23
NICO
Marta me acaba de llamar muy nerviosa. Estaba en el Firmamento con un par de tíos del gimnasio cuando ha sonado el teléfono y he visto su nombre y algo en el tono de su voz me ha hecho salir por la puerta sin despedirme de nadie.
Hugo ya se había pirado con una tía hace un rato, quizás debería llamarlo y avisarlo, pero no quiero perder ni un minuto.
Mientras estoy en el coche no hago más que darle vueltas a la puta cabeza.
Lo de esta noche no me ha gustado nada. Aunque hemos quedado con Davo en que serán solo dos peleas, yo no soy tonto y sé cómo funcionan las cosas en este mundo.
Nunca son solo dos, no le va a parecer suficiente y ahí sí que vamos a tener problemas porque no creo que Hugo aguante mucho más.
Pero ahora mismo todo eso puede esperar.
Estoy ya en el portal. Miro hacia arriba y veo la silueta de Marta a través de la ventana, quieta, con los brazos cruzados.
Timbro abajo y subo los escalones de dos en dos sin esperar al ascensor.
No tengo ni idea de qué ha pasado, solo espero que no haya sido ese tío.
Estaba nerviosa, lo noté en cómo me ha dicho «necesito que vengas» sin rodeos, sin el tono de siempre.
Nada más abrirme se tira a mis brazos.
Y se me rompe el puto corazón.
—Ey, pitufa, ¿estás bien? ¿Qué ha pasado?
—Nico, es el tío de la moto.
Como la haya tocado, está muerto ese cabrón.
—¿Qué pasa, Marta? Cuéntamelo, nena.
Puedo ver en sus ojos lo asustada que está, sea lo que sea lo que haya pasado.
—No entiendo qué hace aquí.
La miro en silencio, no entiendo qué pasa.
—Estuve saliendo con él durante bastante tiempo.
Marta nunca ha contado que estuviera con nadie en Sídney, o por lo menos nadie del tipo que es ese tío. Prefiero mil veces al pijo imbécil de la universidad con el que se estaba acostando antes que toda esta mierda.
—¿Pero saliendo cómo?
—En… en Sídney.
—¿Y qué hace aquí?
—No lo sé, Nico. Reid no es buen tío, nadie sabe que estuve con él. Solo Tara.
—Vamos a ver, Marta, era tu novio en Sídney, vale, pero ¿por qué coño te hace pasar miedo? Dime que no te ha tocado porque lo mato.
—Nunca llegó a tocarme, Nico .
Lo dice despacio, como si necesitara que esas palabras quedaran claras antes de seguir. Y yo las escucho y siento algo que no termino de identificar, alivio y rabia a la vez, porque que no la tocara no significa que no le hiciera daño.
—Estuvimos casi un año. Al principio todo era genial, era el tío perfecto, atento, divertido.
Pero poco a poco empezó a cambiar. Me decía lo que podía y no podía ponerme.
Con quién podía quedar y con quién no. Si llegaba tarde a casa me llamaba veinte veces.
Si hablaba con un chico en clase me lo recriminaba durante días.
Veo cómo esos ojazos marrones se empiezan a llenar poco a poco de lágrimas y tengo que apretar la mandíbula para no decir nada todavía. Que siga. Necesita desahogarse.
—Cuando me di cuenta de lo que estaba pasando lo dejé. Pensé que sería fácil porque nunca me había hecho nada. Tenía miedo de que nadie me creyera si lo contaba, porque yo misma no me lo creía del todo.
—Tranquila, pitufa. Estoy aquí contigo. Sigue.
—Cuando lo dejé empezó a perseguirme. Aparecía en el instituto, en la cafetería, fuera de casa. Me llamaba de noche desde números que no conocía. Si lo bloqueaba en una red me escribía desde otra. Y así, de forma infinita, durante meses.
Tremendo hijo de puta.
—¿Qué coño te decía?
Se queda callada un momento.
—Que era suya .
Dos palabras. Dos palabras y yo tengo que levantarme y dar dos pasos hacia la ventana porque si me quedo quieto voy a hacer algo que no conviene hacer ahora mismo.
—Ese pavo va a morir.
—Nico, escúchame. —Su voz cambia, se vuelve más firme a pesar de las lágrimas—. No lo conoces. Es muy peligroso. Vendía droga en Sídney, conoce a gente muy chunga. No es como los tíos con los que te peleas tú.
