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MARTA
Mañana tengo un examen y no he estudiado nada. Con toda la movida de Reid y con Nico en la cabeza todo el día no he abierto un libro en tres días y el examen es mañana a las nueve de la mañana por lo que mis posibilidades de aprobar son entre cero y ninguna.
Además, me han pedido que cubra las vacaciones de Sandra en la oficina esta semana y al final el poco tiempo que podría dedicarle estoy trabajando, pero el dinero me viene bien y no tengo la cabeza para estudios si soy sincera.
Como me toca ir a la oficina, me pongo el primer vaquero que encuentro y salgo.
De camino al metro hay momentos en que pienso que no sé por qué estoy haciendo todo esto, debería volver a casa con mis padres.
Podría estar en Sídney, en nuestra piscina tomando mojitos, sin trabajar y con un profesor particular para las asignaturas que me costaran más.
Me digo que vine por Hugo, para estar con mi hermano. Pero eso no es toda la verdad.
Vine huyendo de Reid, ya no tanto porque le tuviera miedo sino porque no me quería enfrentar a la realidad, y lo más gracioso de todo es que Reid ha venido detrás. Al final mi pesadilla se ha hecho realidad.
Cuando por fin llego a la oficina todo está tranquilo. Los viernes poca gente aparece por aquí, todos los que pueden teletrabajan. Me siento en mi sitio, enciendo el ordenador y durante un rato consigo concentrarme en algo que no sea el nudo que tengo en el estómago.
A la hora del café me acerco al office y veo a Rafa, el tío ese que conocen Nico y Hugo me mira con cara extraña, pero la verdad es que todo él es extraño así que no le doy mayor importancia.
Al volver a mi sitio miro el móvil y tengo un mensaje de un número desconocido.
Desconocido: Ten cuidado por donde andas, las cosas pueden ponerse feas.
Tiene que ser Reid. El miedo que le tenía me ha logrado paralizar en muchas ocasiones, pero esto no va a volver a pasar ni de puta coña. No voy a dejar que vuelva a dirigir mi vida.
Desde que lo he recibido no dejo de darle vueltas si llamar a Nico y contárselo o buscar de una vez a Reid y enfrentarme a él, porque está claro que lo de temblar y llorar no va a funcionar y no puedo dejar que me pase como en Australia.
A la salida del trabajo todavía no he decidido que hacer, estoy esperando el metro, viendo cómo la gente pasa por mi lado con sus vidas, con sus problemas, sin darse cuenta de nada más que de ellos mismos.
Miro el reloj y aún quedan quince minutos así que voy hasta el baño a echarme un poco de agua en el cuello, cuando de repente noto que alguien me agarra fuertemente del brazo y me empuja hacia uno de los cubículos.
Quiero gritar, pero antes de que me dé tiempo tiene una mano sobre mi boca.
—Diles a tus amigos que cumplan su parte, o la próxima vez no hablamos, actuamos.
No es Reid, no es su voz ni su acento. No puede ser él. ¿Habrá pagado a alguien para que me venga a amenazar? ¿Qué coño está pasando? ¿Por qué habla de mis amigos? ¿Qué amigos?
—No grites porque será mucho peor.
Noto algo punzante en mi espalda, parece que es una navaja.
—No sé de qué me hablas. ¿Te ha mandado Reid?
El tío hace una risa socarrona, desde luego no debe ser de su parte. ¿Nico y Hugo? ¿En qué coño están metidos estos dos entonces?
—Es de parte de Davo —lo dice y noto un golpe seco en la nuca y me quedo un momento sin poder enfocar, con las piernas flojas, apoyada contra la puerta del cubículo.
Cuando consigo recomponerme me pongo de pie y cojo el teléfono y llamo a Nico.
—Hola, Nico.
—¿Qué pasa Marta? ¿Estás bien?
—¿Estás ocupado?
—Estuve con Hugo en una prueba en un gimnasio, pero estoy en casa .
—¿Puedes recogerme en el metro?
—Claro, ¿qué pasa? ¿Ha sido ese gilipollas?
—No. Ven porfa, rápido.
—Marta, ¿estás bien?
—Ven.
Es más una súplica que una petición
—Voy.
Paso diez minutos encerrada en este cubículo muerta de miedo, ya no sé ni lo que creer ni lo que no. Cuando calculo que Nico debe llegar le mando un mensaje.
