21
NICO
Ya han pasado tres días desde el puto beso con Marta.
Tres días evitando su número en el teléfono, evitando pasar por delante del piso de Hugo, evitando pensar en cómo se movieron sus labios contra los míos y en cómo respondí yo antes de que el cerebro me dijera que parara.
El cerebro llegó tarde. Como siempre.
No dejo de notar esos labios sobre los míos, su lengua encontrando la mía, la forma en que se inclinó hacia mí como si hubiera tomado una decisión que llevaba tiempo postergando. Madre mía. Llevo tres días haciéndome pajas con ese puto minuto y odiándome a partes iguales.
Y lo mejor de todo es que voy yo y le digo que no puede ser. Le digo el nombre de Hugo como si eso fuera una explicación suficiente, cuando en realidad es lo más cobarde que he dicho en mi vida. Porque no es que no quiera. Es que no puedo. Y la diferencia entre las dos cosas me está comiendo vivo .
Hoy por la noche es la primera pelea amañada de Hugo. Sé que está cabreado de pelotas por tener que hacerlo, pero en cambio no me dice nada.
Estoy apoyado en mi coche cagándome en todo cuando veo a Lisa acercándose.
Ahora no, joder. Lo que me faltaba.
—Hola, guapo.
—Hola.
Tengo que parar esto ya. Como sea.
—Podemos quedar luego, si quieres.
—Lisa... creo que tenemos que dejar de vernos.
—Nico, no te pongas trascendental, tampoco somos novios.
—Lo sé, pero creo que es mejor que no quedemos más.
—¿Qué pasa, andas con alguien?
—No.
—Bueno, si otro día te apetece follar... tampoco hace falta que nos casemos.
—Lo tendré en cuenta.
Se acerca y me da un beso en los labios, nada del otro mundo, pero me hace acordarme de Marta y me da un pequeño pinchazo en el corazón.
Sabía que no se lo iba a tomar a mal, ella estaba quedando con más gente. Es lo normal, pero simplemente yo no soy así.
Cuando la veo volver sobre sus pasos veo a Hugo a lo lejos, tiene una cara de mala hostia que flipas, y después de la pelea espérate tú.
—Hola, capullo —me dice mientras me da un abrazo.
—¿Cómo lo llevas ?
—Bueno, vamos a hacerlo, vamos a por la pasta y punto.
—Gracias, tío. Te debo una por esto.
—Déjate de mamonadas, Nico, vamos anda.
Nos dirigimos hacia la zona donde tiene que boxear Hugo. En el fondo a la derecha vemos una figura rodeada de varios tíos. No me cabe duda de quién es: Davo. Busca a Hugo con la mirada y le hace un gesto con la cabeza.
Torres entra todo lleno de chulería, qué asco me da ese mamón. Todos sabemos que si Hugo quiere no le puede ni rozar, ni siquiera entiendo cómo puede aceptar otra pelea contra él.
Y sin embargo ahí está, moviéndose por el pequeño cuadrilátero improvisado como si hubiera ganado algo ya.
Salta, mueve los hombros, mira al público con esa sonrisita de mierda.
La primera vez que se pelearon Hugo lo tumbó en el segundo asalto sin ni sudar.
Torres sabe perfectamente lo que le pasó.
Pero está aquí, y supongo que él también sabe lo que va a pasar esta noche, aunque por razones distintas.
Hugo no salta. No hace ningún espectáculo.
Se quita la camiseta, se venda los nudillos despacio y mira al frente con una expresión que conozco demasiado bien: mandíbula apretada, ojos fijos en un punto que no es Torres, que no es nadie.
Es la cara que pone cuando está conteniendo algo que preferiría no contener.
Yo no puedo mirarlo directamente.
Suena algo que hace las veces de campana y Torres sale disparado, que el tío tiene ganas de revancha, eso sí hay que reconocérselo.
Lanza un par de jabs que Hugo esquiva sin moverse casi del sitio, solo girando el tronco, con esa tranquilidad que me pone los pelos de punta cuando lo veo en una pelea normal.
Torres lo intenta por el lado izquierdo.
Hugo lo lee antes de que lo ejecute, da un paso atrás, y por un momento, solo un momento, le veo la mano derecha cargarse. La tiene ahí. Lista.
No la suelta.
La gente a mi alrededor empieza a murmurar. Alguien dice que Hugo está lento esta noche. Otro que Torres ha mejorado. Me dan ganas de reírme o de vomitar, no sé cuál de las dos.
Torres lanza una combinación al cuerpo que Hugo encaja sin inmutarse, pero no responde. Le deja el espacio libre. Torres aprovecha y lanza un directo que roza la ceja de Hugo, y escucho el sonido, ese sonido seco de puño contra piel, y se me revuelve el estómago.
