Sin guantes 12
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MART A

Cuando he visto a Nico esta mañana semidesnudo en el sofá no podía pensar en otra puta cosa que no fuera tocar todos y cada uno de esos tatuajes y de esos músculos. Para qué engañarme.

Mientras estoy pensando en esos putos abdominales perfectamente dibujados aparece Jorge por el pasillo caminando hacia mí. Con todas las paranoias de estos días ni siquiera me había acordado de él.

Jorge es un tío con el que estuve quedando estas últimas semanas.

Es un chico bien, de los que mi padre consideraría aptos para su pequeña princesa.

Sus ojos azules se ven desde lejos, las chicas lo miran y los chicos lo respetan.

Es guapo, es simpático, tiene una vida ordenada y sin sobresaltos, debería estar encantada con su atención.

Pero cuando lo veo venir hacia mí no siento absolutamente nada.

—Benditos los ojos —me dice cuando llega a mi altura .

Se acerca, pone un brazo sobre mi cintura, me acerca hacia él y me besa. Sus labios son suaves y el beso es correcto y yo me quedo igual que estaba. Como cuando pones música que debería gustarte y simplemente no te llega.

—He estado liada.

—Podrías escribir un mensaje, ¿no crees?

—Podría sí.

No sé qué más decirle, tiene razón, pero he estado ocupada en otras cosas, cosas que no deberían preocuparme, pero lo hacen.

—¿Te apetece venir a una fiesta esta noche? Es en casa de Lucas.

Lo miro. Una fiesta, con gente nueva, ruido, salir de mi cabeza durante unas horas. ¿Me apetece? No, pero tengo que quitarme a ese tío de la cabeza, aunque sea por unas horas.

—Bueno... vale— le respondo con una sonrisa en parte fingida.

—Genial, te recojo en casa a las 22.

Al escucharlo ya me arrepiento de haberle dicho que sí, creo que necesito salir de mi casa y quitarme esta obsesión que me ha entrado con Nico de una santa vez. Una fiesta nunca hace daño y me vendría bien hacer alguna amiga.

A la salida de las clases, me siento en un banco a tomar mi almuerzo y mientras saco las cosas veo grupos de chicas en los otros bancos y siento envidia.

Me gustaría tanto tener amigas con las que hablar, poder contarles las cosas que se me pasan por la cabeza.

Cuando estaba en Sídney no era como aquí, tenía un grupo de amigas, aunque si soy sincera hace tiempo que ya casi ni hablamos.

Estoy ensimismada tomando mi bocata cuando veo que me llama Hugo por teléfono.

—Dime.

—Esta noche no voy a estar, ¿te compro algo para cenar?

—Ehm... yo voy a ir a una fiesta.

—Ah, vale. ¿Y por qué no me lo habías dicho antes?

—Porque no lo sabía.

—Bueno, ¿con quién vas?

Hugo no sabe lo de mi lío con Jorge y tampoco sabe que no tengo ni una sola amiga en Barcelona.

La verdad es que le he mentido un poco y le he dicho que tenía un grupito.

Lo he usado para las veces que quedaba con algún tío y no quería darle explicaciones.

Sé que Hugo jamás me diría nada por quedar con nadie, pero estaría alerta y no quiero que lo haga.

—Voy con las chicas.

—Vale, pásalo bien, pero escríbeme cuando vuelvas a casa si no estoy todavía.

—No soy una niña.

—Ya, muy bien, señora, pero escríbeme.

—Valeee.

Colgamos el teléfono y me pongo a pensar en qué ponerme porque hace un montón que no salgo. Igual debería comprarme algo.

********* *

Al llegar al piso rebusco en mi armario, empiezo a coger las prendas una a una y voy tirándolas sobre la cama. El vestido blanco, demasiado provocativo. El rojo, demasiado corto. El azul, demasiado largo. Joder.

De repente detrás de toda la ropa veo el vestido negro. Ese que tanto me gustaba. El que tanto le gustaba a él.

