19
NICO
Al salir del parque me voy al taller. Hoy libro, pero después de haberle pedido el adelanto a Paco necesito trabajar horas extra para sacar algo más de pasta.
Cuando llego el taller está en ese punto de la mañana en que ya hay trabajo, pero todavía no hay ruido.
Quique está debajo de un Seat León con los pies asomando, Paco habla por teléfono en el despacho con la puerta entreabierta.
Huele a aceite y a café pasado de la cafetera de mierda que nadie ha limpiado en meses.
Me pongo el mono, cojo las herramientas y me meto debajo del Ford Fiesta que quedó pendiente ayer.
Aquí dentro pienso bien. Siempre ha sido así, las manos ocupadas y la cabeza libre. O libre en la medida en que puede estarlo últimamente.
Mientras trabajo pienso en Lisa. Me siento mal por lo que está pasando con ella y es de lo único que no puedo hablar con Hugo, que ya es decir. Ese cabrón siempre sabe qué decirme para tranquilizarme, pero en esto no puedo pedirle consejo.
Lisa no es mi novia. Yo lo sé, ella también lo sabe.
Pero no puedo seguir viéndola cuando lo único que tengo en la cabeza es a otra.
Ayer cuando estaba con ella no dejaba de pensar en Marta.
En las ganas que tenía de que fuera ella.
Me odié bastante por eso, no voy a mentir, Lisa no tiene ninguna culpa de nada y se merece a alguien cuya cabeza esté donde tiene que estar.
Tengo que cortarlo y lo más pronto posible. Esta semana.
Ni idea de cómo, pero tengo que hacerlo.
Cuando estoy cambiando la correa de transmisión al Ford Fiesta que a estas alturas podría hacerlo sin mirar ni siquiera, porque le he visto las intimidades más veces que coños han pasado por mi cara, sin duda alguna, veo al tío de ayer — al que llevaba el casco en el brazo — y otra vez la Panigale.
Así que al final sí que era él. ¿Y qué coño hacía en el polígono con Davo?
Estoy ensimismado mirándole cuando veo las piernas más bonitas que he visto en mi vida entrando por la puerta del taller.
Me quedo quieto un segundo.
Lleva una falda oscura, una camiseta roja y el pelo suelto cayéndole por los hombros como si no hubiera hecho nada para que quedara así y le quedara mejor imposible. Tiene esa cosa de la gente que entra en una habitación y hace que todo lo demás se quede en pausa.
Madre de mi vida, qué espectáculo de mujer .
Y entonces levanta la vista, me ve y sonríe, y yo casi me doy con la llave en la cabeza.
—Hola Nico, venía a traerte esto.
En la mano lleva mi chaqueta. Ni me acordaba de que ayer se la llevó puesta. Al dármela el olor a cerezas vuelve a nublarme la vista.
—Jesús, no tenía tanta prisa. ¿No crees?
—No sé, quería venir a verte.
Venga, ahora que le pasa a esta. Se me cae la puta llave de la mano y casi me doy en el pie.
—¿Qué?
—Joder, Nico, por qué complicas las cosas.
Sí, definitivamente se le ha ido la puta olla.
—Marta, creo que me he perdido.
De repente el tío de la Panigale sale por la puerta del despacho de Paco. Nos mira un segundo — a ella, luego a mí, luego otra vez a ella — con una cara imposible de leer. ¿Está sonriendo? Sigue su camino y se larga.
Marta no se mueve.
La miro. Tiene los ojos clavados en ese tío como si el resto del taller hubiera desaparecido. No es miedo exactamente, es algo más antiguo que el miedo, algo que viene de más adentro. Lo he visto una vez antes, en mi madre, cuando mi padre aparecía sin avisar.
Pone la mano en el capó del coche, buscando algo a lo que agarrarse.
El tío se sube en la Panigale, se pone el casco despacio. Antes de arrancar gira la cabeza y la mira una vez más. Directamente. Como si supiera quién es.
El rugido del motor se aleja por la calle .
Y Marta se queda totalmente paralizada, cada vez más blanca, respirando cada vez más rápido.
Entonces empiezo a atar cabos. Y no me gusta lo que estoy atando.
—Marta —la intento llamar, pero no se mueve.
Sus ojos están muy abiertos, con las pupilas totalmente dilatadas, y está muy pálida.
Joder, qué coño le pasa a esta tía con las motos. ¿O es con esta moto en particular? ¿O con el tío que va con ella?
Antes de que me dé tiempo a nada más veo cómo empieza a tambalearse y se va a desmayar, la agarro del brazo.
—¡Marta, joder! —digo gritando.
Y se cae en mis brazos.
—¡Paco! ¡Quique!
Dios mío, estoy acojonado, no tengo ni puta idea de qué hacer.
Paco sale corriendo del despacho y Quique viene detrás de él.
—¡Qué coño pasa! —dice Paco asustado.
—¡Se acaba de desmayar, no sé qué cojones hacer! ¡Marta, coño! —le digo mientras le doy golpecitos en la cara.
—Tranquilo, Nico, está respirando.
—Ponla con las piernas en alto, traed algo de azúcar para pasarle por los labios —ordena Paco.
Quique se va corriendo a buscar un azucarillo de los que están en la zona de la cafetera. Me está costando respirar, siento que me va a dar algo a mí también, verla así tumbada, inmóvil .
La coloco con las piernas sobre un banquito y cuando le estoy poniendo algo de azúcar suavemente en los labios, veo cómo abre ligeramente los ojos. Y entonces es cuando parece que vuelvo a respirar.
—Ey, pitufa, ¿estás bien?
Tarda un momento en enfocar. Sus ojos van de un lado a otro hasta que me encuentran, y se quedan quietos. Tiene las mejillas mojadas, no sé si de sudor o de lágrimas o de las dos cosas, y sigue temblando, aunque cada vez menos.
—Nico —lo dice en voz muy baja, como si le costara.
Paco y Quique están detrás de mí, pero en este momento no existen. Solo existe ella en el suelo del taller con la cabeza apoyada en mi brazo y yo sin saber qué coño decir ni qué coño hacer más allá de no moverme de aquí.
—No pasa nada. Estás bien. No hay ninguna moto.
Sus ojos se llenan de lágrimas.
—No es eso. No lo entiendes.
Coño, pues no, no lo entiendo. Adivino no soy por ahora.
—¿Qué pasa, Marta? ¿Puedes contármelo?
Separa sus ojos de mí y mira hacia Paco y Quique, no quiere decirme nada delante de ellos.
—Nos vamos a tomar algo para que te suba el azúcar, ¿vale? —le digo para que se quede tranquila.
Ella se pone de pie despacio y veo cómo apoya las manos sobre el capó del coche otra vez. Paco y Quique han vuelto a su trabajo, así que me acerco al despacho.
—Paco, ¿te importa si me largo con ella ahora? Ya tienes la correa terminada, faltan las pastillas de freno .
—Claro, chaval. No hay problema. Es la hermana de Hugo, ¿no?
—Sí.
Niega con la cabeza.
—No es lo que crees.
—Yo no creo nada, Nico. Ya llevo muchos años viendo cosas que no creo.
No discuto con él porque no vale de nada y no me apetece, y además quizás tiene algo de razón. Me quito el mono y me acerco hacia Marta.
No sé qué le pasa, pero mataría a cualquiera que ni siquiera soñase con hacerle soltar una lágrima.