Sin guantes 15
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NIC O

Cuando subimos por las escaleras que dan a las oficinas, por llamarle de alguna manera, uno de los gorilas de Davo nos para en seco.

—Tu jefe quiere vernos —le dice Hugo.

—No tengo tales noticias.

Hugo mira hacia abajo y sé que las cosas se van a poner feas como no nos dejen pasar. Sinceramente yo también tengo ganas de darle un par de hostias a ese payaso.

Antes de que la cosa se caliente veo que Gusano sale de detrás.

—De… déjalos pasar.

Ese gallina tiembla solo de vernos. Hugo y yo nos miramos.

Cuando entramos como siempre hay tres o cuatro tías. La que está sentada sobre sus piernas nos mira con lascivia. Aunque para mí una tía que le chupa la polla a ese tío conmigo tiene cero posibilidades. Pocas cosas tengo tan claras en esta vida .

—Bueno chicos habéis decidido dejaros de gilipolleces.

Lo dice sin levantarse del sillón. Con esa tranquilidad suya que es más calculada que real.

Este imbécil no sabe lo que hace. O sí lo sabe y por eso es más peligroso.

—No me gustan tus mamonadas, Davo —dice Hugo—. Necesitamos pasta y estamos de acuerdo en pelear para ti. Pero dos peleas. Ni una más ni una menos.

—Muy bien. —Se pasa la lengua por el labio—. ¿Y qué más?

—Tenemos una regla.

—Si empezamos así, chicos, mal vamos.

Hugo no se mueve. No parpadea. Cuando Hugo quiere que alguien se sienta pequeño no hace falta que diga nada, solo tiene que quedarse quieto y dejar que el silencio haga el trabajo.

—Nunca peleamos el uno contra el otro. Eso no está sobre la mesa, ni ahora ni nunca.

Davo nos mira a los dos. Hace el cálculo que hace siempre — cuánto vale lo que tiene enfrente, cuánto le cuesta perderlo. Sonríe.

—Qué bonito, chicos. Qué romántico.

Si no necesitara la pasta este gilipollas estaría con la cabeza debajo de mi pie. Sobre todo, después de lo de Marta. Mamón.

—Deja de tocarnos la polla —le digo—. Sabes de sobra que podríamos con todos tus matones en menos de diez minutos .

Se ríe. Parece que lo hace desde la tranquilidad. Pero no. A mí no me engaña. Sabe que es verdad lo que digo y esa risa es más de miedo que de otra cosa.

—¿Qué coño queréis?

—Ya te lo hemos dicho —dice Hugo—. Dos peleas. Nuestras condiciones. Y nos dejas en paz.

De repente suena el móvil de Hugo. Es Marta, algo le tiene que pasar para llamar a Hugo a estas horas. Me entra algo por dentro que me dice que salga corriendo, pero antes de decir nada, Hugo me pregunta.

—¿Puedes ir a buscar a Marta? Me quedo yo con Davo para ultimar los detalles.

Es mejor. Hugo es más paciente para esta mierda y sabe más que yo. Además, prefiero ir yo a buscarla, necesito verla y saber que está bien.

Le doy un abrazo y hago un gesto con la cabeza al gilipollas de Davo.

Cuando estoy saliendo me cruzo con un tío que no conozco. Tiene pinta chunga, lleva un casco de moto enganchado en el brazo y pinta de no ser de aquí. No sé por qué se me viene la Panigale a la cabeza. Pero sigo.

Bajo corriendo las escaleras. Veo a Lisa a lo lejos hablando con unas chicas. Debería saludarla, joder, me he acostado con ella hace ni unas horas, pero no me apetece nada y me largo intentando que no me vea.

Muy bien, campeón, todo un valiente.

Al llegar al coche no puedo pensar en otra puta cosa que seguir la ubicación de Marta. Vi la cara que puso Hugo, sé que no quería que Davo se diera cuenta y por eso me mandó a mí y no dijo nada más. Algo debió notar raro. Lo conozco como la puta palma de mi mano.

Ya llevo conduciendo más de media hora. Cuando el GPS dice que estoy llegando lo veo, es una urbanización de pijos estúpidos, no hace falta saber mucho más que ver todos esos Audis y BMWs en la puerta.

Qué asco me da este mundo. Esta banda de chavales no se ha currado absolutamente nada en su vida y andan de paseo en los coches que sus papás les pagan, estudian en universidades para follarse chavalas que piensan que son lo que no son y después los meten en su empresa o en la de uno de sus colegas.

Y luego estamos los pringados como yo, los que tenemos a un ludópata de padre.

Qué asco de vida, joder.

Aparco justo delante y bajo corriendo. Los niños estos vestidos con sus camisitas de Ralph Lauren me miran como si les fuera a robar la cartera. Más les gustaría a ellos, por ahora no he tenido que robar en mi vida y así seguirá siendo.

Estoy buscando a Marta y unas tías me paran y se me ponen a hablar.

No escucho apenas nada de lo que me dicen porque la música no me deja escuchar y mi cabeza solo piensa en encontrar esos rizos.

Y entonces la veo al final del porche, está agarrándose a sí misma como abrazándose y la veo temblar.

Dejo a las tías sin despedirme y me acerco a ella lo más rápido que puedo.

—Marta.

Se da la vuelta nada más escucharme y viene a mis brazos .

Su cara no tiene nada que ver con la que vi esta tarde. Ha estado llorando porque tiene todo el maquillaje corrido y parece muy nerviosa.

—Me han roto el top, Nico.

¿Alguien le ha hecho qué?

—¿Cómo? ¿Un tío te ha roto la camiseta? ¿Quién coño ha sido? Que le voy a partir la cara ahora mismo.

Pero ella me abraza más fuerte.

—No, porfa, Nico. Llévame a casa. Ahora.

Suspiro porque en este momento estaría dispuesto a matar a hostias al hijo de puta que haya tenido tan solo la idea de tocarla. Niñatos de mierda.

Pero a pesar de que la ira que siento me está comiendo por dentro hago lo que me pide. Me quito la chaqueta y se la pongo sobre los hombros. Ella se la pone, se abrocha y me agarra de la mano.

Y cuando lo hace, joder cuando lo hace. Mi cuerpo responde a ella, cada vez me resulta más insoportable. Tener su mano agarrada a la mía hace que me olvide hasta de cómo me llamo.

Pasamos entre la gente. Las tías que antes me hablaron nos miran de una forma extraña. No me gusta nada cómo lo hacen.

Una vez en el coche ella se sienta en el asiento del copiloto y dobla las piernas sobre el asiento como si fuera un ovillo. Como si tuviera miedo. Y no soporto verla así. No a ella. No a mi peleona preferida.

Arranco sin decir nada. Dejo que pase un minuto, dos…pero no llego al tres.

—¿No vas a contarme qué coño ha pasado ?

—Hoy no.

—Marta, puedes contarme cualquier cosa. Dime que no te han hecho nada más. Porque doy la vuelta y los mato a todos. Te lo juro.

—Solo ha sido lo que te he dicho. Te lo juro, Nico.

Lo dice mientras me mira a los ojos. Y entonces baja la vista a mis labios. Solo un segundo. El mismo segundo de antes, el del sofá, el del pasillo de la fábrica. Ese segundo que se repite y que cada vez me cuesta más ignorar.

¿O es lo que quiero ver? Me estoy volviendo puto loco.

Las luces de la ciudad pasan por encima del coche y ella sigue hecha un ovillo en su asiento con mi chaqueta encima y yo llevo dos minutos buscando las palabras para decir algo que no sé si debo decir.

Abro la boca.

Suena el manos libres.

Hugo.