Sin guantes 30
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NICO

Llevo todo el día agobiado pensando que podía estar pasándole algo a Marta.

Mi madre me ha llamado por la mañana porque ha ido un tío a pedirle dinero, al principio pensé que igual podía ser el cabrón de Davo, pero era un prestamista por culpa de mi padre.

Ha destrozado media casa y ha encontrado el dinero que le di de los seis mil del otro día, se lo ha llevado todo.

Y por si fuera poco resulta que el imbécil de mi padre le debe mucha más pasta que eso.

Estoy hasta los huevos de verdad. No puedo más.

Parece que cuando estoy empezando a salir de una ya estoy en la otra.

Lo único bueno que me ha pasado en estas últimas semanas es estar con Marta. O eso pensaba hasta hace diez minutos.

La veo en el coche con el pijo de mierda ese. En su BMW blanco, nuevo, de los que nunca podré tener. Ella sonríe y él le dice algo, mientras yo estoy aquí parado en la acera como un gilipollas mirando algo que no debería ver.

¿En qué puto momento pensé que una tía como ella podría plantearse estar con alguien como yo? Ella se merece ese tío. Se merece cenar en sitios caros, se merece no preocuparse por el alquiler, se merece que el padre del tío con el que está no sea un ludópata que le roba el dinero a su propia mujer.

Yo qué cojones le puedo dar. Me paso la vida trabajando para que mi padre lo tire a la basura. Me pego por las noches para lo mismo. Y lo que tengo, lo poco que tengo, es de Hugo: su casa, su confianza, su amistad. Y he ido y me he follado a su hermana.

Muy bien, Nico. Eres un puto crack.

Estoy subiendo con Hugo a su casa porque se ha emperrado en dejarme pasta para la compra. Mi madre y yo nos hemos quedado sin nada, no puedo pedir más adelantos a Paco porque ya me dio este mes. Y odio aceptar limosnas, pero no me queda otra.

—Nico, deja de pensar gilipolleces porque no te puedo escuchar la cabeza, pero sé lo que estás pensando.

—Pues deberías ser Medium, igual nos va mejor.

—Qué gracioso, imbécil.

—Ya sabes que tengo una gracia innata.

—Pues nada, tú a los monólogos.

—No me jodas Hugo que no tengo el día.

Hugo niega con la cabeza.

—Llama a Lisa y vete a desahogarte un poco.

—Ya no estoy con ella.

—Coño, Nico, que yo sepa no era tu novia .

—Qué más da tío, llámalo como quieras, pero ya no estoy con ella.

—Pues llama a quien quieras, pero vete a desahogarte porque estás muy tenso.

—Tenso te voy a poner yo.

Y le agarro la cabeza de broma y nos partimos el culo.

En medio de esto oigo la puerta de la calle. No miro porque sé que es Marta y no sé si quiero verla ahora, no puedo cambiar lo que siento por ella por mucho que sepa que está mal, por mucho que sepa que se merece a alguien mejor que yo y que ella quiere estar con el tío ese.

—Hola chicos.

—¿No has tenido ningún problema, no? —le dice Hugo dándose la vuelta de golpe.

Yo casi no la miro, no quiero hacerlo.

—No, nada extraño. Pero deberíais dejar de acojonarme.

—Tenemos que ir a arreglar esta mierda, esta noche quédate aquí, no salgas —le dice Hugo.

—Sí, papá— contesta con sorna.

Yo sigo sin dirigirle la palabra y evito mirarla lo máximo posible.

—¿Todo bien en casa, Nico?

Suspiro.

—Nada, mi padre como siempre, nada del otro mundo.

—¿Necesitas dinero? Yo tengo algo ahorrado.

—No te preocupes Marta, ya está arreglado.

Lo que me faltaba ahora era darle pena. Si no se podía ser más penoso, aquí estoy yo .

—Bueno, nos vamos, enana, no subas al mamón del BMW hoy a casa, no me fío de nadie.

—Chao chicos.

Vamos hasta mi casa. Todo sigue tirado por todos lados, mi madre se ha tenido que ir a trabajar y la pobre no ha podido recoger nada.

Cuando entro en el piso me quedo parado en el umbral de la puerta.

El salón parece que ha pasado un huracán.

