Sin guantes 24
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MARTA

Pensaba que esto nunca iba a pasar, que estar a todos estos kilómetros de distancia me hacía estar segura, pero no es así. Quiero pensar que Reid no ha venido aquí por mí, igual el destino es cruel y simplemente ha hecho que estemos en el mismo espacio-tiempo de forma casual. Ojalá.

Desde que vine a España casi no he hablado con Tara. Esta historia me ha hecho acordarme mucho de ella, siempre estuvo a mi lado, me apoyó en todo lo que le contaba. O en lo que yo dejaba que supiera, que no era lo mismo.

Era mi única amiga de verdad en Sídney. De las que te llaman cuando estás mal sin que se lo pidas.

Las cosas se complicaron un poco cuando ella y Hugo tuvieron su historia de chavales — nada serio, de esas cosas que pasan cuando eres joven y no sabes muy bien lo que haces — pero creo que lo superamos.

Lo que no superamos tan bien fue cuando me fui, no se lo tomó nada bien.

Se lo tomó muy a pecho. Creo que se sintió abandonada, y yo entiendo que es así, aunque en ese momento no podía explicarle los motivos reales. Le dije que me iba por Hugo, que quería estar con mi hermano, que necesitaba un cambio. Todo verdad. Pero no toda la verdad.

Nunca le conté todo lo de Reid. Le conté lo suficiente para que entendiera que las cosas no habían acabado bien, pero no los detalles, no los mensajes, no la moto siempre detrás. Pensé que si lo contaba en voz alta se volvería más real. Y ya era demasiado real.

Cuando salgo de mis pensamientos miro al chico sobre el que estoy acostada.

Nico está dormido recostado en el sofá, tiene una de sus manos sobre mi cintura.

Me hace sentir tan segura estar aquí con él, me hace sentir especial, como nadie había hecho nunca.

Y joder sé que esto no puede ser, que Hugo nunca lo aceptaría y sobre todo sé que Nico jamás arriesgaría su amistad con él por mí, ni por nadie.

Me levanto despacio dejándolo dormido y le pongo la manta sobre las piernas. Me quedo un momento mirándolo, ese pelo rubio revuelto, la mano que estaba sobre mi cintura ahora caída sobre el cojín, la respiración tranquila de alguien que duerme sin saber que lo están mirando.

Voy a la cocina. Son casi las siete de la mañana y Barcelona está en ese silencio raro de antes de que la ciudad despierte del todo. Me lleno un vaso de agua y me siento en el taburete y sin saber muy bien por qué cojo el teléfono.

En Sídney son las tres de la tarde. Tara coge al primer tono.

—Marta. ¿Estás bien? Hace meses que no hablamos.

Mi respiración es entrecortada.

—Reid.

Un silencio.

—¿Qué coño le pasa a ese capullo? Hace un montón que no lo veo.

—Normal que no lo veas. Está aquí.

—¿Qué? Pero qué coño dices, si ni siquiera sabía hablar español. ¿Qué va a hacer ese ahí?

Oír su voz después de tanto tiempo hace que algo se me afloje en el pecho. Eso también es Tara, que aunque lleves meses sin hablar, en cuanto la necesitas está ahí.

—Me lo encontré aquí, además trajo la moto, Tara. Sé que no te conté todo lo que pasaba y que piensas que estoy enfadada contigo.

Y lo estoy, estoy enfadada con ella por cómo se portó conmigo cuando decidí irme, actuó como una niñata egoísta y necesitaba su apoyo. Aunque sé que tampoco sabía todo lo que pasaba, ella pensaba que solo era un poco pesado.

—Marta, puedo mirar un vuelo e ir para ahí, o mejor, ¿por qué no vienes?

No voy a mentir porque lo he pensado. Irme ahora mismo a casa con mis padres sería lo más seguro, sobre todo mientras él siga aquí.

Podría contarles todo. Podría hacer que el peso de la ley cayera sobre él.

Podría denunciar sus negocios turbios, sé muchas cosas, quizás demasiadas.

Pero me da demasiado miedo, tengo miedo a las consecuencias y luego está Nico.

Miro a ese rubio idiota durmiendo en mi sofá y algo se remueve dentro de mí.

Porque ya no es solo el amigo de mi hermano, ahora es algo más.

—No sé qué hacer. No quiero irme de aquí ahora.

—Pero Marta, ¿qué te pasó de verdad con Reid? Sé que tuvieron que pasar más cosas, lo he pensado con el tiempo y siento cómo me comporté.

—Me acosaba, Tara. Estaba siempre a mi sombra, en todos los lados a los que iba, me escribía mensajes todo el tiempo, cuando cerraba una cuenta me escribía desde otra. Tenía mucho miedo. Yo sé muchas cosas de la gente con la que anda.

—¿Hugo lo sabe?

Sabía que iba a hablarme de él.

—No, todavía no se lo he dicho.

—Deberías contárselo.

—Lo sé, pero no quiero que haga las cosas a su manera. Hugo piensa que yo soy su responsabilidad, si sabe esto irá a por él. Ahora está intentando que lo coja un entrenador y no voy a joderle todo.

Por el rabillo del ojo veo que el rubio loco se está despertando.

—Tara, tengo que colgar, hablamos pronto. Te lo prometo.

—Marta, espera.

Me quedo con el teléfono en la oreja.

—Lo siento mucho, tía .

—Gracias. Te llamo más tarde.

Cuelgo con un nudo en el estómago porque si alguien ha sido mi amiga alguna vez siempre ha sido Tara, a pesar de todo.

Nico está sentado en el sofá con los ojos todavía a medio abrir, mirándome desde el otro lado de la cocina con esa expresión de recién despertado que hace que sea imposible no quedarse mirándolo un poco más.

—¿Estás bien? —me pregunta en voz baja.

—Sí.

No es del todo verdad, pero tampoco es del todo mentira. Estoy mejor que anoche y estoy mejor porque él está aquí.

Se levanta y viene hacia la cocina y yo me quedo quieta sin saber muy bien qué hacer con las manos ni con los ojos ni con nada.

Se sirve un vaso de agua y se apoya en la encimera a mi lado y durante un momento estamos los dos en silencio, hombro con hombro, en esa cocina pequeña a estas horas de la mañana.

—Gracias por venir —le digo.

—No tienes que darme las gracias por nada, pitufa.

Me estoy acercando a él y de repente se oye el ruido de la puerta.

—Buenos días —dice Hugo.

—¿Y tú aquí, Nico?

—Me llamó Marta, había un tío merodeando por el portal y ya no te llamé porque como andabas ocupado vine yo, pero me vais a tener que pagar el fisio porque me duele el cuello de dormir sentado en ese sofá que no veas .

Hugo se ríe y me viene a dar un beso. Yo miro a Nico y le doy las gracias con los ojos porque sé que está deseando contarle todo a Hugo, pero no lo hace porque yo se lo he pedido y eso me hace tener un hueco más en ese corazón de hielo.

—¿Y quién coño era? ¿No sería alguno de los imbéciles esos?

—No, que va, era un drogata que andaba por la zona, sin más.

—Bueno, gracias por venir, tío, y cuidar de la princesa de esta casa y de mi vida.

—No seas puto pelota, eso se lo dices a todas.

—No les dice esas cosas, Marta —suelta Nico entre risas.

Ahora es cuando van a soltar guarrerías.

—No quiero saber nada más, graciasss.

Me doy la vuelta y me voy a la ducha porque a estos dos les encanta el cachondeo y hoy la verdad que no tengo ganas de nada.