10
MARTA
Estamos comiendo los tres en la cocina. Hugo ha hecho pasta que está bastante decente para lo que suele, que ya es decir. Nico come con la boca medio llena como siempre, con ese descaro que debería molestarme y no me molesta.
Es una de esas noches normales que me gustan más de lo que debería admitir. Los tres en la cocina pequeña, los platos en la mesa, Hugo discutiendo con Nico por cualquier tontería. Cuando llegué a Barcelona no sabía si iba a encajar en esta vida y resulta que encajé demasiado bien.
Sigo comiendo.
—¿Y sabes de quién es? —pregunta Hugo .
—Ni puta idea, Paco me dijo que pagaron por adelantado.
El tenedor se me queda quieto encima del plato.
—Bonita hija de puta —dice Nico riéndose—. Estuve más rato del necesario mirándola antes de devolvérsela.
Negra.
El aire empieza a escasear de una forma que no tiene ningún sentido porque estoy en una cocina pequeña con la ventana entreabierta y debería haber aire suficiente pero no lo hay. Me obligo a coger la siguiente bocanada despacio, sin que se note, sin que ninguno de los dos levante la vista.
—¿Estás bien? —dice Hugo.
Mierda.
—Sí. —Mi voz suena rara. Demasiado quieta—. Me he atragantado un poco.
Hugo vuelve a mirar a Nico y yo clavo los ojos en el plato y cuento. Es lo que me dijo la psicóloga que dejé de ver hace dos años. Cuenta. Cuatro dentro, cuatro fuera. Pero los números se me mezclan y pierdo la cuenta y tengo que empezar otra vez.
Nico sigue hablando de la moto.
Las manos las tengo en el regazo y noto cómo los dedos se me cierran solos sobre la tela del pantalón. Me concentro en eso. En la tela. En la textura. En que estoy sentada en una silla y la silla está en el suelo y el suelo no se mueve.
—Voy un momento al baño.
Me levanto antes de que ninguno pueda decir nada y cierro la puerta del baño con el pestillo. Me apoyo en el lavabo y me miro en el espejo un segundo antes de tener que apartar los ojos porque no me gusta lo que veo. Me pongo el grifo frío y meto las muñecas debajo del agua.
Estoy en Barcelona.
Me lo repito hasta que el corazón empieza a bajar de las orejas al pecho, hasta que los dedos dejan de temblar, hasta que puedo respirar sin contarlo.
Cuando salgo Hugo está recogiendo los platos y Nico me mira un segundo de más. Y yo no puedo dejar de mirarlo tampoco, existe un puto hilo que me lleva hacia él de una forma irrefrenable. No sé qué me está pasando con este tío y eso me da miedo.
Después nos ponemos a jugar al Fortnite porque yo soy una friki de la leche y a Nico también le encanta. Hugo nos mira con cara de asco.
—Os dejo jugar a las consolitas, chavales, me voy a dormir.
—Buenas noches, enana —me dice mientras me besa la cabeza.
—Hasta mañana, cabrón, quédate a dormir si quieres —le dice a Nico mientras le da un abrazo.
Entonces se va para la cama y nos quedamos los dos solos.
Nico coge el mando y me lo lanza sin avisar.
—Venga, a ver si eres tan buena como dices.
—Soy mejor.
—Eso lo veremos.
Y durante un rato somos solo eso. Dos amigos jugando en el sofá a las once de la noche. Él insulta a la pantalla en voz baja cuando le matan, yo me río más de lo necesario cuando le matan a él, y hay algo en esa normalidad que me resulta tan cómoda que casi duele.
Como las millones de veces que lo hemos hecho.
Pero hoy noto algo diferente, no creo que sea cosa de Nico sino más bien algo que me pasa a mí.
Mientras está jugando me fijo en su mandíbula, en lo bien definida que es, en cómo la luz de la pantalla hace que esas líneas perfectas brillen mucho más, veo esos ojos verdes que volverían loca a cualquiera.
Joder, es guapo a más no poder el muy cabrón.
—Marta —me dice mientras me da en el brazo—. Estás empanada, tía.
—Perdón —y cojo los cascos y me pongo a jugar. De reojo lo veo cómo se pone de pie y se estira. La camiseta blanca marca perfectamente su cuerpo, esculpido a base de peleas y trabajo manual. Los abdominales se adivinan a través de la tela.
—Dios mío, estás en babia. Nos has matado, joder.
Me he quedado mirando su cuerpo sin disimulo. Sé de sobra que Nico es guapo, tengo ojos en la cara. Soy muy consciente del tipo de tío que es, pero nunca me había permitido mirarlo así.
—¿Qué te pasó antes?
Mierda, ya sabía que se habían dado cuenta.
—Nada.
—No jodas, Marta. ¿Qué coño te pasa con las motos?
—¿Con las motos?... nada, ¿por qué me iba a pasar algo con las motos?
—Siempre tiemblas cuando las escuchas por la calle, y hoy te pasó esto hablando de una .
—Sería casualidad.
—¿Tuviste algún accidente o algo? Puedes contármelo, no se lo diré a Hugo, te lo prometo.
No quiero mentirle. Pero tampoco puedo decirle la verdad. Así que miento.
—Sí, algo así. Tuve un accidente pequeño en una y les tengo un poco de miedo.
—Joder, ¿pero te pasó algo? ¿Quieres que te ayude de alguna manera?
—Solo necesito olvidarme del tema la verdad.
—Está bien.
—Lo mejor es que nos vayamos a dormir, ¿te quedas?
—Sí.
Se acerca a mí y me pone una mano en la cintura para darme los dos besos de buenas noches. Es un gesto que hemos hecho mil veces. Mil veces exactamente igual.
Pero esta noche noto esa mano. Áspera, llena de callos, cálida. Y noto cómo mi cuerpo responde a algo tan pequeño como eso de una forma que no tiene ningún precedente en el año que llevamos siendo amigos.
Me separo antes de lo normal. Espero que no se haya dado cuenta.
—Buenas noches, pitufa.
Su voz suena diferente cuando estamos solos. O me lo estoy inventando. Probablemente me lo estoy inventando.
—Buenas noches.
Cierro la puerta de mi habitación y me apoyo en ella un segundo con los ojos cerrados .
Esto no puede estar pasando.
Pero está pasando.