Sin guantes 25
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NICO

Voy a encontrar a ese hijo de puta y lo voy a matar.

No se va a acordar ni de su puto nombre cuando termine con él. Pocas cosas tengo tan claras en mi vida y esta es una de ellas.

Llevo toda la mañana con eso en la cabeza. No se me borra la imagen de Marta temblando cuando entré en su casa, todo lo que me contó de ese gilipollas. "Le decía que era suya." Como si fuera una cosa y no una persona.

Debería contárselo a Hugo. Lo sé. Sé sobradamente que me ayudaría y que entre los dos podríamos solucionar esto de una vez.

Pero también sé por qué Marta no quiere que lo sepa, porque Hugo lo buscaría y haría lo que haría yo, o casi peor, y ella tiene miedo de las consecuencias.

Y yo le prometí que esperaría, aunque no sé cuánto tiempo.

Hoy tengo libre en el taller y estoy con Hugo de camino a un gimnasio donde están algunos boxeadores profesionales. Siempre está bien que te vean, nunca se sabe cómo puede acabar la cosa.

Hugo no lo sabe, pero nunca he querido dedicarme al boxeo. Me gusta pelear, me divierte, para mí es como una afición, pero no es mi ilusión, no como para él. Por eso lo acompaño a estas cosas. Y porque necesito ganar las peleas para poder pagar el alquiler, que coño.

—Mañana tienes que dejar ganar al mamón de Mateo.

—No me lo recuerdes.

—Sabes que va a ser difícil dejar de hacer esto, ¿verdad? Por mucho que nos haya dicho ese imbécil —me dice.

Claro que lo sé, joder.

—Gracias por hacerlo por mí.

—Por ti me cortaría un brazo, Nico.

Si supieras lo que pienso la mitad de las veces me cortarías tú mismo la polla con un alicate.

—No te pongas ñoño, que menudo día llevas, ¿no?

—Me ha pasado algo raro hoy.

—¿Raro?

—Me ha pedido amistad en Instagram una ex mía de Sídney, era una tía que era amiga de Marta. Es muy raro, tío.

—Se acordaría de ti.

—No acabamos especialmente bien la verdad, y hace cuatro putos años que no sé nada de ella.

—¿Qué pasa, te mola?

—¡Que va! Si todo el problema fue por eso. Nunca hay que liarse con las amigas de tu hermana, eso sí que me quedó claro .

Mierda.

—Pero ¿qué pasó?

—Nada en realidad, nos liamos un par de veces, éramos unos críos, le dije que no quería nada más y se la lio pardísima a Marta, dejaron casi de hablar.

—Pues sabe Dios.

Cuando llegamos al gimnasio noto la diferencia nada más cruzar la puerta.

No es como el polígono, aquí huele a cuero nuevo y a caucho limpio, a espuma de los sacos que no llevan años recibiendo golpes en una nave sin ventilación.

La luz es blanca y directa, de esas que no perdonan nada, y el suelo del tatami está sin desconchar.

Hay un rumor constante de cuerdas que silban, de pies que se mueven con precisión, de alguien que cuenta series en voz baja.

Todo más ordenado, más serio. Es el mismo deporte, pero en otro idioma.

—Mira quién está ahí, nuestro amigo Mateo.

—El cabrón tiene suerte, lo entrena Raúl, ese sí que es bueno.

—Pagaría porque ese tío me entrenara, aunque fuera solo un día. Algún día eso será verdad.

Me quedo mirando a Mateo. Es increíble lo mucho que entrena y lo mal que lo hace, es el tío más sucio que conozco peleando, y eso que en el polígono nadie es limpio del todo, pero lo suyo roza la gilipollez. Yo creo que le gusta eso.

Pero entonces al fondo del gimnasio veo a un tío que no había visto nunca.

Mayor que nosotros, cincuenta y pocos, con esa forma de moverse de quien ha pasado la vida entera en un ring .

No entrena a nadie en este momento, solo está mirando, con los brazos cruzados y esa expresión de quien lo ha visto todo y ya poco le sorprende.

—¿Ese es Manu? —le digo a Hugo en voz baja.

Hugo lo mira y algo cambia en su cara. No lo dice, pero lo veo — esa mezcla de reconocimiento y de querer algo que parece imposible.

—Sí.

—¿Lo conoces?

—De verlo. Todo el mundo lo conoce.

Sé que Manu entrena a los mejores de Barcelona. No a los mejores del polígono, a los de verdad, a los que pelean con licencia, a los que salen en la tele. Que esté aquí hoy haciendo pruebas es una oportunidad que no se repite.

Y Hugo lo sabe. Lo veo en cómo no puede dejar de mirarlo.

Veo a Elsa a lo lejos acercándose a nosotros, lo que nos faltaba.

—Hola Hugo.

No se corta ni media la tía. Es amiga de Lisa, nunca la he visto boxear, pero por lo que me tiene dicho ella boxea en ligas amateurs.

Es una chica muy atractiva las cosas como son, pero el problema que tiene es que lo sabe.

Pensé que venía a darme la puta vara por Lisa, pero se ve que quiere follarse a Hugo. Bien.

Hugo me mira.

—Hola, Elsa. ¿Y tú por este gimnasio?

—Es que hoy está haciendo pruebas a nuevos boxeadores, Manu. ¿Sabéis quién es, no?

—¿Quién no va a saber quién es Manu? —le digo .

—Vaya, Nico, no te había visto.

—Ya veo ya, que tienes cosas mejores que ver.

Hugo está a punto de partirse el culo cuando una chica morena llama a Elsa.

—Te toca Elsa.

Elsa se despide de nosotros y se va para allí. De mi se despide con un gesto con la mano, de Hugo…digamos que le dio dos besos porque ahí yo creo que ha habido labio, si se entera Cati me voy a reír.

—¿Podemos mirar de hacer las pruebas, no? —me dice Hugo.

—Yo paso de esto.

—Venga, Nico, eres bueno, podrías ser profesional si quisieras.

—Hugo, apúntate tú.

—No, esto lo hacemos juntos, de todos modos, es imposible que ese tío nos entrene a nosotros. Busca gente con muchísima calidad. Me voy a duchar.

—Vete yendo, yo voy ahora.

Me acerco a la recepción y pregunto por las inscripciones. Si él no se va a apuntar lo voy a hacer yo. Siempre está mirando por los demás y alguna vez alguien tiene que mirar por él.

—¿Puedes apuntar a Hugo Álvarez?

—Sí, claro. Mañana a las 11 sería.

—Perfecto.

Y me voy a la ducha a relajarme e intentar pensar en otra cosa. Por la noche ya le contaré que lo he apuntado y ya me aguantaré la chapa que me va a soltar.