6
NICO
La noche nos está yendo bien.
He ganado mi pelea con el gilipollas de Luca en el segundo asalto, limpio y rápido, sin más daño del necesario.
Ahora estoy apoyado en la valla con los nudillos vendados mirando cómo Hugo le da lo suyo al mamón de Mateo.
Que además de todo me cae como el culo. Hay tíos que tienen una cara que ya te dice todo lo que necesitas saber, y Mateo es uno de ellos.
Veo a su novia al lado del ring . Está nerviosa, se muerde el labio, tiene los ojos clavados en él como si eso fuera a ayudarle de algo. Es guapa. Demasiado guapa para estar en un sitio como este y desde luego demasiado guapa para estar con alguien como él. No entiendo a las tías a veces.
El combate es duro pero limpio dentro de lo ilegal.
Tras un intercambio cerrado Hugo conecta un gancho de izquierda perfecto en la mandíbula de Mateo, justo en el punto débil que lleva castigando todo el asalto.
Mateo cae de lado, aturdido, parpadeando contra la lona mientras intenta apoyarse en un codo que le tiembla.
Hugo da un paso atrás, sin celebrar, solo respirando hondo mientras la cuenta de los espectadores llega a diez sin que su rival pueda levantarse.
Así es Hugo. No necesita el aplauso. Le basta con ganar.
Y entonces me mira. Le hago un gesto con la mano y baja corriendo hasta donde estoy.
Pero antes de que llegue ya lo he visto. Gusano hablando con uno de los hombres de Davo. Y con ellos, uno de los gilipollas del callejón de ayer. Lo reconozco por la ceja vendada.
No me jodas.
—Gusano y Davo están con uno de los hijos de puta que nos intentaron dar el otro día —le digo mientras señalo con los ojos hacia donde están.
—Vamos.
Vamos caminando hacia donde están. Mi cabreo va in crescendo y Hugo también porque acaba de salir de la pelea y todavía tiene la dopamina demasiado activada.
—Dile a Davo que queremos hablar con él —le digo a su amigo.
El tipo que nos intentó pegar tiene la ceja con un par de puntos. Mira a Hugo que todavía está sudado, sin camiseta y con restos de sangre por el cuerpo.
—¿Y vosotros sois?
—Venga no me jodas —le digo ahogando una risa.
—Para intentar acorralarnos ayer no teníais tanta duda —dice Hugo poniéndose cada vez más tenso .
—Voy —dice el tío mientras sube por las escaleras que dan a las antiguas oficinas de la fábrica.
Me quedo mirando cómo sube. Hugo tiene la mandíbula apretada, todavía con el pecho moviéndose de la pelea, los nudillos en carne viva. Cuando Hugo está así hay que tenerle un poco de distancia o te lleva por delante sin querer.
—Cálmate —le digo en voz baja.
Me mira.
—Estoy calmado.
No está calmado.
Pasan cinco minutos que se hacen largos. El tío vuelve y nos hace una seña para que subamos. Las escaleras crujen bajo nuestro peso, la madera vieja protestando a cada paso. Arriba huele diferente. A dinero sucio, a porro, a algo que no tiene nombre pero que reconoces cuando lo hueles.
Entramos.
El ambiente está cargado. Tres o cuatro tías semidesnudas sentadas alrededor de Davo, música baja, botellas sobre la mesa. Cuando entramos nos miran. No me extraña. Hugo todavía lleva restos de sangre por el torso y ninguno de los dos tenemos pinta de haber venido a charlar.
Davo les hace un gesto y las chicas salen. Una me roza el brazo y me sonríe al pasar. Lo que me faltaba justo ahora.
Me fijo en Davo por primera vez de cerca.
Es más joven de lo que pensaba. Treinta y pocos, pelo oscuro, ropa cara, un anillo grueso de oro que no deja de girar entre dos dedos mientras habla.
Tiene esa cosa de los tíos que nunca han tenido que pegar un puñetazo porque siempre han tenido a alguien que lo haga por ellos.
Y eso, curiosamente, es lo que más miedo da.
—¿A qué cojones juegas, tío? —dice Hugo con cara de estar notablemente alterado.
Davo se incorpora ligeramente en el sillón. Su tranquilidad lo único que consigue es alterar a Hugo más cada vez.
—Os dije que era mejor que fuéramos amigos.
Lo dice sin levantar la voz. Sin moverse del sillón. Como quien recita algo que lleva tiempo guardado y que sabe que va a funcionar.
Me lo quedo mirando un momento. Este tío lleva años controlando las calles de Barcelona y no lo ha hecho a base de puñetazos. Lo ha hecho a base de saber exactamente qué decir y cuándo callarse. Eso es más peligroso que cualquier cosa que Hugo o yo pudiéramos hacerle en este cuarto.
De reojo veo cómo Hugo aprieta las manos. Lo conozco demasiado bien. Tiene exactamente diez segundos antes de que diga algo que no conviene decir aquí.
—¿Nos estás amenazando? —suelto yo primero, antes de que Hugo abra la boca.
—Solo necesito que hagamos una sinergia, chicos. Sois vosotros los que no queréis entrar en razón.
—No nos vendemos, ya te lo hemos dicho muchas veces.
—Esto es un negocio. Puedo ofreceros mucha pasta. Más de la que soñáis .
—No. Y déjanos en paz —dice Hugo.
—No quiero ir por las malas.
Coge un porro que tiene apoyado en la mesa, le da una calada larga sin prisa y deja que el humo se quede un segundo suspendido entre los dos antes de soltar:
—La chica que trabaja con Gusano...
Marta, joder.
Veo cómo Hugo empieza a apretar la mano y dos gorilas aparecen por detrás de nosotros.
—¿Algún problema, jefe? —le dicen a Davo.
—Ya se iban.
Nadie dice nada más, salimos por detrás de esos matones de tres al cuarto.
Al llegar al aparcamiento pasa lo que me imaginaba.
Hugo aguanta hasta que salimos del edificio, hasta que los matones de Davo ya no nos pueden ver. Entonces explota. Coge una papelera metálica y la estrella contra el suelo con un ruido que rebota en todas las paredes del aparcamiento vacío. El eco tarda en irse.
Lo agarro por detrás, los brazos por debajo de los suyos, y tiro hacia atrás con todo el peso. Me empuja y casi me tira. Pesa lo que pesa y acaba de pelear, tiene la fuerza todavía encima.
—Hugo. —Le hablo al oído, despacio—. Para.
Resopla. Intenta soltarse una vez más y luego para. Se queda quieto, respirando fuerte, con las manos cerradas en puños.
—Nadie va a tocar a Marta.
—Lo voy a matar, Nico. Te lo juro .
—Ya. —Lo suelto despacio, sin quitarle los ojos de encima—. Pero no esta noche. Esta noche vamos a casa y pensamos cómo hacerlo bien.
Se pasa las manos por el pelo. Da una vuelta. Se para.
—Como le pase algo...
—No le va a pasar nada. —Lo digo con más seguridad de la que tengo—. ¿Me oyes? Nada.
Hugo asiente despacio. Una vez. Y eso es lo más que voy a sacar de él esta noche.
Nos vamos caminando hacia el coche en silencio. Y vaya que lo voy a pensar. No hace falta que Hugo le abra la cabeza a ese cabrón, porque como se atreva a tocarla, qué digo, a mirarla, está muerto. Y eso lo decido yo solo, sin necesitar que nadie me lo pida.