Sin guantes 5
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MARTA

No sé qué coño hago en este pasillo esperando a Nico. ¿Desde cuándo hago yo lo que me manda este imbécil?

Me apoyo en la pared y el cemento frío se nota incluso a través de la camiseta.

Miro hacia el final del pasillo. Desde aquí llega el ruido amortiguado de la nave: voces, golpes, alguien gritando algo que no entiendo.

Un mundo entero funcionando a veinte metros y yo aquí parada como si me hubieran puesto en el rincón.

Lo peor es que le ha funcionado. Me ha dicho que no me mueva y no me he movido. Y no ha sido por miedo ni porque tenga razón. Ha sido por algo que prefiero no ponerle nombre de momento.

Cuando llegué a la fábrica la verdad es que me acojoné ligeramente al ver el tipo de ambiente que había.

No es la gente a la que estaba acostumbrada en Sídney y en Barcelona tampoco es que me hable con mucha gente aparte de los amigos de Hugo.

Las chicas ya olvídate. Todas las que se me acercan es porque quieren acostarse con Hugo o como mucho con Nico.

Me acaba de pasar algo un poco extraño cuando lo vi besarse con esa chica. No sé qué me pasó. No podía separar la mirada de ellos y sentí... ¿celos? ¿Qué me está pasando, por Dios? Nico es como mi segundo hermano y además es un tipo de chico con el que yo no debería estar nunca.

Bueno. A ver.

Es guapo. No voy a mentirme a mí misma a estas alturas. Es guapo de una forma que no ayuda nada cuando tienes que pasar mucho tiempo con él. Cuando lo ves por el pasillo a las tres de la mañana con cara de no haber dormido, sigue siéndolo igual.

Y tiene esa cosa de morderse el labio cuando está pensando algo que no va a decir. Lo cual no mejora las cosas.

Me estoy volviendo loca y lo sé.

Cuando salgo de mis pensamientos Nico vuelve a aparecer otra vez, esta vez viene con una chica. Juraría que es la misma con la que se estaba besando hace nada. ¿Será su novia? ¿Vendrá a presentármela?

—Marta, esta es Lisa, va a llevarte a casa.

—Me quiero quedar —le digo.

—Ni de coña. ¿Quieres que Hugo te mande a Sídney de vuelta?

La verdad que tiene razón. Si Hugo sabe que me ando metiendo en líos me volvería a mandar a casa. Ya me lo dijo cuando vine. Que me ayudaría en lo que hiciera falta pero que no le complicara más la vida. Aunque bastante complicada la tiene si se anda pegando en sitios como este.

—Yo me voy a ir a casa ya así que no tengo problema en llevarte —dice la chica.

—De acuerdo, iré con ella.

—Buena chica —me dice Nico mientras me guiña un ojo.

Cuando estamos de camino hacia el coche Lisa no me dirige ni la palabra. Me da la sensación de que no está muy contenta de tener que llevarme. No la culpo. Yo tampoco estaría muy contenta si me mandaran a casa con la hermana del mejor amigo del tío con el que me estoy liando.

Su coche es pequeño y ordenado. Huele a algo dulce, vainilla o algo así. Me abrocho el cinturón y miro al frente.

—Siento este marrón —le digo con una sonrisa dulce.

—Ya me iba a ir, no hay problema. —Una pausa—. Además, Nico es buen chico. ¿Está con muchas chicas?

Ay la hostia, qué le digo yo a esta.

—Ehm... no. La verdad que no le conozco a ninguna chica. Y lo veo bastante, así que algo sabría.

—Es de los chicos guapos de las peleas. Siempre pensé que estaría a tope. —Lo dice sin rencor, más como quien constata un hecho.

—Pues no te creas. Es más fantasma que ligón —le digo mientras sonrío.

Lisa se ríe un poco. Solo un poco, pero se ríe. Y de repente el coche parece menos tenso. Me cae bien esta chica, no lo esperaba .

Seguimos un rato en silencio, con la ciudad pasando por la ventanilla.

—¿Y por qué viniste a Barcelona?

Hay muchas preguntas que pueden hacer que mi mundo se pare. Pero esa, especialmente esa, hace que todo se detenga de golpe. El coche, la noche, el ruido del motor. Todo.

—Oye, ¿estás bien? Te has puesto... —Lisa me mira un segundo—. Perdona, no tenía que haber preguntado.

—No, tranquila. —Me aclaro la voz—. Quería estar con Hugo. Llevábamos mucho tiempo sin vernos y lo echaba de menos.

Lisa asiente y no pregunta más. Yo miro por la ventanilla y dejo que Barcelona pase.

Esa es la respuesta verdadera. La que le doy a todo el mundo y la que incluso me doy a mí misma cuando no quiero pensar demasiado.

Pero hay otra razón. Una que no le he contado a nadie, ni a Hugo, ni a mis padres, ni a las amigas que dejé en Sídney. Una razón que me metí en el bolsillo el día que hice la maleta y que desde entonces cargo a todas partes sin abrirla.

Ojalá no existiera.

Cuando llego a casa todo está en silencio. No me ha gustado el silencio nunca, pero desde que llegué aquí mucho menos.

Dejo las llaves en el cajón de la entrada despacio, sin hacer ruido, como si el piso fuera a romperse si hago demasiado. No enciendo todas las luces, solo la de la cocina. Me hago una taza de algo caliente que no me voy a beber y me siento en la banqueta donde estaba Nico hace unas horas.

El piso de noche es distinto. De día hay ruido, hay Hugo, hay Nico entrando y saliendo, hay algo siempre. De noche soy yo sola y los sonidos de la calle y mi cabeza dando vueltas.

El sonido de una moto me da un susto y noto cómo el corazón se me acelera. Solo un segundo. Solo el tiempo que tarda el ruido en alejarse.

Ese sonido me traslada a un lugar donde no quiero estar. A cosas que no quiero recordar.

Respiro.

Me digo lo que me digo siempre: que estoy en Barcelona, que estoy a salvo, que Hugo está a veinte minutos si lo necesito. Me lo digo hasta que el corazón vuelve a su sitio.

Luego pienso en Nico diciéndome que no me mueva. Y sin querer, casi sin darme cuenta, me río sola en la cocina a la una de la mañana.

Qué par de idiotas. Los dos.