Marta: Estoy en el baño del sótano dos este, ven a la puerta, por favor.
Entra una llamada, es Nico. Salgo a la puerta.
—¿Qué pasa Marta?
—¿En qué coño estáis metidos?
—¿Quién? ¿Qué te pasa Marta?
—Me han mandado un puto mensaje amenazándome y por si no fuera poco me acaban de atacar en el baño —lo digo empezando a notar las ganas de llorar en la garganta.
—¡¿Qué dices?! ¿Ha sido el mamón de tu ex?
—¡Nico, joder! Te estoy diciendo que me ha dicho que más vale que cumpláis vuestra parte.
Nico se echa la mano al pelo, lo echa hacia atrás y suspira.
—¿Pero te han hecho algo? Como se haya atrevido a tocarte lo voy a matar .
Lo dice mientras me mira minuciosamente la cara, los brazos, intenta ver si tengo alguna marca visible.
—Me han amenazado con una navaja y me han golpeado en la cabeza.
—Lo voy a matar.
—Estoy bien.
—Es culpa mía, Marta, necesitaba el dinero. Vámonos, hablamos de camino.
El camino en el coche es en silencio. Noto que Nico está pensando en cómo explicarme las cosas, lo conozco bien, ese semblante tranquilo y calmado que pone cuando se está cagando en todo por dentro. Las manos en el volante, la mandíbula un poco apretada, los ojos en la carretera.
No le presiono. Espero.
Subimos al piso. Cuando se cierra la puerta detrás de nosotros se da la vuelta y me mira, y en esa mirada hay algo que se parece mucho a la vergüenza.
—Marta, quedamos en hacer peleas amañadas con Davo. Hugo no quería, fui yo. Necesitaba el dinero por mi padre, tenemos muchísimas deudas y era la única manera de poder llegar a todo.
—Pero y ese tal Davo ¿sabe quién soy yo?
—Lo sabe desde hace tiempo. Intentó usarte una vez para presionarnos y lo paramos. Pero esto... —Se pasa la mano por el pelo—. Esto es diferente. Esto es una advertencia directa y es culpa mía.
—Nico.
—Es culpa mía, Marta. Te metí en esto sin querer y lo siento .
Lo miro. Está de pie en medio del salón, grande y serio y con esa cara que pone cuando carga con algo que no quiere que nadie más cargue. Y yo pienso, no por primera vez, que este tío lleva demasiado peso solo.
—Podíamos dejarte dinero.
—No soy un vagabundo, no necesito vuestras putas limosnas.
—No lo decía por eso, Nico. Sabes que somos familia.
—¿Familia? ¿De qué tipo, Marta? Porque yo solo pienso en follarte todo el puto día. Y sé que está mal, joder, sé que está mal. Pero ya no puedo más.
El silencio que viene después es el más largo que hemos tenido nunca.
Madre de mi vida qué acaba de pasar aquí.
Nico no me mira. Tiene los ojos en el suelo y la mandíbula apretada y está intentando tragarse lo que acaba de decir como si fuera posible deshacerlo.
—Déjalo, Marta. Olvida lo que acabo de decir.
Y yo pienso en todo lo que llevo meses viendo y callando.
No quiero olvidarlo.
No voy a olvidarlo.
Y hago algo que quizás no debería hacer.
Me lanzo sobre él como si fuera a salvarme la vida.
Mis labios encuentran los suyos con una urgencia que me asusta a mí misma, pero ya no hay vuelta atrás.
Nico emite un sonido ahogado contra mi boca, sorprendido, y luego sus brazos me envuelven con una fuerza que me dobla la columna.
Nos besamos como si lleváramos años guardando esto, y en cierto modo es así.
Su lengua roza la mía y el mundo entero se reduce a la presión de sus manos en mi cintura.
—Marta... —jadea separándose un segundo, los ojos clavados en los míos, las pupilas dilatadas—. Si seguimos, no voy a poder parar.
—No quiero que pares.
Esas dos palabras bastan. Me agarra del culo, me levanta del suelo y me pego a él, fundiéndome en su cuerpo.
Atraviesa el pasillo conmigo en brazos, mis piernas enrolladas a su cadera, sintiendo ya su erección dura contra la entrepierna de mis vaqueros.
