27
NICO
Me cago hasta en la puta, ahora sí que sí la he liado nivel supremo.
Viendo a Marta a mi lado, desnuda, tengo sentimientos encontrados.
Llevo deseando que esto ocurra desde el día que la vi aparecer por la puerta del aeropuerto, pero sé que no es lo correcto, no debería haber pasado.
Pero ahora que ha ocurrido lo único que tengo muy claro es que no puedo hacer que no ha pasado, la tengo clavada en mi cuerpo, muy dentro, joder.
Marta me mira tumbada a mi lado con esos rizos cayéndole sobre el pecho y mi corazón no late, galopa.
—Marta, tenemos que hablar con Hugo de lo que pasó ayer con Davo.
—Va a preguntar por qué no se lo dijimos antes.
—No pasa nada, eso déjamelo a mí.
—Vale.
—¿Y lo de Reid?
—No, Nico, eso todavía no .
—Marta…tiene que saberlo.
—Nico, ahora no. Son cosas mías— lo dice con semblante serio, sé que se está cabreando.
—Como quieras, pero estamos empezando a mentir demasiado. Odio eso.
Dios mío, cuántas putas cosas no le he contado a Hugo. Él ha estado siempre, joder, siempre.
Esta mañana en el gimnasio se le veía feliz. No parece que Manu vaya a entrenarle, pero sé que estaba super contento de que al final lo hubiera apuntado, porque es su sueño. Y aquí estoy yo follándome a su hermana.
Madre mía Nico, eres un hacha chaval.
Marta se levanta de la cama, va a ponerse ropa interior y cuando veo esa melena rizada cayendo sobre su pecho, madre mía, ya tengo ganas de hacerlo otra vez. Quizás es mejor hacerlo ahora por si acaso se lía todo y ya no puedo hacerlo más.
Nico, tío, relájate.
—Nico, ¿no tenías que ir a esa mierda de las peleas?
Joder, no me había fijado en la puta hora.
Solo tengo veinte minutos para llegar y aun por encima tengo que dejar que el mamonazo de Mateo me gane.
Podría no hacerlo. No es que le tenga miedo a Davo, he lidiado toda mi vida con gilipollas de su tipo, pero ese cabrón es listo y tiene mucho poder.
Y con la amenaza de Marta ha querido dejárnoslo claro.
Se lo diré a Hugo mañana, o quizás después, pero no ahora porque puede que las cosas se compliquen más.
Me visto corriendo y antes de salir miro a esa morena loca, me acerco a ella y le doy un beso en los labios .
—Hablamos luego, ¿vale?
—Nico, esto —nos señala a los dos— no sé si está bien.
Bien no está, eso ya lo sabía yo solito.
—No sé si está bien o mal, pero quiero repetirlo todos los putos días, Marta.
Veo cómo sonríe con la mirada.
Vuelvo a acercarme a ella y le doy otro beso en los labios. Qué rico sabe esta chica con olor a cerezas.
**********
Al llegar a la nave el ambiente ya está cargado.
Coches por todos lados, gente en corrillos, el ruido sordo de la música mezclado con voces.
El olor de siempre, tabaco, cemento húmedo, algo que no tiene nombre pero que reconozco desde hace años.
Este sitio siempre ha sido lo mismo y yo siempre he sido lo mismo aquí.
Hoy no sé muy bien quién soy.
Llevo el beso de Marta en los labios y la cara de Hugo en la cabeza y las dos cosas no deberían poder coexistir, pero aquí están, coexistiendo, y tengo que subir a un cuadrilátero y fingir que pierdo en los próximos veinte minutos. Que bien.
Estoy cabreadísimo con lo que ha hecho el hijo de puta de Davo con Marta. ¿Quién se cree para amenazarla?
Cuando estoy llegando a la puerta veo a Hugo apoyado en uno de los barriles que están fuera a modo de mesa, hablando con tres tías. Este pavo no pierde el tiempo, lo único que me faltaba ahora era que apareciera Lisa.
—Pensé que te habías rajado —dice acercándose a mí y dejando a las rubias detrás de él.
—Ya me gustaría.
Veo a Davo a lo lejos, rodeado de sus matones. Pobre gallina. Me gustaría ver a este payaso y a mí solos en mi barrio durante quince minutos, pero no tiene huevos.
