13
NICO
Tengo que admitir que cuando vi a Marta al entrar con ese vestido en la mano me entró una cosa por la garganta que no sé explicar.
Jamás he sido posesivo, ni siquiera con mis novias, pero con ella se me despierta algo que no soy capaz de controlar.
No quiero que nadie la vea, no quiero que nadie la toque y de verdad que ese no es mi rollo para nada.
Sobre todo, porque yo y ella no somos nada, quizás como mucho hermanos.
Joder, qué mal suena de repente esa puta palabra.
Me quedo un segundo parado en la entrada con esa cosa rara en el pecho que no sé cómo llamar. El vestido negro en sus manos, ella con esa cara, y yo aquí sintiéndome como un idiota por algo que ni siquiera ha pasado.
Antes de que me dé tiempo a pensar dos veces lo que digo ella se mete corriendo en la habitación y Hugo entra por la puerta.
—Coño, fuiste bien rápido .
—Ya bueno, creo que tengo que dejar de quedar con ella.
Hugo me toca en el hombro y sonríe.
—Nico, tío, es un lío, deberías relajarte un poco.
—No soy así, Hugo.
—Sé cómo quieras, tío. Pero no puedes comportarte como si fuera tu novia si no lo es.
—Vale.
Me ha tocado la polla, ahora este diciéndome lo que tengo que hacer. Que arregle su puta vida, que tiene bastante donde rascar.
Hugo se toca el pelo y veo cómo se cabrea porque no entiende mi forma de ver las relaciones, pero nos conocemos y en vez de discutir nos ignoramos mutuamente.
Él le deja las cosas en la cocina a Marta y se despide de ella con un «Avísame cuando llegues» a través de la puerta.
Sé que sigue cabreada, si no saldría a despedirse como hace siempre, tampoco entiendo por qué, no le dije nada del otro mundo.
Mientras vamos en mi coche no dejo de darle vueltas a todo lo que me está pasando con Marta porque ni yo mismo me entiendo. Hugo y yo seguimos sin hablarnos hasta que rompe el silencio.
—Nico, no eres tu padre y nunca lo vas a ser.
—Lo sé.
No decimos nada más, no lo necesitamos.
Tenemos programadas dos peleas para esta noche, una cada uno, y después iremos a hablar con el imbécil de Davo .
Al llegar hay un grupo de tías esperando nuestra atención. De verdad que no es por hablar mal de ellas, pero hoy necesito un poco de espacio.
Dos tías agarran a Hugo que intenta zafarse como buenamente puede, y una morena de pelo corto viene hacia mí. No soporto que me toquen esta noche, estoy hasta las pelotas.
De lejos veo al imbécil de Mateo liándose con una tía rubia bajita. Hoy no he visto a su novia por aquí. Es acojonante cómo se puede ser tan hijo de puta, no me entra en la cabeza. Lo he visto liarse con más tías de las que puedo contar con las dos manos. Qué triste me parece.
—¿Tú también te quieres liar con él o qué? —me dice Hugo mientras sigue mi mirada fijándose en la escena. Ya ha sido capaz de librarse de las dos chavalas.
—Me indigna.
—Déjalo, tío, que haga lo que le salga de la polla.
—Tiene novia.
—Ya bueno, no es nuestro problema, tenemos otros. —Lo dice señalando hacia Mago y Torres, que son los dos gilipollas con los que nos tenemos que pegar hoy.
Asiento con la cabeza y vamos cada uno hacia nuestros rings . Los combates se hacen por orden, primero uno y luego el otro, pero me gusta mirar bien mi ring antes de empezar, familiarizarme con el suelo, con las cuerdas. Hugo me da un abrazo y me agarra la cabeza mientras me mira a los ojos.
—Acaba con ese gilipollas y relaja Nico .
Torres es un tío fuerte, quizás no mucho más que yo, incluso diríamos que tiene menos envergadura.
Es un perro callejero, como yo, pero él no tiene claras las normas de respeto que yo sí tengo.
Es un tío que se dedica a las drogas y a la mala vida, no alguien que te encuentres en un parque a las seis de la tarde.
Me coloco en mi esquina y miro a Hugo.
La gente empieza a arremolinarse alrededor del cuadrilátero improvisado, el barullo que se forma cada vez es mayor, puedo notar las miradas clavadas en mí. Hay momentos así en los que la cabeza se me va totalmente pero entonces miro a Hugo y vuelvo aquí.
Torres lleva dos peleas ganadas esa noche. Lo sé en cuanto entro al espacio despejado en el centro y veo cómo se mueve, esa clase de confianza que solo te da haber roto algo hace media hora. Y una sonrisa que deja claro que ya me ha metido en una caja sin haberme tocado.
Bien. A mí los que llegan convencidos me resultan más fáciles.
Marco, el árbitro, digamos, habla dos segundos desde el lateral — las reglas de siempre, que no hay reglas — y la gente empieza a gritar antes de que termine la frase.
Torres sale hacia mí nada más arrancar. Rápido, sin tantear, lo que me dice que lleva peleando así toda la noche y le había funcionado. Esquivo el primero, el segundo me roza en la sien, y el tercero lo bloqueo con el antebrazo y noto el hueso protestar.
Sin guantes duele diferente. Más seco. Más honesto.