Me doy la vuelta y la miro.
—Tú no sabes lo peligroso que puedo llegar a ser yo si tocan algo que quiero, Marta. Lo he visto con gente de Davo.
Eso la para. No se lo esperaba.
—¿Ha venido a por ti? ¿Qué te ha dicho?
Veo cómo traga saliva. Le cuesta contestar.
—No lo sé. No lo parece. Pero él nunca hace nada de casualidad, no me ha dicho nada importante.
—¿Eso es todo?
—Nico... vine a España por él. Siempre quise estar con Hugo, eso es cierto. Pero si no fuera por Reid probablemente habría estudiado la carrera allí. Me fui porque tenía miedo. Porque necesitaba poner un océano de por medio.
Me siento otra vez a su lado. La miro.
—¿Hugo lo sabe?
Niega con la cabeza.
—¿Y tus padres?
—Nadie sabe esto. Solo Tara, algunas cosas, y ni siquiera todo .
Proceso lo que acaba de decirme. Marta lleva más de un año en Barcelona cargando con esto sola. Sin decírselo a Hugo, sin decírselo a nadie. Y ahora me lo está contando a mí.
Me cuesta no levantarme e ir a buscar a ese cabrón ahora mismo.
—Voy a ir a hablar con ese imbécil.
Me levanto, cojo la puerta y voy a irme cuando se me tira a los pies.
—No, por favor, quédate conmigo. Quédate esta noche aquí, Nico. Júrame que no se lo vas a contar a Hugo por ahora.
Me agacho a su altura.
—Es mejor que lo sepa...
—No... no lo entiendes. Hugo lo conoce. No le digas nada, por favor.
Madre mía, menuda movida. No quiero mentirle a Hugo, pero verla así tan frágil, confiando en mí. Contándome cosas que no sabe absolutamente nadie me hace bajar todas las defensas.
—No se lo contaré. ¿Vale? Por lo menos, por ahora.
—Déjame tiempo y se lo contaré yo.
—¿Te ha vuelto a escribir?
—No, todavía no.
—¿De qué lo conoce Hugo?
—Eran amigos en el colegio. Reid se lio con una chica que le gustaba a Hugo cuando eran unos chavales. Nunca se llevaron bien desde entonces.
—¿Y cómo no se dio cuenta de la Panigale ?
—Hugo no sabe que la tiene... eso fue cuando él ya se había ido.
—Bueno, no quiero que estés así, pitufa, no va a pasar nada más, ¿vale? Quiero que estés tranquila.
—Ese tío consiguió que tuviera miedo de salir a echar la basura a la calle, Nico. Notaba su respiración al otro lado de la calle. Siempre tenía esos ojos clavados en mí. Como si fuera su puta presa. Es una sensación horrible.
Me acerco un poco más y la abrazo mientras la beso en la cabeza. Diría que no me pone cachondo tenerla tan cerca, pero mentiría. Aunque no es el mejor momento para estos putos pensamientos, pero aquí están.
Cuando consigo tranquilizarla un poco nos sentamos en el sofá. Pongo algo en la tele, no sé qué, algo que haga ruido y llene el silencio. Ella se acurruca a mi lado con las piernas dobladas y la cabeza apoyada en mi hombro, como si fuera lo más natural del mundo.
Ya no lo es. Y mi cuerpo lo sabe perfectamente.
Está tan guapa la cabrona. Con el maquillaje corrido y el pelo un poco revuelto y esa cara que pone cuando intenta no llorar más.
Me doy cuenta de que tengo que hablar con Hugo. No solo de Reid — que ya es suficiente movida — sino de esto que hay entre nosotros. De lo que me está pasando a mí. Porque Hugo se merece saber que su mejor amigo lleva semanas muriéndose por su hermana. Aunque me mate por ello, y lo va a hacer.
Pero esta noche no es el momento. Esta noche Marta me necesita aquí apoyada en mi hombro temblando un poco todavía, y lo único que quiero es que esté bien .
Marta me coge la mano despacio, sin decir nada, y empieza a acariciarme los nudillos con el pulgar. Es un gesto tan pequeño que debería ser capaz de ignorarlo.
No soy capaz.
No sé cuánto tiempo voy a poder mantener esto bajo control, me gusta demasiado y mi cuerpo responde a ella sin pedirme permiso.
Esto se está poniendo muy feo.