Empuja la puerta de mi habitación y me deposita en la cama, pero esta vez no hay dulzura. Esta vez hay hambre.
Se quita la camiseta de un tirón y yo aprovecho para desabrocharme los pantalones con dedos torpes.
Él se ríe bajísimo, se arrodilla en el borde de la cama y me ayuda, tirando de la tela vaquera hasta desprendérmela por completo.
Me quedo solo en bragas y una camiseta fina que apenas me cubre.
Sus ojos recorren cada centímetro de mí como si fuera un territorio que acaba de descubrir.
—Llevo meses imaginándome esto —murmura, y sus manos suben por mis muslos, despacio, haciéndome temblar.
Me tumba sobre la cama y se coloca entre mis piernas.
Sus dedos juegan con el borde de mis bragas, y yo levanto la cadera para ayudarle a quitármelas.
El aire fresco de la habitación roza mi sexo desnudo y me estremezco, pero no hace frío.
Todo lo que siento es calor. El calor de su mirada fija allí abajo, el calor de su respiración cada vez más cerca .
—Quiero probarte —dice, y no es una pregunta.
Cuando su boca encuentra mi clítoris, me agarro a las sábanas, a punto de despegar.
Su lengua es suave al principio, lenta, haciendo círculos que me hacen arquear la espalda.
Luego se vuelve más firme, más decidida, y un gemido se me escapa sin pedir permiso.
Nico introduce un dedo dentro de mí mientras sigue chupando, y luego otro, y el placer es tan intenso que las rodillas me tiemblan.
—Así, nena —susurra contra mi piel, y esa palabra, dicha por él en ese momento, me desarma más que cualquier caricia.
Sigo moviéndome contra su cara, buscando más, siempre más.
Me agarra por debajo de los muslos y me acerca con fuerza, hundiendo la lengua dentro de mí, y el orgasmo me golpea como una ola: empieza en el vientre, se expande por todo mi cuerpo y me deja sin aire, con las manos enredadas en su pelo, gritando su nombre o algo parecido.
Tarda apenas unos segundos en subir sobre mí.
Lo siento desabrocharse el pantalón, bajarse la cremallera, liberarse.
Su polla roza mi entrada, caliente y pesada, y los dos nos quedamos un instante paralizados, mirándonos a los ojos.
Hay algo en su expresión que no sé describir: ternura, tal vez. O miedo. O las dos cosas.
—Mira —dice—. Quiero que me mires.
Así que no cierro los ojos cuando empuja. Entra despacio, un centímetro cada vez, y el roce me hace morderme el labio. Es grande, y hay una molestia agria que se mezcla con el placer, pero él se detiene justo donde duele, me besa la frente, espera.
—Tranquila —murmura.
Así que respiro hondo y muevo las caderas, invitándole a seguir.
Entra del todo y los dos gemimos al unísono.
Siento cada latido de su polla dentro de mí, cada temblor de sus brazos a los lados de mi cabeza.
Empieza a moverse, al principio con calma, después con más fuerza.
El colchón golpea contra la pared al ritmo de sus embestidas, y yo rodeo su cuello con los brazos, pego mi frente a la suya y no dejo de mirarle.
—Marta, Marta, Marta... —reza como una letanía, y cada vez que dice mi nombre empuja más hondo.
Uno de sus brazos se desliza entre nuestros cuerpos y sus dedos vuelven a encontrar mi clítoris.
Me frota con el pulgar mientras me sigue follando, y es demasiado, es todo, es exactamente lo que necesito.
El segundo orgasmo llega rápido, más intenso que el primero, sacudiéndome entera, apretándome a su alrededor.
Siento cómo me corro y él lo siente también, porque acelera el ritmo hasta volverse errático, desbocado.
—Dentro —jadeo—. Córrete.
Y eso lo termina de romper. Se hunde una última vez, se queda quieto, y lo noto llenándome, mientras entierra la cara en mi hombro y gime un sonido gutural, casi animal. Su cuerpo tiembla sobre el mío durante lo que parecen eternos segundos.
Luego se desploma a mi lado, me abraza y pegamos nuestras frentes otra vez. Estamos sudados, despeinados, rotos. Y nunca me he sentido más entera .
—Ahora sí que estoy jodido —dice, y se ríe, y yo también me río, y en esa risa cabe todo lo que no hemos dicho en meses.