Me muevo hacia atrás lo justo para que piense que le estoy cediendo terreno. A la cuarta vez que intenta cruzarme la cara, giro y le meto el codo en las costillas. No es elegante, pero sí suficiente. Lo escucho soltar el aire y sé que ahí está la grieta.
Las costillas. Bien.
Los siguientes dos minutos son feos, que es la única forma en que sé pelear cuando algo me importa.
Torres es bueno de verdad — rápido para ser grande, y sabe usar los brazos para mantenerme lejos.
Me abre el labio en algún momento. Siento la sangre en la comisura y pienso, mecánicamente, ya me dolerá después.
Pero sigo buscando las costillas.
Cada vez que se abre me meto ahí. No un golpe limpio, no uno que la gente en las apuestas pudiera señalar.
Golpes cortos, acumulativos, el tipo de daño que no ves hasta que el cuerpo ya no puede ignorarlo.
Hugo me enseñó eso hace años, sin querer, en uno de nuestros entrenos en el parque.
Si no puedes ganar de golpe, gana de a poco.
Torres empieza a protegerse el costado izquierdo.
Ahí está.
La siguiente vez que lo veo cubrirse, dejo el lado derecho sin tapar a propósito.
Instinto de pelea: si ves un hueco, lo atacas.
Lo ataca. Muevo la cabeza hacia adentro en vez de esquivar y el puñetazo me pasa por encima de la oreja mientras yo le clavo el codo derecho directo en las costillas que ya le dolían.
Lo escucho en el sonido. Y en el grito ahogado.
Se dobla solo un segundo, pero un segundo es suficiente .
Tres golpes. Mandíbula, plexo solar, mandíbula otra vez. No los recuerdo bien, la verdad, en ese punto ya no soy yo del todo, soy algo más simple y rápido que yo. Torres cae de espaldas y la gente explota.
Me quedo de pie encima del ruido, con el pecho moviéndose demasiado rápido y el labio partido goteando en el suelo de cemento.
Torres sigue en el suelo. Respira, que es lo que importa.
Alguien me agarra el brazo y lo levanta, que es la señal de que esto ha terminado y has ganado y puedes volver a ser una persona normal. No me siento como una persona normal. Me siento como siempre después de pelear: vacío de una forma que se parece mucho al descanso.
Busco a Hugo entre la gente con los ojos. Lo encuentro rápido, como siempre. Me guiña el ojo y se dirige a su ring .
Cuando salgo por las cuerdas la chica de antes se me acerca con un pañuelo.
—Ponte esto en el labio, no sé si necesitarás puntos.
La escucho y agarro el pañuelo porque tengo que cortar la hemorragia.
Busco la camiseta que había dejado en una esquina.
La tía me mira como si quisiera comerme.
Hay que admitir que está buena, no vamos a engañarnos.
Pero paso. Le doy las gracias y me voy corriendo hacia dónde va a empezar la pelea de Hugo.
Cuando lo veo ahí subido tan seguro de sí mismo, siempre me impresiona por más peleas que vea.
Mago es conocido en el circuito. No famoso, conocido, que es distinto. Del tipo de tío que lleva años ganando, y eso en este mundo significa que sabe encajar .
Hugo no tarda en demostrar que eso no es suficiente.
Sale al centro sin calentarse, sin ese ritual que tenemos todos de botar sobre los pies y mover los hombros. Se queda quieto, esperando, con esa calma suya que a mí me pone nervioso y al que tiene enfrente le debería poner más.
Mago intenta leerle. Dos amagues, un paso lateral. Busca ver cómo reacciona.
Hugo no reacciona.
Mago ataca y Hugo se lo quita de encima como quien aparta una silla. Bloquea, gira, y le mete un derechazo en la mandíbula que suena a madera. La cabeza de Mago va hacia un lado. Las rodillas le tiemblan.
Eso es el primero.
Mago aguanta, que hay que reconocérselo. Escupe, se recoloca, y vuelve a entrar. Más desesperado esta vez, más rápido, error.
El segundo llega antes de que yo termine de pensarlo. Directo al hígado, sin aviso, sin telegrafiar nada. Mago se queda doblado en el sitio como si alguien le hubiera cortado los cables, y no levanta la vista del suelo.
La gente tarda un segundo en reaccionar. Ese segundo de silencio raro que pasa cuando algo acaba demasiado pronto.
Luego gritan.
Hugo ya está de espaldas buscando la salida.
Dos golpes. Ni siquiera ha sudado.
Llevamos siendo amigos desde niños y todavía hay momentos en que Hugo me recuerda que en el ring es algo que yo no puedo entender del todo desde fuera. Algo frío y preciso y completamente sin piedad.
Cuando baja se acerca hasta mí.
—Joder, Nico, te ha dejado fino el labio.
—No es nada, tío.
—Ya te dije que hay que mejorar esa defensa ¿Vamos a hablar con ese mamón?
—Sí, vamos. Te has pulido a Mago en dos hostias.
La gente lo mira con respeto. Esto no es un ring de boxeo de verdad, pero hay una jerarquía igual de clara. Todo el mundo sabe contra quién sí y contra quién no.
Hugo se pone la camiseta y me mira.
—¿Vamos?
—Vamos.