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NICO
Acabo de llegar al taller y veo una moto que desde luego no es de por aquí. Es una Ducati Panigale negra, una motazo, y no es lo que se estila por este barrio.
Paco me llama para que me acerque cuando me ve entrar.
—Nico, necesito que pongas a punto esa Ducati.
—¿Pero qué hace esa pedazo de máquina aquí?
—No pregunto, Nico. Me han pagado por adelantado. La quieren para dentro de dos horas.
Es extraño de pelotas. Esa moto vale más pasta casi que este puto taller. ¿Qué hará una máquina de este calibre aquí?
—Vale —le digo mientras me doy la vuelta—. Por cierto, me preguntaba si podías adelantarme la mitad del sueldo del mes que viene.
—Nico...
—Paco, lo necesito.
—Está bien, chaval, mañana te lo daré .
—Gracias.
Me acerco a la Panigale y durante un segundo me olvido de todo lo demás.
Es negra, mate, con los acabados en rojo oscuro casi vino.
Una V4 S del año 2020, con el escape Akrapovič de serie y el carenado tan limpio que parece que nunca ha salido a la calle.
Alguien tiene mucho dinero y muy poco respeto por las cosas bonitas, porque una moto así no debería estar en manos de quien no sabe lo que tiene.
Me agacho y paso los dedos por el basculante sin querer casi, como quien no puede evitar tocar algo que sabe que no es suyo y nunca lo va a ser.
Treinta y cinco mil euros de ingeniería italiana aparcados en mi taller de mierda. El mundo es muy raro a veces.
Le cambio el aceite — Motul 300V, lo que pide el motor — y reviso los filtros.
La cadena de distribución está en su punto, sin holgura.
Compruebo la presión de los neumáticos, delante y detrás, y ajusto el trasero dos décimas.
Los frenos Brembo están impecables, las pastillas con vida suficiente.
Conecto el portátil al sistema y leo los datos de la ECU — ningún error, ninguna anomalía.
Quien sea que la trae a poner a punto sabe lo que hace, o tiene a alguien que lo sabe.
Le paso un trapo por el carenado antes de devolverla y me quedo un segundo más de lo necesario mirándola. Bonita hija de puta.
Y me acuerdo de Marta, porque la cabrona es casi igual de guapa que esta máquina.
Cuando termino aviso a Paco y salgo a fumar un cigarro. Me prometí a mí mismo que lo iba a dejar, pero cada día me está costando más trabajo .
Veo aparecer a Hugo.
—¿Y tú por aquí? ¿No tenías una prueba en un gimnasio?
—Una puta mierda.
—Es decir, que seguimos jodidos.
Hugo suspira. El tío está intentando lo imposible por buscar un entrenador que le dé una oportunidad para boxear, pero no es fácil. No en este mundo.
—Acabará saliendo, Hugo.
—Deberías venir conmigo a las pruebas, Nico.
—Tengo que currar, ya lo sabes.
—¿Quieres que te ayude?
—Que va, tío, tengo un par de cambios de aceite y poco más.
—He estado con una motazo que flipas, tío, una Panigale.
—¿Qué coño dices? Eso vale un pastón.
—Soy consciente. Montar eso es mejor que montar a cualquier tía.
Hugo se ríe y me da en el brazo.
—Gracias por lo de ayer. Te dejé sin follar.
—No me iba la vida en ello tampoco.
—Necesito que hablemos lo de Davo.
—Nico, tío...
Paco aparece por detrás.
—Hombre, Huguito, siempre tendrás un hueco aquí si quieres currar un poco y dejarte de dar hostias.
—Gracias, Paco, está bien tener plan B.
—Nico, hay que cambiar unas pastillas a ese coche para ya.
—Voy.
—Te recojo a la salida y hablamos —me dice Hugo y se despide con la mano.
Vuelvo al taller pensando en Davo. En lo que le voy a decir. En lo que va a tener que tragarse Hugo para que esto funcione. No es lo que ninguno de los dos queremos, pero a veces la vida no te da a elegir entre lo que quieres y lo que no quieres. Te da a elegir entre lo malo y lo peor.
**********
Al salir del taller Hugo está esperándome en el coche, con la ventana bajada y el brazo fuera como si no tuviera ninguna prisa en el mundo.
