para nada su rollo, o por lo menos no lo era cuando estábamos en Sídney.
La abrazo y la meto adentro rápido, mirando el rellano antes de cerrar la puerta.
—¿Y tú que haces aquí?
—¿No te alegras de verme o qué?
—Sí, claro, pero…
No me deja terminar .
—¿Cómo está Hugo? —me pregunta.
Algo en mi cabeza hace un clic pequeñito que no sé muy bien qué significa, pero lo ignoro. Es normal que pregunte por él, se conocen de toda la vida.
—Bien. Está en el gimnasio.
—¿Y Reid? ¿Ha vuelto a aparecer?
Lo dice demasiado rápido. Antes incluso de quitarse la chaqueta.
Me pilla descolocada, no porque la pregunta sea rara, he sido yo la que la ha llamado para contarle de él, sino porque es la segunda cosa que me pregunta sin darme tiempo ni a hablar casi.
Primero Hugo, luego Reid. Aunque tampoco le doy más vueltas, si le llamé casi llorando es normal que quiera saber cómo estoy.
—De momento nada. Espero que haya sido casualidad.
—Ese tío es un cabrón, Marta. Y tú estabas bien alejada de él. Si ha venido hasta aquí no es por casualidad.
Lo dice con una convicción que me reconforta y me extraña a partes iguales. Tara nunca fue muy de darme la razón con el tema de Reid, siempre le quitaba hierro. Supongo que ahora que lo ve desde fuera entiende mejor lo que yo intentaba contarle.
—No sé, pero prefiero no hablar de él más.
—¿Vamos a tomar algo?
—Hugo me dijo que no saliera.
—¿Ahora Hugo es tu guardaespaldas? Me lo podías prestar un poco.
Me mira un segundo, una fracción de segundo donde su cara cambia a algo que no sé leer bien, pero entonces sonríe y ya está.
—Venga Tara…además no es por eso .
—Bueno, pues aquí estoy yo. Para que no estés sola.
Hablamos de nuestra vida en Sídney, ella me cuenta lo que ha estado haciendo este año y después nos sentamos en el sofá como cuando éramos unas crías y nos ponemos por enésima vez Crónicas Vampíricas, no hay nada que no pueda solucionar viendo a Damon otra vez.
Se me hace raro que Tara haya venido hasta aquí y que no me lo dijera cuando la llamé por teléfono, pero supongo que quería darme una sorpresa.
La quiero mucho, siempre ha sido mi mejor amiga.
Es verdad que cuando empecé con Reid se alejó un poco de mí, creo que no terminaba de entender muy bien lo que pasaba conmigo, él también me metió en su burbuja y al final nos alejamos.
A veces me daba la sensación de que tenía un poco de envidia, pero me imagino que sería porque ella aún seguía ilusionada con Hugo.
Cuando nos damos cuenta ya son las dos de la mañana. No me gusta que vaya sola a estas horas, pero tampoco quiero contarle nada de lo de las peleas. Hugo me avisó varias veces y ya en bastantes movidas estoy yo metida.
Así que nos despedimos y le digo que me avise cuando llegue al hotel.
**********
Al levantarme por la mañana todo está en silencio, no hay nadie, miro el teléfono y tengo un mensaje de Hugo .
Hugo : Me van a hacer otra prueba en el gimnasio, enana.
Marta: ¡Qué bien! ¿Dónde has dormido? Vienes menos por casa que el panadero.
Hugo: ¡Qué simpática! Estuve haciendo un poco de cardio. Te veo para comer.
Marta: Carreras de fondo, claro.
Hugo: Correr, corrí.
Marta: ¡Qué asco, Hugo!
Hugo: Has preguntado.
Marta: Nos vemos a mediodía, imbécil.
Hugo: Hasta luego, pequeña.
Le iba a contar lo de Tara, pero casi creo que es mejor que se lo cuente en la comida, porque sé que no le va a alegrar en exceso que haya venido. Es un histérico y siempre ve cosas donde no hay, seguro que piensa que viene a perseguirle a él.
Llego a la oficina y antes de llegar a sentarme veo una nota sobre la mesa que me da una sensación que no me gusta.
Ten cuidado donde tocas, puede quemar.
Ya empezamos. Antes me daría miedo, pero es que el tema de las amenazas me está empezando a saturar. Parece el pan de cada día.
Cojo el papel, lo corto en trozos y lo tiro a la basura. Veo cómo Rafa, Gusano, me mira desde la sala del fondo con una sonrisa muy extraña en la cara.