Me quedo con él en las manos sin moverme.

Mi mente sin darme cuenta vuelve a Sídney. Como siempre. Como cada vez que bajo la guardia.

—Estás preciosa, nena. Pero no me gusta que te miren así.

Lo dice mientras clava sus dedos en mi brazo. Demasiado fuerte. Haciendo que duela de verdad.

—Me estás haciendo daño.

—En eso consiste el amor. En que no te olvides de quién eres.

Me quedo mirando el vestido. La tela negra entre mis dedos. Me pregunto cuánto tiempo llevo parada aquí, si han pasado segundos o minutos, si mi cara refleja algo o si he aprendido a no dejar que se note.

He aprendido a no dejar que se note.

El sonido del timbre me devuelve de golpe a la realidad.

No suelto el vestido, abro la puerta y es Nico .

Al verlo mis pulsaciones se aceleran sin poder controlarlo, mi respiración se vuelve entrecortada como si mi cuerpo se olvidara de cómo se hacía.

—¿Vas a dejarme aquí en la puerta? ¿O tienes a un tío por ahí escondido?

Lo dice mientras mira por encima de mi hombro como si buscara en serio que tuviera a alguien escondido.

—¿Estás loco? ¿Crees que quiero que Hugo mate a los tíos con los que me acuesto?

Se ríe, pero no dice nada.

—Todavía no ha venido— le digo mirando hacia la habitación de Hugo.

—Genial, pensé que llegaba tarde.

Parece que viene de correr una maratón, aunque creo que viene de estar con una tía, probablemente Lisa, lo intuyo antes de que abra la boca.

—¿De dónde vienes?

Por qué coño preguntas, Marta, no es tu puto problema y además no lo quieres saber.

—De casa de Lisa.

No hace falta que sea tan sincero, porque noto cómo una punzada se me clava en el corazón y no tengo derecho a ello.

—¿Qué, vas a una fiesta?

—Sí, con unos amigos.

Me mira un segundo de más. Nico siempre hace eso, mirarte como si te estuviera leyendo por dentro.

—¿Con quién?

—Con gente de la uni .

—Con gente de la uni. —Lo repite, no como pregunta—. Tú no tienes gente de la uni, Marta.

—Gracias, qué amable.

—No es un insulto, es un hecho. Luego siempre andas llorando de que no tienes colegas.

Con Nico siempre he sido sincera, quizás más que con Hugo porque no tengo miedo de que se sienta mal y que me quiera proteger. Querría decirle que iba a ir con un chico, en un caso normal lo haría. Hoy no quiero. O sí. No sé.

—Voy con un tío —digo finalmente.

Algo cruza su cara. Muy rápido, casi nada. Pero lo veo.

—Ah.

—¿Ah?

—Nada, que ah. ¿Dónde es la fiesta?

—En casa de otro chico que se llama Lucas, vive en las afueras, en un chalé en Esplugues.

—Caramba. Sí que te mueves con peña pija. Así de tu tipo.

Le golpeo en el pecho.

—Imbécil.

—Eres la niña pija más adorable que conozco.

—No soy una niña pija.

—Ya. —Me mira con esa sonrisa torcida suya—. Claro que no.

—En serio, Nico.

—Marta. Hay que admitir que eres un poco pija, vuestro padre tiene más corbatas que amigos.

—Eso no me define. ¿Sabes ?

—No te estoy definiendo, te estoy describiendo. —Se encoge de hombros—. Además, tampoco es malo. Eres la única pija que conozco que mola.

Lo miro. Odio que me llamen eso, no hay cosa que soporte menos. Pero cuando lo dice él no suena igual que cuando lo dice el resto. Y eso es casi peor.

Me doy la vuelta y me largo a mi habitación. Cojo el vestido y lo dejo encima de la cama con los demás. Finalmente cojo una falda negra corta y un top blanco que me regaló mamá la última vez que fue de vacaciones a Formentera, la echo de menos.

A ver lo que nos depara la noche.