17
MARTA
No puedo creerlo, parece que los segundos no corren en el reloj y que el mundo acaba de pararse.
Noto cómo mi respiración empieza cada vez a hacerse más y más rápida, como si no fuera capaz de llenar los pulmones por más aire que coja por la nariz.
Intento hacerlo por la boca, pero sigue sin ser efectivo.
Siento que el aire cada vez es más pesado.
No puede estar aquí, tengo que estar viendo visiones, no puede haber venido hasta aquí. Él no. Es imposible.
Nico se da cuenta de que me pasa algo, me agarra del brazo y mira hacia la dirección que yo estoy mirando, pero él ya no está. Oigo el ruido de una moto.
—Marta, ¿qué coño te pasa?
—Nada.
—Como que nada, estás pálida, tía. ¿Es otro ataque de ansiedad? ¿Necesitas algo ?
Ha tenido que ser una alucinación. Hay muchos tíos parecidos a él. Últimamente me estoy volviendo loca yo sola.
Intento volver a Nico. Me fijo en su labio partido, en la sangre seca en la comisura, y no sé cómo no me había dado cuenta antes.
—¿No deberías ir a darte unos puntos?
—No es nada, pitufa.
Me quedo mirándolo un segundo de más. No es que lo haga aposta, es que no puedo evitarlo.
—Pero deja de mirármelos, Marta —dice en voz más baja— porque me estás provocando.
El tiempo se para.
Lo miro a los ojos. Él me sostiene la mirada sin apartarla. No sonríe, no lo dice como una broma. Lo dice como alguien que acaba de decir en voz alta algo que llevaba tiempo callando y que ahora no puede desdecir.
Mi corazón hace algo raro.
—¿Qué dices?
—Nada. —Aparta los ojos—. Olvídalo.
Pero no puedo olvidarlo. Y por la forma en que tiene la mandíbula apretada ahora mismo, él tampoco.
La sensación en la mesa ha cambiado desde estas últimas palabras y parece que se puede cortar la tensión con un cuchillo.
—Te llevo a casa.
Volvemos a recorrer las calles que antes me dieron miedo y que ahora me dan todavía más, solo de pensar que él pudiera estar aquí. Pero eso no puede ser. Él vive en Sídney .
En el coche, de camino, seguimos en silencio, pero esta vez el silencio vuelve a ser tranquilo, del que tenemos siempre uno con el otro, de los silencios cómodos que te dejan pensar en tus cosas pero que sabes que la otra persona está ahí.
Cuando llegamos a la puerta. Nico me mira.
—Sal por la ventana cuando subas.
—Nico, por Dios, que me va a pasar.
—Hazlo.
Me bajo y subo las escaleras con un escalofrío. Nico no sabe nada, pero ahora mismo es la vez que más necesito que se asegure de que llego bien.
Cuando llego a la puerta de casa abro corriendo, mirando a mi espalda, como si alguien me estuviera observando.
Marta, todo está bien, tranquila.
Enciendo todas las luces. El salón, la cocina, el pasillo.
Cada habitación una a una, empujando la puerta antes de entrar, mirando los rincones.
El armario de Hugo entreabierto, la silla del escritorio con la ropa encima, el baño con la persiana bajada.
Todo igual que siempre. Todo exactamente igual que esta mañana.
No hay nadie.
Lo sé. Lo sé y aun así necesito verlo con mis propios ojos antes de poder respirar.
Una vez me parece que todo está en orden voy hacia la ventana y le digo adiós a Nico con la mano. Veo cómo sonríe por la ventanilla del coche y arranca.
Se está yendo y ya le echo de menos, por un minuto pienso en llamarle y decirle que venga, pero no lo hago .
Cuando me meto en la cama escucho el sonido de una moto.
Mi cuerpo tiembla sin que yo pueda controlarlo, se me eriza toda la piel y mi corazón va rápido como si lo persiguieran mil lobos hambrientos.
Pero yo estoy en la cama, con mi peluche de oso, y no me va a pasar nada.
Me lo repito como un mantra, porque no quiero que me dé un ataque de ansiedad.
No me va a pasar nada.
**********
Me despierto con el sonido del despertador y algo me sobresalta, pero me doy cuenta de que estoy en casa y parece que puedo estar tranquila otra vez.
Voy a la habitación de Hugo a ver si ya ha llegado, aunque creo que dijo que dormía en casa de esa tía, Rebeca o Raquel, no me acuerdo bien.
Desayuno algo rápido y me voy para la oficina.
Hoy me toca trabajar toda la mañana y por lo tanto no puedo ir a clase.
En la uni están al tanto de la situación y los profesores no me lo tienen en cuenta.
Pero eso hace que toda esa banda de pijos insufribles piensen que soy una don nadie que tiene que currar para estudiar. Si ellas supieran…
Una vez en la oficina me cruzo un par de veces con Rafa, el tío que Nico y Hugo llaman Gusano. De verdad que menudo nombre le ponen a la gente esos dos. No puedo hacer otra cosa que sonreír cuando pienso en ellos .
Cuando es media mañana y estoy a punto de bajar a tomarme un café, un rostro conocido se asoma por la puerta. Es Jorge.
—Hola, ¿tienes algún hueco para hablar? —me suelta así de golpe.
—Iba a tomar un café, si te quieres venir.
—Claro —me contesta.
Bajamos en el ascensor casi en silencio. No me apetece hablar con él, no después de las largas que le di ayer y de lo que me hicieron las estúpidas de sus amigas. Aunque si soy sincera, tampoco le conté lo que pasó.
La cafetería del edificio es pequeña y siempre huele a café y a bollería industrial.
Hay dos señoras mayores en una mesa y un par de compañeros del departamento de contabilidad que ni nos miran.
Jorge pide dos cafés sin preguntarme cómo lo quiero, que es algo pequeño pero que siempre me molesta un poco.
Me agarra la mano encima de la mesa.
—Marta, joder, ¿cómo no me dijiste lo que te hicieron? Te hubiera ayudado.
—Da igual.
—Lucas me dijo que lo vio todo.
—Déjalo, da lo mismo.
—No lo da, son unas gilipollas. No deberías hacerles caso.
—No me importan en absoluto.
—Me dijo que te fuiste con un tío. Sé que no somos nada serio, pero me gustas, solo quiero saber… ¿tienes novio?
—Es el mejor amigo de mi hermano. No es un tío .
Veo que relaja la mirada y la tensión de sus hombros se disipa en parte. Aunque si él supiera la verdad quizás no estaría tan tranquilo.
—Si te apetece podemos vernos después, te puedo venir a recoger.
Lo miro un momento. Jorge es guapo, es amable y no me complica la vida. Es exactamente el tipo de tío con el que debería estar. El problema es que su mano no me hace olvidar cómo respirar. No como me pasa con otra persona, con la que no debería.
—Vale.
Le digo que sí porque necesito dejar de pensar en Nico de una puta vez, si sigo así me voy a volver loca. Jorge está aquí y es real y es posible y lo otro no lo es.
—Perfecto, nena —me dice, y me da un beso en los labios, dulce y tranquilo.
Y yo dejo que me lo dé y no siento nada y eso tendría que ser un problema, pero ahora mismo es un alivio. Al menos con Jorge sé dónde estoy.