Sin guantes 22
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MARTA

Desde que Nico me dejó en casa el otro día casi no lo he visto. Estoy segura de que está evitándome. Lo noto en los mensajes que tarda demasiado en contestar, en que no ha aparecido por el piso en tres días cuando antes pasaba casi todas las tardes aquí metido.

Nunca debí besarle. Fue un error. Pero cómo me gustó, joder.

Hacía mucho que no sentía eso, esas mariposas que no son mariposas sino algo más pesado, más real, que se instalan en el pecho y no se van, aunque quieras.

Notar sus labios sobre los míos fue una pasada, que respondiera, aunque solo fueran unos segundos, aunque luego dijera que no. Qué locura.

Sé que es algo que nunca va a poder ser. Hugo se cabrearía muchísimo y Nico le es total y plenamente fiel, eso lo tengo clarísimo. Pero yo noté cómo su cuerpo respondió al beso, por mucho que él quisiera evitarlo, y eso no me lo puedo quitar de la cabeza .

Después está Reid.

No sé qué hacer con esto. Llevo desde que lo vi en el taller de Paco sin salir de casa, solo lo hago para lo obligatorio: clases, trabajo y nada más, porque tengo pánico a encontrármelo.

No puede ser que haya venido aquí de casualidad.

Ya hace más de un año que vine de Sídney y él ni siquiera sabía dónde vivía Hugo, yo nunca se lo dije.

Lo tengo bloqueado en el móvil y de todas mis redes sociales, es imposible que supiera nada de mí.

Aquí no tengo casi amigos, Hugo y Nico nunca suben nada conmigo a sus redes, para el mundo digital soy un fantasma, no existo.

No entiendo cómo ha podido encontrarme. No me quito de la cabeza esa sonrisa que soltó cuando me vio en el taller.

Tengo que aprender a controlarme, no puedo dejar que me afecte tanto.

He estado mirando vuelos a Londres. Mi amiga Kelly está estudiando allí este curso y quizás podría estar con ella una temporada, pero eso significaría dar demasiadas explicaciones que no quiero dar.

Estoy en mi habitación y no dejo de escuchar el puto sonido de las motos, parece que a todo el mundo le apetece sacarlas ahora a pasear. Mi cabeza entiende que no estoy en peligro, pero mi cuerpo no, mi cuerpo tiembla cada vez que escucha ese rugido. Así que decido llamar un taxi.

—¿Puede llevarme al polígono Norte?

El taxista me mira por el retrovisor con cara extraña, pero se dirige hacia allí .

No tengo una razón muy interesante para ir, pero necesito estar con Hugo y con Nico. Estando aquí sola me estoy muriendo de miedo y no lo soporto más.

Cuando entro en la nave veo un montón de gente. No veo a ninguno de los dos y me parece extraño, sé que esta noche venían aquí, no porque me lo contaran sino porque se lo escuché de strangis .

Me acerco a uno de los rings , pero no los veo por ningún lado. No conozco a nadie aquí esta noche. Cojo el teléfono para llamar a Nico, sé que se va a cabrear cuando se entere de que he venido, pero no me gusta estar aquí sola.

Antes de que pueda marcar, noto el olor.

Es un olor específico. Una colonia cara, de esas que huelen bien pero que a mí me producen el efecto contrario, el estómago se me cierra, la garganta se me aprieta, el cuerpo empieza a hacer cosas que la cabeza no ha autorizado todavía.

No puede ser verdad. ¿Qué tipo de broma pesada es esta?

Me quedo completamente quieta en medio del ruido de la nave, con la gente pasando a mi alrededor sin darse cuenta de nada, y mi cerebro tarda exactamente dos segundos en confirmar lo que ya sabe.

Reid.

Me doy la vuelta para huir, pero choco con un pecho fuerte. Subo los ojos despacio, aunque una parte de mí no quiere hacerlo. Y ahí está.

Más alto de lo que lo recuerdo, o quizás es que el miedo le da más tamaño. Tiene esa sonrisa suya de siempre, la que nunca llegaba a los ojos, la que yo tardé demasiado tiempo en aprender a leer bien.

—Vaya. Parece que al final te cacé.

Su voz. Dios, su voz. La misma que me decía que me quería y la misma que me decía que era una exagerada y que me lo había buscado yo. La misma voz.

—Déjame en paz, Reid. ¿Qué haces aquí?

—Deja de hacerte la interesante, Marta. —Da un paso hacia mí y yo doy uno hacia atrás—. No digas que no te gusta estar conmigo.

—Apártate.

—¿Por qué huyes de mí? Solo quiero hablar.

Miro a los lados buscando una salida. La gente sigue a lo suyo, nadie nos mira, nadie sabe lo que está pasando aquí a dos metros de ellos. Me bloquea el paso con el cuerpo, no con las manos, nunca con las manos donde alguien pueda verlo.

—Voy a llamar a la policía.

Se ríe. Una risa baja, casi suave.

—¿Y qué les vas a decir? ¿Que un tío te habló en una pelea ilegal? —Se inclina un poco hacia mí—. Piénsalo bien, nena.

Nena. Esa palabra en su boca. Me revuelve el estómago.

Intento moverme hacia la derecha, pero se mueve conmigo. Busco a Nico con los ojos, busco a Hugo, busco cualquier cara conocida pero la nave es grande y hay demasiada gente y yo estoy aquí sola con él y mi cuerpo ha empezado a temblar y no puedo controlarlo .

De repente alguien agarra a Reid por detrás y se lo lleva. No espero a ver quién es. Cojo y echo a correr, pero aquí no sé hacia dónde ir, me acuerdo del pasillo de los baños y voy hacia allí.

Estoy apoyada en el lavabo con las dos manos, mirando el agua correr por el desagüe. Cuatro dentro, cuatro fuera. Cuatro dentro, cuatro fuera. Esta vez los números me funcionan.

Cuando levanto la vista al espejo veo que no estoy sola.

Hay una chica apoyada en la pared del fondo, morena, con cara de haber tenido también una noche larga.

Me mira con una expresión que no es lástima, es algo más parecido al reconocimiento, como si ella también supiera lo que es necesitar un minuto en un baño para volver a ser persona.

—¿Estás bien? —me pregunta en voz baja.

—Sí. —murmuro—. No.

Asiente, como si esa respuesta tuviera todo el sentido del mundo.

—¿Necesitas algo? ¿Puedo ayudarte?

—¿Podrías llamarme un taxi?

Podría hacerlo yo sola, pero no quiero quedarme sola, no ahora con Reid ahí fuera.

—Claro. —Saca el teléfono sin más preguntas. Me gusta eso. Me gusta muchísimo eso.

—Me llamo Mía —dice mientras marca.

—Marta.

—Viene ahora, ¿quieres que espere contigo?

—Te lo agradecería muchísimo.

—Por supuesto .

Sale conmigo del baño y me acompaña hasta fuera, no me pregunta en ningún momento nada más, solo me acompaña. Busco a Reid con la mirada, pero no lo encuentro. Me despido de ella con una sonrisa pequeña, de las que cuestan, pero salen.

—Gracias, Mía.

—Cuídate, Marta.

No sé nada de ella. Ella no sabe nada de mí. Pero hay personas que aparecen exactamente cuando las necesitas y no hacen falta más palabras que esas.

Cuando llego a casa Hugo todavía no está. Lo llamo, pero no me coge el teléfono, seguro que se ha ido con una tía.

Llamo a Nico.

Suena un tono, dos, tres. No me va a coger, necesito hablar con él. Cuatro, cinco.

—Marta.

—Necesito que vengas.