El sofá tiene cortes de navaja en los cojines, la espuma asomando por los bordes.

La estantería del fondo está volcada, los libros de mi madre esparcidos por el suelo, los que leía cuando yo era pequeño y ella todavía tenía tiempo para leer.

La vajilla que les regalaron por su boda, la que guardaba en el mueble del comedor y solo sacaba en Navidad, está hecha añicos.

Pedazos blancos con el borde azul mezclados con el polvo del suelo.

Y mis fotos.

Las que tenía mi madre en un marco sobre la tele, yo con seis años en la playa, con ocho en el cumpleaños de mi primo, con doce en la primera vez que peleé en una competición. Todas en el suelo. Una tiene la esquina pisada.

Me agacho y la cojo. No digo nada porque no sé qué decir, y me quedo ahí con la foto en la mano y el silencio del piso encima y esa sensación de que esto lleva años pasando y yo llevo años sin poder pararlo y hoy tampoco he podido.

Entonces escucho el ruido de cristales recogidos en una bolsa .

Hugo está en cuclillas al lado de los restos de la vajilla, juntando los trozos con las manos, despacio, con cuidado de no cortarse. No dice nada. No pregunta nada. Solo recoge, como si hubiera venido exactamente para esto, como si no tuviera ningún otro sitio donde estar esta tarde.

Me levanto y me pongo a su lado y recojo yo también.

Trabajamos en silencio durante un rato, los dos agachados en el suelo del salón de mi madre juntando lo que mi padre ha roto, y hay algo en ese silencio compartido que dice más de lo que diríamos en horas de conversación.

Que esto no es la primera vez. Que los dos lo sabemos. Que él está aquí de todas formas.

Y entonces lo pienso con toda la claridad del mundo, en qué puto momento me merezco yo tener a alguien como Hugo en mi vida.

Él no tiene que estar aquí, nadie le ha pedido que venga, y está igual, recogiendo cristales en el suelo de mi casa porque soy su familia y eso para él no admite condiciones.

Siempre ha sido así, desde que éramos unos críos, y yo lo sé y siempre lo he sabido.

Y voy yo y me follo a su hermana, en su propia casa, con todo lo que eso significa para él si algún día se entera. Él se fía de mí de forma totalmente ciega y yo lo sé y lo he hecho igual y ahora me siento el peor hijo de puta del mundo.

Tengo que contárselo.

—Hugo.

—¿Qué pasa tío?

—Tengo que contarte algo.

Suena su móvil .

—Un momento, tengo que coger, es del gimnasio del otro día.

Mierda.

Sigo recogiendo y pienso que si se lo cuento quizás no vuelva a hablarme jamás. Sé cómo es Hugo y jamás aceptaría una traición, es fiel hasta la muerte, pero si le fallas no creo que haya vuelta atrás. Y yo ahora no sé si podría estar sin él.

A los cinco minutos vuelve con una cara que no le había visto antes. No es alegría exactamente, es algo más frágil que eso, como quien recibe una noticia buena pero todavía no se la cree del todo y tiene miedo de creerla por si se rompe.

—Me han dicho que quieren hacerme otra prueba.

Me olvido de todo lo demás durante un segundo.

—¡Coño, tío, esto va en serio!

—No sé, Nico. No quiero hacerme ilusiones todavía. —Se pasa la mano por el pelo—. Por cierto, ¿qué me querías contar?

Me mira. Y yo le miro a él, con esa cara suya de que acaba de recibir algo que lleva años esperando, y pienso en todo lo que llevo cargando estos días — Marta, Davo, Reid, mi padre— y pienso que no puedo. No esta noche. No ahora que tiene esto.

—Nada, era una gilipollez. Una movida con Lisa, pero ya está resuelto.

—¿Seguro?

—Sí, nada importante .

Lo dice con esa cara suya de «ya te preguntaré más tarde» pero no insiste. Hugo sabe cuándo presionar y cuándo no.

Seguimos recogiendo en silencio y yo me quedo con la frase atascada en la garganta. Se lo voy a contar. Tengo que contárselo. Pero no esta tarde, joder, no esta tarde que por fin le pasa algo bueno.

Ojalá esto le salga bien. El universo se lo debe.