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MARTA
La semana que viene empiezo las prácticas en una escuela infantil y no puedo pensar en otra cosa. Siempre he querido trabajar con niños, desde pequeña, desde que tenía claro que lo mío no era el mundo de reuniones elegantes y aparentar que todo está perfecto que tanto le gusta a mi padre.
Mi padre considera que lo mejor para mí es casarme con el hijo de alguno de sus amigos estirados y quedarme en casa. Criar niños propios, no cuidar los de otra gente. Y precisamente eso, que él lo tenga tan claro, es lo que más me aleja de quererlo.
Cuando salgo de clase veo a un par de compañeras con las que intenté hacer amistad al principio, pero fue imposible. Solo querían quedar si estaba Hugo. En fin. Siempre odié eso y ahora, ahora más. Tampoco termino de entender por qué me pasa eso.
Miro hacia la puerta y me quedo quieta .
Nico.
Qué hace este aquí. Hugo está entrenando en un gimnasio nuevo, no me dijeron nada de venir a buscarme. Lo miro un segundo desde dentro antes de salir, como si necesitara prepararme para algo, aunque no sé muy bien para qué.
Salgo a la calle.
—¿Qué haces aquí?
—¿A ti qué te pasa, tía? ¿Sabes lo que podía haber pasado si Hugo te llega a ver? —Lo dice cabreado, mueve las manos de forma insistente.
—¿No se lo habrás dicho?
Como se lo haya dicho me muero. ¿Y por qué no paro de mirarle los putos labios? Es como si un imán uniera mis ojos a esos labios y no puedo hacer nada.
—¿Me estás escuchando?
—Ehm, sí. ¿Has venido para decirme esto?
—Ahora ya te han visto conmigo y eso es un puto problema, Marta. Puede ser peligroso joder. ¿No ves que podrían hacerte algo?
Se le nota preocupado de verdad y sé que ayer la lie muchísimo yendo a esa nave, pero la curiosidad me pudo.
El frío de febrero a estas horas se me cuela por los brazos y doy un pequeño escalofrío.
—Joder, estás helada, Marta —lo dice mientras se quita la sudadera y me la da y ahí me fijo en su antebrazo y en el corte que tiene ahí. Eso ayer no estaba. Me hubiera fijado.
—¿Eso cómo te lo hiciste?
—No preguntes cosas que no quieres saber .
—Quiero saberlo, Nico.
No sé por qué me gusta tanto este chico de repente.
—Una pequeña bronca en la fábrica después de que te fueras.
Entonces suena su teléfono. Me hace un gesto con el dedo para que no hable, seguro que es Hugo.
—Estoy en casa, vine a ayudar a mi madre con un rollo de mi padre.
Qué mentiroso. ¿Y por qué le está mintiendo?
—¿Por qué no le has dicho que estabas aquí?
—No quiero que piense cosas raras, Marta.
—¿Cosas raras? Somos amigos, ¿no? Podrás venir a verme.
Sonríe mientras niega con la cabeza y se toca el antebrazo izquierdo. Es un gesto que hace siempre que se pone muy nervioso.
—Somos sí.
Miro el reloj y me doy cuenta de que es tardísimo.
—Tengo que ir a coger el metro ya.
—Puedo llevarte a casa si quieres.
—¿Y qué le vas a decir a Hugo?
—Que nos encontramos de camino.
Qué cosas más raras está haciendo este hoy.
Vamos hacia el coche y me doy cuenta de lo sumamente cómoda que me siento con él. Es extraño. Llevamos siendo amigos desde que llegué y nunca lo había visto así hasta ayer.
Me siento en el asiento del copiloto y miro la calle sin ver del todo. Pienso en las personas que veo pasar, en si tendrán un buen día o un día de mierda, en si llevan algo dentro que no le han contado a nadie. Es un juego estúpido que hago a veces cuando no quiero pensar en lo mío.
Entonces veo la moto.
Negra, aparcada en el bordillo, no hay nadie encima. No es nada. Lo sé. Pero el nudo del estómago aparece de todas formas, como siempre, puntual y sin avisar. Me quedo rígida sin querer.
Nico lo nota. No dice nada, no pregunta. Solo posa la mano en mi pierna un momento, despacio, como quien le dice a alguien que está ahí sin hacer ruido. Es una caricia tan sutil que podría no haber pasado.
Pero ha pasado. Y noto algo que hacía mucho tiempo que no sentía.
Nadie sabe por qué tengo este pánico a las motos. Ni Hugo, ni Nico, ni nadie. Y ninguno de los dos me ha preguntado. A veces agradezco eso, porque me dolería más que si preguntaran y no estoy preparada para responder. Por lo menos por el momento.
—Tu novia es maja.
—¿Mi novia? —me mira con cara de sorprendido.
—La chica que me llevó el otro día.
—Es una amiga, Marta. No tengo novia.
—¿Una amiga que te follas?
—No somos novios.
—¿Que te acuestas con veinte a la vez?
—Yo no hago eso. Si estoy con una tengo exclusividad, aunque no sea mi novia. No soy un cabrón como mi padre .
Sé que su padre es un pirado, que gasta el dinero en cosas que no debería y que Nico siempre intenta ayudar a su madre.
—No digo eso, Nico. Solo que me pareció buena chica.
—Lo es. Pero debería alejarse de gente como yo.
No sé a qué se refiere con eso. Nico es buen chico, es un tío leal y mi hermano es muy exigente con la gente, aunque no necesito que nadie me diga nada porque a mí me lo ha demostrado con creces.
Lo miro y me callo. No tengo respuesta para eso. Pasa otra moto y mi cuerpo tiembla. Él me mira de reojo, pero tampoco dice nada y sigue conduciendo.
Cuando llegamos oigo risas desde el rellano antes de abrir la puerta. Reconozco la de Hugo. Entro y lo veo en el sofá con dos chicas, con esa postura suya de tío que ocupa el espacio sin pedirle permiso a nadie.
Una de las chicas es Lisa.
Se me pone un nudo en la garganta. Le prometí a Hugo que nunca haría preguntas y que no me metería en sus cosas. Y Lisa estuvo conmigo anoche, tengo miedo que se haya ido de la lengua. Si le ha dicho algo...
Pero Hugo nos mira entrar a los dos sin inmutarse. No pregunta por qué venimos juntos, no levanta una ceja. Solo le sonríe a Nico con esa complicidad que tienen y vuelve a mirar a la chica con la que está tonteando.
—Vamos a tomar algo por ahí —dice—. ¿Te vienes, Nico?
Nico duda. Lo veo en cómo se queda un segundo quieto antes de responder. Entonces Lisa se levanta, se acerca a él y lo besa .
Y yo siento una punzada en el pecho que no debería estar ahí.
Qué coño me pasa. Qué más me da. No es mío. Nunca lo ha sido y nunca lo va a ser y yo lo sé.
—¿Es tu hermana? —le pregunta la chica a Hugo mirándome.
—Sí, se llama Marta.
—Encantada, Marta. ¿Te quieres venir con nosotros?
Pobre. Pensará que Hugo va a tener algo con ella. Ese chaval solo piensa en una cosa y no es en tener novias, es en conseguir ser un boxeador y lo conseguirá seguro que sí.
—Que va, tengo un trabajo para clase. Pero gracias.
—Pues venga vámonos —dice Hugo mientras coge la cazadora.
Salen los cuatro y yo me quedo en el sofá vacío.
La curiosidad me hace mirar por la ventana, los miro solo un momento, la mano de Nico está entrelazada con la de Lisa.
Cierro la persiana.