16
marta
Al ver aparecer a Nico en la fiesta solo quería tirarme a sus brazos. Esas zorras estúpidas consiguieron lo que querían de mí. Desestabilizarme. Hacerme sentir pequeña en un sitio donde ya me sentía pequeña de por sí.
Lo que más rabia me da es que quizás yo antes era como ellas.
No exactamente como ellas, pero lo suficiente.
En Sídney tenía dinero, una casa enorme y perfecta, tenía un colegio donde todos me respetaban.
Y yo no lo valoraba porque era lo único que conocía.
No pensaba en lo que le costaba a otra gente tener las cosas que a mí me caían del cielo.
Desde que conozco a Nico eso cambió. Él tiene una vida muy distinta a la que tuvimos Hugo y yo de pequeños, y nunca se queja, nunca pide nada, nunca hace que te sientas mal por lo que tienes. Creo que yo me he quejado más en un año de lo que él se ha quejado en toda su vida .
Sé que si le hubiera dicho lo que me hicieron esas tías les hubiera plantado cara sin pensárselo dos veces. Porque él siempre hace eso, defiende a la gente que quiere. Y eso me hace sentir segura. Me hace sentir en casa.
De repente veo en el manos libres que Hugo está llamando y antes de que le dé tiempo a coger el teléfono lo miro y suelto:
—No le cuentes nada, por favor, Nico, dile que estaba cansada.
No quiero que Hugo se preocupe, sé que Nico no quiere mentirle, pero no necesito más preguntas por hoy, ni que nadie más se quiera partir la cara por mí.
—No te preocupes —me dice.
Y entonces le coge el teléfono.
—Dime.
—¿Estás ya con Marta?
—Sí.
—¿Qué le pasaba? ¿Está bien?
—Sí, tío, solo estaba cansada.
—Vale. Mañana hablamos. Voy a dormir a casa de Raquel, ¿avisas a Marta?
—Te está oyendo.
—¿Estás bien, enana?
No me preguntes esas cosas, Hugo, joder, voy a llorar, pero no lo hago.
—Estoy bien, mañana hablamos, te quiero.
—¡Te quiero, enana!
Hugo cuelga y las lágrimas se acumulan en mis ojos.
No quiero llorar y menos por esto, tampoco es que me llegara a pasar nada.
Me siento tan culpable por haber hecho sentir así a gente alguna vez en mi vida.
No es que yo haya sido una zorra de ese calibre, pero me sentía bien en mi trono de cristal y no les daba importancia a los problemas de los demás, y en ese proceso he tratado de menos a mucha gente, a demasiada.
Noto cómo Nico me mira.
—¿Quieres que vayamos a comer algo?
—¿Pero tú ves la hora que es?
—¿Hamburguesa?
Asiento con la cabeza, pero ni siquiera lo miro.
Salimos a la calle y el frío de febrero me golpea en los hombros. Sigo con su chaqueta encima, huele a él, a ese olor suyo que ya reconocería en cualquier sitio, y que me embriaga de una manera que da miedo.
Caminamos en silencio un rato. No es un silencio incómodo, nunca lo es con él. Es de esos silencios donde no hace falta decir nada porque la otra persona ya sabe dónde estás.
Llegamos a un callejón de mala muerte en una calle cerca de la casa de Nico, es un sitio tenebroso, de esos a los que no te acercarías en la puta vida sola a estas horas de la noche.
Si no fuera con él iría temblando, agarrando el bolso con una mano y con las llaves en la otra, pero a su lado todo parece seguro.
Camina tan tranquilo que a veces me da hasta impresión. Siempre me ha llamado la atención en él esa seguridad, aunque si lo pienso bien, cuando vives esto cada día quizás no le das la importancia que los demás vemos desde fuera .
Hay un momento en el que de frente viene un grupo de chicos, me pone tensa y él lo nota y me da la mano. Ese simple gesto hace que me sienta totalmente segura.
Llegamos a un bajo pequeño, oscuro, mesas bajas, de esas a las que van los señores a jugar a las cartas por la tarde, pero ahora mismo parece otra cosa.
La gente que está dentro tiene pinta de venir de salir de fiesta y estar más colocados que poco, es la típica hamburguesería a la que se va después de los afters .
Nos sentamos en una mesa que está al final del local, Nico se acerca a la barra y pide dos hamburguesas con patatas para los dos.
Cuando está pidiendo me mira y me sonríe, y hace que todo lo mal que me llevaba sintiendo todo el día se vaya a la mierda.
Mientras comemos hablamos de cosas superfluas, de las que hablamos siempre.
De cómo van las cosas en el taller, de las ganas que tengo de terminar el curso y empezar las prácticas con los niños, de mi trabajo en la oficina.
En algún momento me hace reír con algo que le pasó hoy con un cliente y me doy cuenta de que llevaba horas sin reírme de verdad y en cambio con él me resulta tan fácil que da miedo.
Así es con él. Sin darte cuenta todo funciona.
Me siento tan cómoda con Nico como con pocas personas en el mundo.
Quizás con Hugo, quizás con mi madre, y con Tara antes de que todo se fuera al traste.
Echo de menos a Tara a veces. Era mi única amiga de verdad en Sídney y al final la cagué, aunque eso es una historia larga que no me apetece recordar esta noche .
Hay algo en cómo me mira esta noche que es diferente. O quizás soy yo que lo miro diferente a él, pero ya no sé distinguir las dos cosas.
No me resulta indiferente cómo lo miran las chicas que pasan por nuestro lado. Siempre lo hacen, pero ahora me resulta molesto. Como si fuera mío. O quizás porque no lo es y me encantaría que lo fuera.
Nico está tranquilo, sé que quiere que le cuente lo que pasó en la fiesta, pero no pregunta. Me parece raro que no me haya soltado alguna coña. Así que rompo el hielo.
—Nico, no fue ningún tío.
Veo cómo respira más tranquilo. No quería hablar del tema, pero sé que estaba nervioso pensando sabe dios qué cosas.
—Entonces ¿qué fueron, esas estúpidas?
—No me soportan. Pero no sé por qué.
—Te tienen envidia. Deberías pasar de ellas.
—Lo intento —murmuro con resignación.
—No les hagas ni puto caso. Tú eres perfecta, enana.
Sonrío porque consigue esto en mí. Sin esfuerzo, sin pretenderlo. Solo lo dice y ya está.
Sin darme ni cuenta empiezo a notar un olor que no me trae muy buenos recuerdos, mi cerebro me transporta adonde no quiero volver.
Tengo que estar loca porque eso es imposible, intento concentrarme en Nico, en cómo elige las patatas para comerse las que están más tostadas primero. Pero ese olor no se va y levanto la vista .
Veo un hombre con una cazadora de cuero negra y unos vaqueros oscuros. No puede ser verdad. Subo a la cara y me quedo totalmente paralizada.
Es él.