Hugo da dos pasos atrás. Se toca la ceja con el dorso de la mano. Mira la pequeña mancha roja.
Me mira a mí.
Solo un segundo. Solo uno. Pero me destroza entero.
No hay rabia en esa mirada. O sí la hay, pero no es rabia hacia mí. Es otra cosa. Es Hugo diciéndome que lo está haciendo, que está ahí, que va a aguantar. Y que cuesta. Joder que cuesta.
El segundo asalto es peor porque Torres ya se lo cree.
Ahí está el problema, que el cerebro humano es gilipollas y en cuanto le das una victoria empieza a escribir una historia.
Torres presiona más, mueve los pies con más confianza, busca el cuerpo de Hugo con una insistencia que antes no tenía.
Y Hugo se lo permite. Va cediendo terreno despacio, lo justo para que parezca que está siendo superado, dejando que el marcador invisible de la gente vaya sumando puntos al lado equivocado.
Pero yo lo veo. Dios, lo veo todo.
Veo cómo Hugo coloca el pie derecho cada vez que Torres va a lanzar, anulando el ángulo antes de que exista.
Veo cómo absorbe los golpes con la parte del antebrazo que duele menos.
Veo cómo cuando Torres se sobre extiende en un derechazo Hugo podría contratacar, tiene el hueco perfecto, la distancia exacta, y en cambio se limita a cubrirse y retroceder un paso.
Es la pelea más controlada que he visto en mi vida. Y la más triste.
Torres lanza una combinación al final del asalto, cuerpo-cuerpo-cabeza, y el último derechazo corto conecta. Hugo gira la cabeza con el golpe, pero no del todo, lo suficiente para que duela, no tanto como para que sea una caída. Se tambalea un poco. La gente grita.
Tengo que mirar hacia otro lado.
El tercer asalto, Hugo tarda en salir. No mucho, lo suficiente para que el ambiente cambie. Torres lo nota, da saltitos, le señala. Hugo sale despacio, los hombros un poco caídos, la guardia más baja de lo normal. Perfecta actuación. Me duele físicamente verlo.
Torres mete tres golpes seguidos que Hugo encaja, y en el tercero hace lo que tiene que hacer: cede las rodillas, apoya una mano en el suelo, se levanta al conteo de cuatro.
No está caído porque Torres le haya ganado. Está caído porque ha decidido estarlo.
La diferencia lo es todo, y solo yo sé que existe .
Torres celebra como si hubiera derrotado a alguien de verdad. Levanta los brazos, pasea por el cuadrilátero, mira al público. Me da casi lástima.
Hugo se acerca. Tiene el labio partido y la ceja hinchada. Lo miro y no sé qué coño decirle.
—Tío... —es lo único que me sale.
—No me digas nada —me corta.
No lo digo. Me quedo a su lado mientras recoge la camiseta del suelo y se la pasa por la cara. Hay deudas que no se saldan con dinero. Y le acabo de pedir a mi mejor amigo que haga la cosa que más odia en el mundo.
Torres pasa cerca de nosotros sin mirarnos siquiera.
—Buena pelea, tío —le dice a Hugo.
Hugo no lo mira. No dice nada. Solo aprieta la mandíbula y espera a que Torres desaparezca.
Después me mira a mí, y en esa mirada está todo lo que no va a decir nunca.
—Vamos con Davo.
No es una pregunta. Lo dice como quien dice vamos a acabar con esto de una vez. Me pone la mano en el hombro apenas un instante, y echamos a andar hacia donde está Davo esperándonos con media sonrisa de lado, con sus dos sombras detrás como siempre.
Creo que Hugo lo mataría ahora mismo si pudiera.
—Buen trabajo, chaval —le dice a Hugo tocándole el hombro.
—No me toques —se lo dice con cara de aviso.
Davo entiende que no debe tocarle mucho los huevos. Se levanta y coge un sobre del cajón.
—Esto es tuyo .
Hugo lo coge y se da la vuelta sin mediar palabra. Bajamos hasta el aparcamiento y una vez allí, coge el sobre y me lo da.
—Toma.
—Ni de coña, Hugo, ya me quedaré el mío la semana que viene.
—Cógelo, Nico, es tuyo. Para la semana me das la mitad del tuyo y ya. Yo no necesito más. Paga lo que debe tu madre, anda.
No le contesto. Solamente me acerco a él y le abrazo.
Hugo es mi puta familia. Y entonces, justo entonces, me odio un poco por lo primero que me viene a la cabeza.
Cómo voy a pensar ni siquiera en follarme a su hermana por mucho que me muera de ganas.