Sin guantes 18
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NICO

Me despierto pensando en Marta. Como casi todos los días últimamente, que ya es decir.

Tengo que descubrir qué coño le pasa con las motos. No es normal que cada vez que ve o escucha una se ponga así. En la hamburguesería algo pasó, y lo voy a averiguar, aunque tarde.

Ayer no pude controlarme cuando la vi mirándome los labios otra puta vez. Solo pensé en cómo comérmela entera. Soy un puto masoca de primera categoría, la hermana de tu mejor amigo, tío, la hermana de tu mejor amigo.

Me quedo un momento tumbado mirando el techo de mi habitación. Son las ocho y media y ya hay luz por las rendijas de la persiana. El piso todavía está en silencio.

Demasiado silencio.

Luego empieza .

Primero una voz, luego otra, luego el golpe sordo de algo cayendo al suelo. Me levanto antes de que mi cabeza termine de procesar lo que está pasando porque el cuerpo ya lo sabe. Lo llevo sabiendo desde los doce años.

Respiro antes de salir de la habitación. No quiero liarla, no quiero partirle la cara a ese pedazo de cabrón, aunque sea lo que quiero hacer. Sé que es mi padre, pero no siento nada por él. Ojalá desapareciera de nuestras vidas de una puta vez.

—¿Qué cojones está pasando? —salgo guiándome por los gritos.

Cuando entro en el salón lo que veo no dista mucho de lo que he visto tantas veces. Y eso es lo más triste de todo, que ya no me sorprende.

El salón huele a tabaco y a algo rancio que no sé identificar. La mesita del centro tiene un vaso volcado y hay papeles por el suelo. Mi madre está arrodillada cerca del sofá, con el pelo suelto tapándole la cara, llorando a los pies de ese cabrón para que no se lleve el poco dinero que tiene.

El dinero que le di yo ayer. El adelanto que le pedí a Paco.

Mi padre está de pie en medio del salón con el sobre en la mano.

Lleva la misma ropa que la última vez que lo vi, que ya dice bastante de dónde ha estado estos días, desde luego no en casa.

Tiene los ojos inyectados y esa expresión de cuando ha perdido y busca a quien echarle la culpa o más pasta para seguir gastando.

—Vaya, el príncipe nos honra con su presencia —dice .

Ahora mismo la ira se está multiplicando en mi interior y solo pienso en partirle esa cara de payaso que tiene.

Mi padre es un hombre alto, casi tanto como yo, pero no tiene mi complexión física ni por asomo.

Hace tiempo que no llegamos a las manos, la última vez fue cuando me encontré a mi madre tirada en el suelo con el ojo totalmente negro.

Y puedo asegurar que no le duré ni dos minutos.

Pero no quiero pelearme con él hoy, por alguna extraña razón que me cuesta comprender mi madre lo quiere, y si me peleo con él acaba poniéndose de su lado.

El síndrome de Estocolmo da miedo de cojones.

Le miro a las manos y le veo el sobre con el adelanto que me dio Paco.

Esto sí que no. Ni de puta coña.

Me acerco e intento agarrar el sobre.

—Dame eso. Es mío.

—Vives en mi casa, comes mi comida, respiras porque yo te lo permito, chaval.

Me río para mí, sé que no debería, pero lo hago. Puñetazo directamente en la nariz, rápido y con fuerza, lo justo para que se tire al suelo del dolor. Eso lo aprendí en la puta calle. De donde soy.

—¡Hijo de puta! —grita mientras se tira al suelo agarrándose la nariz con las dos manos.

Le quito el sobre de la mano. Cuando voy a acercarme a mi madre veo que corre hacia él.

—Mamá, vámonos.

—Estás loco, Nico, le has roto la nariz. —Lo dice abrazándose a él .

Este tío gasta todo su dinero, se acuesta con quien puede y aun así ahí sigue ella. El puto mundo al revés.

—Mamá, no podemos conseguir más dinero. Tenemos que pagar el alquiler.

Pero ella no me hace caso, no quiere atender a razones hoy, así que prefiero irme. Voy a la cocina, cojo un paquete de guisantes y se lo tiro a mi madre.

—No le he roto nada. Que se lo ponga un rato.

Me largo y voy a pagar el alquiler. No sé en qué momento pensé que esta mujer sería lo bastante responsable, pero no podemos jugárnosla así.

Cuando estoy saliendo del banco me llega un mensaje de Hugo.

Hugo: ¿Nos vemos a las doce en el Parc Fluvial del Besòs?

Nico: Ok.

**********

El Parc Fluvial del Besòs a mediodía tiene esa cosa rara de los parques de ciudad — gente paseando perros, algún corredor, las gaviotas sobrevolando el río desde la desembocadura.

No es el sitio más bonito del mundo, pero tiene algo que me gusta, quizás porque es de los pocos sitios de Barcelona donde puedes mirar al horizonte sin que un edificio te lo tape.

Hugo está sentado en un banco con los codos en las rodillas y la vista en el suelo. No parece muy tranquilo. Yo tampoco lo estoy, no ha pasado ni toda la mañana y ya está siendo un día de mierda.

Se levanta cuando me ve llegar y me da un abrazo antes de que yo diga nada. A veces Hugo hace eso, te da lo que necesitas antes de que se lo pidas. Es una de las cosas que hacen que sea el mejor tío que conozco.

—¿Mal día? —me dice con media sonrisa cuando nos separamos.

—Puf… Mi padre otra vez.

—¿Tenemos que ir a hablar con él?

Cuando vino de Australia un día me vio corriendo detrás de mi padre para cogerle el dinero que le había quitado a mi madre, y se enfrentó a él.

Hasta ese momento yo nunca lo había hecho, le tenía miedo.

Mi padre es un ludópata hijo de puta que nunca me ha pegado, pero es una persona a la que siempre le he tenido miedo.

Es triste, pero es así, no tengo ningún sentimiento de cariño hacia él, solo miedo.

—No hace falta. Le quité la pasta.

Me pone el puño para que choque con él.

—¿En qué quedaste con Davo?

—Una pelea amañada por semana, una tú, una yo. Nos da seis mil limpios por perder. —Lo dice con la cabeza baja—. No me apetece un cojón esto, Nico. No quiero perder.

—Hugo, no lo hagas. Lo haré yo solo .

—¿Cuántas veces necesitas que te diga que si tú necesitas la pasta yo también? Eres mi puto hermano, Nico, joder. Estoy contigo a muerte.

Y sé que lo dice de corazón. Él no necesita el dinero.

—Gracias, tío. ¿Cuándo empezamos?

—Empiezo yo el sábado, contra el imbécil de Torres otra puta vez.

Lo dice con la cabeza baja. Hugo odia perder, no le he visto hacerlo muchas veces, y lo hace por mí. ¿Y yo cómo se lo agradezco? Queriendo follarme a su hermana. Lo mío es de traca.

—¿Y yo?

—La semana siguiente, el simpático de Mateo.

—¿Qué bien? ¿No los había mejores?

—Se ve que no. Por cierto, ¿qué tal Marta ayer?

—No sé qué le pasó, pero no quiso contármelo. No parecía muy contenta.

—Como ese gilipollas le haya hecho algo...

—Creo que él no ha sido.

—Eso espero.

Debería ir a darles una lección a las pijas esas.