Mi subconsciente mira hacia el asiento de atrás a ver si está Marta.
No está. He tenido un día de mierda y me apetecía verla, que es exactamente el tipo de pensamiento que no debería tener.
—¿Qué pasa, Nico?
—Mi padre.
Hugo estuvo presente en una gran bronca en mi casa y vio cómo mi padre nos trataba. Incluso se enfrentó a él. Fue casi al llegar de Australia. El cabrón tiene unos huevos más grandes que pianos y se le enfrentó a mi viejo, que eso no lo hace cualquiera cuando está pasado de alcohol.
—¿Qué coño le pasa a ese tío ahora?
—Se ha llevado toda la pasta, le ha quitado lo del alquiler .
—Puedo ayudar, Nico, hablaré con Marta también. Entre los tres podemos pagarlo.
—No quiero limosnas.
—No es una limosna, Nico, tío, eres mi familia, joder. Todo lo mío es tuyo.
—¿La Cati también?
Hugo se ríe, esa tía le importa entre cero y nada.
—Esa cuando quieras, no jodas.
—Podemos hablar con Davo, quizás un par de peleas amañadas... Sé que no te gusta, Hugo. A mí tampoco.
Hugo suspira y mueve la mano en el cambio de marchas. Sé que no quiere y también sé que por mí lo haría. Porque no estoy tan seguro de nada en esta vida como de su lealtad.
—Vale, una pelea, Nico.
Lo abrazo como un loco y él me aparta con la mano.
—Venga, coño, que estoy conduciendo.
—¿Tomamos unas pizzas?
—Vamos.
Llegamos al piso de Hugo y cuando estamos entrando por la puta puerta ya huelo ese olor a cerezas. Me muero del ansia de anticipación por verla. Creo que se me ha ido la olla definitivamente.
Al entrar Marta está en pijama en el sofá con apuntes sobre el regazo y el pelo atado en un moño alto despeinado que hace que caigan rizos desordenados por su cuello. Mis ojos se posan en ese cuello y no puedo dejar de pensar lo que me gustaría besarlo.
—Vamos a pedir pizzas, ¿de qué quieres? —le pregunta Hugo .
—¿Podemos pedir algo sano alguna vez?
—No —dice él mientras pide a través del móvil.
Entonces alguien empieza a llamarle por teléfono.
—Es mamá, voy a hablar con ella. ¿O quieres tú, enana? —le dice Hugo.
—No, hablé con ella antes.
Hugo se aleja hacia la habitación y yo me siento en el sofá al lado de ella. Su olor embriaga todo mi cuerpo.
—¿Qué te pasa, estás muy callado?
—Problemas en casa.
—¿Necesitas pasta? Puedo darte lo que tengo, Nico...
—Ya le he dicho a Hugo que no.
—Eres como mi hermano, joder, estoy aquí para todo.
¿Como su hermano? Joder, qué puta manera de joderme el día. Yo quiero que sea muchas cosas mías pero mi hermana desde luego que no.
Apoyo los brazos sobre las piernas, estoy agobiado con lo de la pasta, pero estos dos cabrones me van a hacer llorar. Entonces ella me acaricia el cuello justo donde tengo el tatuaje con el nombre de mi madre. Y mi cuerpo responde, vaya que si responde. Solo espero que ella no se haya dado cuenta.
—Todo va a estar bien, Nico.
—Gracias, pitufa.
Estamos tan cerca que podría contar sus pestañas. Puedo notar cómo su aliento toca mi nariz. Ella no se aparta. Eso es lo que me está matando, que no se aparta.
Hay algo en cómo me mira que no tiene nada que ver con lo que me dijo antes. No sé si me lo estoy inventando porque quiero verlo o si de verdad está ahí. Pero está ahí. Lo juro que está ahí.
Bajo la vista un segundo a su boca y cuando vuelvo a subir ella también ha mirado la mía. Solo un segundo. Pero lo ha hecho.
Me muero.
Y cuando parece que el silencio va a ganar, que esta vez sí, vuelve Hugo por el pasillo.
—¿Qué pasa, estamos de entierro?
Me separo despacio, sin que se note, como quien no estaba haciendo nada. Marta vuelve a sus apuntes.
Va a ser el entierro de mi polla cuando te enteres de lo que estaba pensando.