—Nico, déjale ganar fácil, nos largamos y se acabó esta mierda.
No va a ser tan fácil, Hugo, no va a ser tan fácil.
Parece que el estúpido de Davo me lee los putos pensamientos porque cuando estoy a punto de subirme al cuadrilátero improvisado se acerca a mí, me da una especie de abrazo y cuando está en mi oído me dice:
—Más te vale perder, Nico. Este es el primero de muchos.
—No, ya te dijimos.
—¿No le ha quedado claro a la hermanita de Hugo?
Me cago hasta en su putísima madre.
Me quedo quieto un momento después de que se aleje. Con esa frase en el oído. Con la cara de Marta esta tarde en la cabeza cuando la fui a buscar al metro, y luego con todo lo que pasó después entre nosotros.
Subo al cuadrilátero.
Voy a dejarle ganar. Lo tengo decidido. Cogeré el dinero, pagaré lo que hay que pagar, y luego hablaré con Hugo y encontraremos la forma de salir de esto.
Está claro, transparente .
Mateo es bueno. No tan bueno como para que me importe, pero lo suficiente para que no pueda estar pensando en otra cosa mientras estamos aquí.
Salgo despacio, sin prisa, dejando que marque el ritmo.
Él lo hace, claro, porque Mateo es de los que necesitan creer que llevan el control desde el principio.
Lanza un par de rectos que esquivo moviendo la cabeza, finjo que el segundo me ha pillado más de lo que me ha pillado, dejo que la gente lo note.
No es difícil. Lo difícil es estar aquí y no ver la cara de Davo cada vez que cierro los ojos.
Esta tarde.
Esta puta tarde.
Mateo me mete un golpe limpio en las costillas y lo dejo.
Exhalo, me doblo un poco, lo justo. La gente hace ruido.
Mateo aprovecha y busca la cabeza, yo bajo la guardia medio segundo para que lo intente, para que se crea que tiene algo, y cuando el derechazo pasa rozándome la sien finjo que me ha tocado más de lo que ha tocado y doy dos pasos hacia atrás.
Bien. Así tiene que verse.
Mateo sonríe. Pequeño error.
El segundo asalto lo paso encajando lo que tengo que encajar y esquivando lo que no necesito recibir.
Mateo es predecible cuando se cree que va ganando, todos lo son.
Levanta demasiado el codo derecho antes de cada gancho, adelanta el hombro izquierdo cuando va al cuerpo, y cada vez que se mueve hacia su derecha pierde un centímetro de guardia en la barbilla.
Lo tengo todo mapeado. Llevo dos asaltos construyendo el mapa y no he hecho nada con él .
Esa es la pelea amañada. No perder. Saber exactamente cómo ganar y no hacerlo.
Mateo me empuja contra el límite del cuadrilátero y aprovecha para meter tres golpes cortos al cuerpo. Los encajo. Uno duele de verdad, justo debajo de las costillas, y por un momento solo existe ese dolor y es casi un alivio no pensar en nada más.
Entonces lo veo.
Davo está al lado del cuadrilátero, un poco apartado, con los brazos cruzados y esa media sonrisa que tiene cuando las cosas van como él quiere que vayan. Me mira. Sabe que lo estoy mirando. Y se ríe.
Una risa pequeña, casi para él solo. Como si todo esto fuera un chiste que solo él entiende.
Mateo lanza otro golpe y esta vez no finjo nada. Lo esquivo limpio, me corro a su izquierda, y cuando se recoloca ya estoy en el ángulo que llevo dos asaltos viendo. El hombro izquierdo adelantado. La barbilla abierta.
No pienso.
El primer golpe le llega al cuerpo, corto y directo, para doblarle el tronco. Mateo lo encaja, pero baja la guardia medio segundo, que es todo lo que necesito. El segundo va a la mandíbula.
Mateo cae.
No se levanta al conteo de cuatro. No se levanta al de ocho. Cuando llegan a diez sigue en el suelo con cara de no entender qué ha pasado, que es exactamente lo que tiene que sentir .
La gente grita. Alguien me agarra el brazo y lo levanta. Yo no miro al público.
Miro a Davo.
La sonrisa ha desaparecido.
Bien.
Miro a Hugo. Él sí que no sonríe. La acabo de liar muy parda.