20
marta
Estoy en el coche con Nico, noto su respiración agitada y tensa, me mira de reojo cada vez que piensa que no me doy cuenta.
No puedo creer lo que acaban de ver mis ojos. Reid está aquí. Cuando me pareció verlo en la hamburguesería quería creer que era mentira, pero no, está aquí.
No pude controlar mi cuerpo y cuando lo vi me dio un ataque de pánico, menos mal que estaba Nico aquí. Lo peor no es haberlo visto, es que él también me vio a mí. Vi cómo sus labios se torcían ligeramente cuando me miraba en señal de victoria.
Tengo que irme de Barcelona. Como sea y pronto.
—Nico —digo rompiendo el silencio que está entre nosotros desde el momento en el que salimos del taller.
—Dime.
—Necesito que me ayudes a irme del país.
Me mira con cara de sorpresa .
—¿Qué cojones está pasando, Marta? ¿Se te está yendo la olla o qué?
—Ayúdame por favor, Hugo no puede saberlo.
—No, Marta, ni de coña, no te voy a dejar ir sola a ningún sitio y menos sin decírselo a Hugo.
—Tengo que irme, tú no lo entiendes.
—Pues haz que lo entienda.
—Es demasiado largo.
—Tengo todo el puto día.
Necesito que Nico me ayude, pero no puedo contarle todo porque sé que sería un problema para él. Lo conozco y además dudo que fuera capaz de mentirle a Hugo, por lo menos en algo así.
—¿Vamos a tomar algo? ¿Me lo vas a contar o vas a seguir haciéndote la interesante?
Le miro, pero no le contesto. No quiero hacerlo. No sé cuánto contarle, ni siquiera sé si mentirle. Joder, me siento tan segura cuando estoy con él, que se lo contaría todo. Ahora solo pienso en que no quiero alejarme de su lado.
Sé que le estoy hinchando las pelotas. Si fuera otra persona me habría mandado a la mierda. Nico tiene mucha paciencia, pero no se anda con gilipolleces, a mí tampoco me está gustando no poder decir la verdad.
Al cabo de quince minutos llegamos a una cafetería que me encanta.
Está en el centro, tiene una terraza pequeña con mesas de hierro y unas macetas con flores que no sé cómo sobreviven al invierno de Barcelona.
Hay unos helados de muerte. Nico sabe que es mi preferida y ha venido aquí sin que yo dijera nada .
Ese detalle me hace algo por dentro que prefiero no analizar demasiado, sobre todo ahora.
Nos sentamos en una mesa del lateral. Desde aquí puedo ver a la gente pasar tranquila, algunos leyendo, otros con el portátil, una pareja mayor compartiendo un cruasán sin hablar, de esa forma en que solo hablan las personas que llevan mucho tiempo juntas.
Muchas veces pienso que pasamos al lado de personas que viven sus propias guerras y no nos damos cuenta.
Pedimos dos cafés. El suyo solo, el mío con leche de almendras. Nico se lo sabe de memoria y lo pide sin preguntarme, que no es lo mismo que Jorge pidiendo sin preguntar, y el hecho de que lo compare me dice algo que no quiero escuchar.
Nos quedamos en silencio un momento. Él tiene los codos en la mesa y me mira con paciencia que a veces es peor que si me gritara, porque no me da excusa para defenderme.
—Bueno, vas a empezar a largar, Marta, ¿o voy a tener que descubrirlo yo solo? Porque lo voy a hacer.
—Nico, no pasa nada de verdad.
—Deja de tocarme la polla, por favor —lo dice con cara de cabreo, cada vez más, y no es algo que haga normalmente cuando estamos juntos.
—Conozco al tío de la Panigale.
—Vaya, no me había dado cuenta.
No me lo pongas más difícil, Nico.
—Vivía en Sídney.
—¿Qué? —Eleva las cejas.
—Eso .
—Pero ¿qué coño te pasa con él?, ¿por qué te da miedo? Como te haya hecho algo lo voy a matar.
Me quedo callada. No tengo ni idea de qué más decirle. Tengo mucho miedo.
—Nico, solo necesito que sepas que tengo que irme de aquí. Tengo que irme lejos de él.
—Ni de puta coña. Voy a matar a ese gilipollas.
Le agarro la mano.
—No, ni de coña, es un tío muy peligroso, Nico.
—Tú a mí no me conoces, no me asusta ese payaso. Yo también soy muy peligroso.
—Debería. Nico, júrame que no te vas a acercar a él.
—No te voy a jurar nada porque...
Espero a que termine la frase.
No la termina.
Las palabras se le cortan en algún punto antes de llegar a él, y no sé si es el silencio lo que me empuja o algo que llevaba semanas acumulándose, pero me inclino hacia él. Y lo beso.
Al principio no se mueve. Un segundo, dos, el tiempo suficiente para convencerme de que he cometido el error más grande de mi vida.
Y entonces Nico responde, y todo lo que había construido con tanto cuidado — las distancias, las excusas, la normalidad fingida — se deshace en cuestión de segundos.
Sus labios se mueven contra los míos despacio, como si estuviera tanteando el terreno, y yo abro la boca casi sin darme cuenta.
Nuestras lenguas se encuentran y siento que el ruido de la cafetería desaparece por completo, las voces, el ruido de tazas, todo, hasta que solo quedamos nosotros dos y el calor de ese beso que no debería estar pasando.
Es él quien para.
Se aparta despacio, con los ojos todavía cerrados un segundo más que los míos. Cuando los abre lo encuentro mirándome con una expresión que no es la que esperaba. No es indiferencia. Es algo más parecido al dolor.
—Marta. —Lo dice en voz baja, casi para él—. Hugo es mi hermano.
No dice que no me quiere. No dice que no ha sentido nada. Dice el nombre de mi hermano como si fuera una pared que ninguno de los dos puede atravesar, y tiene razón, y yo lo sé, y aun así me duele igual.
Cojo el vaso que tengo delante solo para tener las manos ocupadas en algún sitio.
—Vale —digo.
Y no añado nada más, porque si abro la boca otra vez no voy a ser capaz de que no se me note.
—Lo mejor es que te lleve a casa.
—Sí.
El camino hasta el coche es totalmente en silencio.
Intento convencerme de que malinterpreté las señales. Que me lo inventé todo. Que la cabeza me jugó una mala pasada porque llevo semanas con él en la mía y en algún momento empecé a ver cosas que no existían.
Pero entonces pienso en el pasillo de la fábrica.
En cómo me dijo que no me moviera y yo no me moví.
En el sofá, cuando bajó la vista a mi boca y yo bajé la vista a la suya y los dos miramos hacia otro lado como si no hubiera pasado.
En el coche de vuelta de la fiesta, cuando iba a decir algo y no lo dijo.
En el taller esta mañana, cuando se le cayó la llave al verme entrar.
No me lo inventé.
Pero da igual lo que pasara o no pasara porque él acaba de decir el nombre de Hugo y eso lo cierra todo. Para él soy la hermana de su mejor amigo. Y yo debería haberlo sabido desde el principio.
He visto las chicas con las que está normalmente. Son como Lisa, guapas, sin complicaciones, sin historias que no quieren contar. Yo soy todo lo contrario de eso.
No hago más que pensar cómo voy a continuar siendo su amiga después del numerito que acabo de hacer. Y justo ahora que Reid ha aparecido aquí.
Un nudo se me forma en la boca del estómago y me cuesta respirar.