Sin guantes 28
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NICO

Sé que lo que viene ahora no va a ser fácil. Acabo de encender una mecha que no sé cómo apagar.

Tengo el brazo levantado y el cuadrilátero entero mirándome y lo único en lo que puedo pensar es en la sonrisa de Davo que ya no está. Bien. Que sepa que no todos tienen precio.

Me fijo en Hugo. Pensé que se habría cabreado. Pero él nunca quiso esta mierda. Lo hizo por mí, solo por mí, y si hubiera podido elegir, nunca habríamos entrado en esto. Y lo sabe. Y yo lo sé. Y por eso cuando me mira ahora no hay rabia, hay algo que se parece más a un alivio que a otra cosa.

—Eres un puto cabrón, Nico —me dice con una sonrisa en la boca—. Y ahora corre. Nos vemos en el aparcamiento .

Tuerzo la mirada hacia Davo. Sus matones ya se están distribuyendo por los lados. Hay mucha gente. Esto se va a poner muy feo.

Bajo del cuadrilátero.

Empiezo a correr entre la multitud, abriéndome paso a empujones mientras esquivo a la gente que llena el recinto. Esto está hasta arriba. El corazón me golpea el pecho con fuerza y el ruido de las voces se mezcla con mis propias respiraciones agitadas.

Hugo va unos metros por delante de mí. Está casi llegando a la salida.

Miro por encima del hombro.

Mierda.

Esos tíos siguen ahí.

Y no solo eso. Cada vez son más.

Avanzan entre la gente como una manada, apartando a cualquiera que se cruce en su camino. La distancia entre ellos y nosotros se reduce a cada segundo.

Aprieto los dientes y acelero.

La puerta está cerca.

Muy cerca.

Entonces una mano me atrapa con fuerza del brazo.

El tirón es tan brusco que casi me hace perder el equilibrio.

—¿Dónde crees que vas?

Sin pensarlo, giro sobre mí mismo y le lanzo un puñetazo directo a la cara. Mis nudillos impactan contra su nariz con un crujido seco. El tipo suelta un grito ahogado mientras se tambalea hacia atrás, llevándose las manos al rostro .

No me quedo a comprobar cómo termina.

Sigo corriendo.

—¡Corre, coño, Nico! —grita Hugo desde el exterior.

Ya casi ha llegado al coche.

Escucho el rugido del motor arrancando.

Estoy a pocos metros cuando dos de aquellos cabrones se me echan encima.

Uno intenta placarme por un lado, pero logro apartarme en el último segundo. El otro me rodea el cuello con un brazo desde atrás y aprieta con fuerza.

El aire desaparece de mis pulmones.

Intento soltarme, pero el muy hijo de puta sabe lo que hace.

Forcejeamos.

Mientras lucho por liberarme, veo al primero abalanzarse hacia mí otra vez.

No le doy tiempo.

Levanto la rodilla y le lanzo una patada brutal al estómago.

El impacto le corta la respiración al instante.

Sus ojos se abren de par en par antes de doblarse sobre sí mismo y caer de rodillas al suelo.

Pero el otro sigue aferrado a mi cuello.

Aprieta más fuerte.

La visión empieza a nublárseme por los bordes.

—Suéltame, joder.

Le clavo un codazo en las costillas.

Una vez.

Dos.

Tres .

Escucho cómo suelta un gruñido de dolor, pero no afloja.

Reúno toda la fuerza que me queda y echo la cabeza hacia atrás.

El golpe le impacta de lleno en la cara.

Su agarre se debilita.

Aprovecho la oportunidad, giro el cuerpo con violencia y le conecto dos puñetazos seguidos en la mandíbula.

Uno.

Dos.

El tipo trastabilla hacia atrás.

Es suficiente.

Me libero.

Corro los últimos metros mientras escucho gritos a mis espaldas.

Hugo frena el coche a mi lado y abre la puerta.

Me lanzo al asiento de copiloto casi de cabeza.

—¡Arranca!

No hace falta decírselo dos veces.

Hugo pisa el acelerador a fondo.

Las ruedas chirrían sobre el asfalto y el coche sale disparado justo cuando aquellos tíos llegan hasta donde estábamos un segundo antes.

Por el retrovisor veo sus caras llenas de rabia mientras se quedan atrás.

Y, por primera vez en varios minutos, puedo volver a respirar.

—Nico, tío, sabes que ahora las cosas no se van a poner bonitas, ¿no?

—Hugo, han amenazado a Marta .

El coche da un pequeño volantazo. Hugo lo controla enseguida, pero lo he visto.

—¿Qué?

—Me llamó hoy desde el metro. Le dijeron que más vale que cumpliéramos nuestra parte. Y antes del combate Davo me dijo en el oído que este no iba a ser el último.

Se hace un silencio que dura exactamente lo que Hugo necesita para no dar la vuelta y volver a la nave a buscarlos.

—Mentiroso hijo de puta. Lo voy a matar.

—Lo sé.

—¿Por qué coño no me lo dijiste en cuanto pasó?

—Pensaba perder, Hugo, y luego contártelo y arreglarlo.

—Me lo tenías que haber contado antes.

No lo dice con rabia. Lo dice con esa voz baja suya que es peor que si gritara.

—Tenía que decírtelo en persona, Hugo. No por teléfono.

Otro silencio. Las luces de la ciudad pasando por la ventanilla.

—¿Cómo está Marta?

—Estaba bien cuando la dejé.

—¿Qué cojones vamos a hacer, Nico?

—No lo sé. Pero primero deberíamos ir a verla.

Asiente. Y pisa el acelerador.

Coño, me puse tan nervioso que ni siquiera había pensado en que podrían ir a por ella ahora. Como le pase algo no me lo voy a perdonar jamás .

Llegamos corriendo, sin hablar, con un silencio que es denso pero tranquilo. No necesitamos hablar más porque los dos sabemos qué es lo importante.

Al llegar a su casa Marta está sentada en el sofá, con un libro en las manos y parece tranquila.

Hugo va corriendo hacia ella y la abraza, y yo me quedo paralizado porque ya no me sale hacer lo que haría si no hubiera pasado lo de esta tarde. Dudo si darle un beso, dudo si apartarme de ella, tengo miedo de que Hugo lo note.

—¿Qué os pasa?

Nos mira con cara de susto. No creo que tengamos nuestra mejor cara, yo estoy sin camiseta todavía, con sangre en la cara de la pelea, al bajar corriendo ni siquiera la cogí y con toda la movida ni me había dado cuenta.

—Le he contado lo de Davo a Hugo —le digo antes de que piense otra cosa.

—No me ha pasado nada, solo fue un susto.

—Se va a arrepentir de lo que ha hecho— dice Hugo

—Dejad el tema, es mejor así.

—Tenemos problemas serios con ese tío Marta, es importante que tengas cuidado —le dice Hugo.

—Me estáis asustando.

Ahora sí que sé lo que es el puto miedo. No soportaría que le pasara algo, solo el pensarlo me pone los pelos de punta. Mataría al que pensara siquiera en tocarla.