Oigo una moto.
Respiro.
No es nada. Lo sé. Es Barcelona, hay motos a todas horas, es el sonido más normal del mundo en esta ciudad. Pero mi cuerpo no sabe eso. Mi cuerpo solo sabe que ese ruido significa algo y antes de que pueda decirme que estoy siendo irracional ya me ha llevado a otro sitio.
Y entonces ya no estoy aquí.
Estoy en Sídney, es de noche, y el aire huele a lluvia y a asfalto mojado.
Había salido a buscarle, estaba enfadada por algo que ahora mismo no recuerdo y que ya no importa para nada.
Lo que sí recuerdo es el sonido, ese sonido inconfundible de la Ducati aparcando, y luego los pasos, y luego las voces.
Doblé la esquina sin pensar.
Vi la moto primero, luego lo vi a él, y luego vi al otro hombre. No sé quién era. Nunca lo supe. Solo sé que en un momento estaba de pie y al siguiente no.
Y el charco.
El charco que se iba haciendo más grande despacio, con una calma que no tenía ningún sentido.
Reid se giró y me miró. Solo eso, me miró. No dijo nada, no se movió. Y en esa mirada estaba todo lo que necesitaba saber sobre lo que me pasaría si abría la boca.
Me fui. Volví a casa, me metí en la cama y no dije nada.
Todavía no se lo he dicho a nadie.
Cuando vuelvo a la realidad el papel sigue en mi mano, hecho trozos, y los dedos me tiemblan sin que yo les haya dado permiso.
Llamo a Nico.
—Nico, ¿puedes venir a la oficina?
—¿Ha pasado algo?
—Necesito que hablemos. Tiene que ser pronto luego he quedado con Hugo.
—Tardo diez minutos.
Al colgar mi cabeza sigue dándole vueltas a todo lo que está pasando. La nota ha tenido que dejarla Gusano porque Reid no creo que haya venido hasta aquí. Podría haber aparecido en cualquier otro momento .
Cuando vuelvo a la realidad Nico está ya aquí agarrándome por los hombros, su cara es de preocupación, se le nota agobiado.
—¿Estás bien?
Lo abrazo, fuerte, tan fuerte que probablemente le esté hasta doliendo. No quiero soltarlo, ni ahora ni nunca.
Y lo beso, necesito hacerlo, sé que está enfadado por lo de Jorge o por lo menos extrañado, le vi la cara al llegar, pero ahora mismo necesito sentirlo cerca. Él me corresponde el beso, es dulce y me hace calmarme a una gran velocidad.
Y justo cuando nos separamos del beso.
Hugo.
Había quedado con él para comer, pero no especificamos hora ni nada, joder. Ha llegado demasiado pronto.
Nos mira callado, su cara lo dice todo. No es que esté enfadado, está defraudado.
No me mira a mí. Solo lo mira a él, y en su cara no hay la ira descontrolada de otras veces sino algo peor, algo frío y quieto que no le había visto nunca.
Nico no se mueve. No intenta explicarse, no da un paso atrás.
Se queda ahí plantado recibiendo la mirada de Hugo como si fuera un golpe físico, y yo lo conozco lo suficiente ya para saber que por dentro está buscando las palabras exactas, las que usaría si pudiera llamarle, las que le diría si estuvieran solos y esto fuera una más de sus peleas de siempre.
Pero Hugo no le va a coger el teléfono esta vez .
Entonces Hugo se acerca y lo agarra por la camiseta empujándolo hacia la pared de un golpe, sin soltarle en ningún momento. Nico se deja. Eso es lo que más me rompe, que se deja, que no levanta las manos ni aparta los brazos, como si en el fondo creyera que se lo merece.
—Haz como que no existo —le dice en voz muy baja, casi sin emoción—. Para mí estás muerto.
Y eso es lo único que consigue decir porque Hugo lo suelta y se aleja dos pasos, y cuando alguien como Hugo se aleja es porque si no lo hace va a hacer algo de lo que no va a poder volver.
El silencio que viene después es el peor. Nico se queda con la espalda contra la pared y los ojos fijos en Hugo mientras se va, y en su cara hay algo que no sé nombrar bien, no es tristeza, es el gesto de alguien a quien acaban de quitarle algo que no tiene reemplazo posible.
Entonces Hugo me mira a mí. Las lágrimas caen por mi cara como si alguien hubiera encendido un botón.
—Hugo, no es lo que crees.
Hugo no me contesta, casi ni me mira y se va negando con la cabeza.