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NICO
Le hemos dicho a Marta que vamos a recogerla y de paso vamos a ver si nos encontramos con el payaso del Gusano. Ese gilipollas no sabe dónde se ha metido.
Estamos delante de la puerta de entrada de la oficina de Marta. Es un edificio de cristal y acero que parece aterrizado de otro barrio. Habíamos pensado en entrar y liarla, pero la verdad es que no nos provocaría nada más que problemas. Demasiadas cámaras, demasiada gente con traje.
Hace ese calor pegajoso de las seis de la tarde, el tráfico no deja de pasar a nuestra espalda y el cristal del edificio devuelve el sol directo a los ojos.
Así que esperamos fuera como dos personas normales, que ya es un esfuerzo.
Pero entonces sale Gusano por la puerta. Cuando nos ve pone una cara de susto que ya le gustaría a muchos después de ver Scream .
—Vaya, mira qué nos hemos encontrado —le digo a Hugo.
—Gusano, no me gustan estas gilipolleces —le dice Hugo mientras lo agarra por el cuello.
La gente que pasa nos está empezando a mirar. Es verdad que Hugo y yo somos tíos altos y fuertes y que es normal que la gente se gire a mirarnos. Aunque quizás es porque estamos agarrando a un tipo contra la pared en plena calle a las seis de la tarde.
—Yo no sabía nada de lo de esta mañana —dice tartamudeando.
—Me la chupa lo de esta mañana. Quiero mi puto dinero —le digo poniendo una mano en su hombro.
Se le nota que está calculando. Los ojos moviéndose de Hugo a mí y de mí a Hugo. Buscando la salida.
—Esta noche hay un mini torneo en la vieja fábrica de piensos. Puedo meteros. Os pagaré cuando recupere mi dinero esta noche. No quiero problemas con vosotros, no soy tan imbécil.
Me resulta bastante creíble. A Hugo también, por la cara que me pone.
—¿A qué hora? ¿Y por qué no sabíamos nada?
—No sé. Davo no os quiere por allí. A las nueve.
—¿Davo? —repito.
—Sí. —Traga saliva—. Es su torneo.
Me río. Menudo estúpido. Davo montando un torneo sin avisarnos, seguro de que no nos íbamos a enterar. Seguro de que no íbamos a aparecer.
Y entonces lo pienso bien: no es solo logística. Es un mensaje. Dijimos que no a su oferta y esto es la respuesta, su forma de recordarnos que aquí decide él quién entra y quién no.
Miro hacia la puerta y veo esa melena morena acercándose al portalón, así que le hago un gesto a Hugo para que lo suelte.
—Nos vemos esta noche y deberías tener cuidado de no intentar jodernos —le dice Hugo antes de soltarlo.
Se pira corriendo lo más rápido que le dan las piernas.
Cuando Marta se acerca pone cara de extrañada. Nos ha debido de ver hablando con el tonto este.
—Pensé que me esperabais en el coche. Hacéis cosas muy raras siempre vosotros dos.
—Estábamos hablando con un amigo —dice Hugo.
Debió darse cuenta de que ella nos había visto y no quiere que empiece con el interrogatorio.
Ella pone cara de no creerse mucho, pero nos sigue hacia el coche en silencio.
**********
Por la noche nos dirigimos a la fábrica de piensos. Desde el coche ya se ve que la de hoy es gorda. Coches aparcados en doble fila, gente entrando en grupos, más movimiento del habitual. Davo sabe montar un evento, eso hay que reconocérselo, aunque sea un hijo de puta.
Cuando entramos el ruido nos golpea antes que nada.
Voces, música a medio volumen, el olor a sudor y a cemento húmedo mezclado con tabaco.
Una nave abandonada que en otra vida guardaba sacos de pienso y que ahora tiene tres rings improvisados con cuerdas y vallas de obra.
No es el Madison Square Garden, pero a la gente le da igual.
La gente no viene aquí por la decoración.
Nos vamos encontrando a los de siempre. En esto como en todo, al final siempre somos los mismos. Las mismas caras, los mismos corrillos, los mismos que apuestan más de lo que tienen y luego se quejan.
Veo a Luca y a Mateo calentando en el ring de la izquierda. Los dos son conocidos de las calles, los dos tienen mala leche suficiente para hacer daño si te descuidas. En el otro está Miguel y Javier. Mientras vamos caminando nos para un grupo de chicas.
Lisa.
Es una tía con la que me estoy liando últimamente.
No tenemos nada más allá de quedar para follar de vez en cuando.
Aunque soy incapaz de estar con otra si está ella cerca.
Mi madre me enseñó a ser fiel. Hugo dice que sin compromiso no le debo nada a nadie.
Puede que tenga razón, pero no puedo evitarlo.
Cuando me ve me separa un poco de Hugo, que me levanta la ceja mientras sonríe.
—Mi rey, hacía mucho que no quedábamos.
—Bueno, en realidad no hemos quedado.
Quizás no debería haber dicho eso porque su cara de cabreo la delata. Así que rectifico rápido:
—Estaba deseando verte, preciosa.
La abrazo y le doy un morreo de los de verdad, de los profundos, mientras Hugo desaparece en dirección a Cati, siempre dice que no le gusta, pero ya se ha liado con ella un montón de veces.
Lisa me está contando algo de una amiga suya, no sé, no la estoy escuchando del todo.
Así es siempre con ella. Me gusta estar con Lisa, no me malinterpretéis, pero hay algo que nunca termina de conectar.
Como cuando pones una canción que conoces, pero en un volumen que no es el tuyo. Está bien. Pero no es eso.
Asiento en los momentos que toca y ella sigue hablando y yo miro alrededor sin que se note demasiado. El torneo va a empezar pronto, puedo notarlo en cómo la gente empieza a colocarse, a moverse hacia los rings .
Y entonces hay un olor.
Un olor a cereza que reconozco demasiado bien.
Marta.
Imposible.
Marta no puede estar aquí. Será alguna tía que usa su misma colonia. La obsesión que tengo con ella ya me está superando, que ya la huelo incluso donde no está.
Pero entonces levanto un poco más la vista y veo esa melena rizada morena totalmente inconfundible. No puede ser. Qué hace esta tía aquí.
Si Hugo se entera la mata. Y no sé por qué, pero en vez de decírselo me alejo de Lisa y me acerco a ella.
Cuando estoy llegando lo veo. Luca se le acerca y le dice algo y ella sonríe.
Qué coño.
La ira que me entra es totalmente irracional. Ni siquiera sé por qué me cabrea tanto. No es nada mío joder y nunca lo va a ser .
Al llegar junto a ella, no hablo, la agarro de la mano y la meto en un pasillo que hay a la izquierda donde Hugo no nos puede ver.
Antes de que me salga la rabia, la repaso de arriba a abajo sin pensarlo, una comprobación rápida y automática de que está bien, de que nadie le ha puesto una mano encima. Solo entonces dejo que la rabia ocupe el espacio que ha dejado el alivio.
—¿Qué coño haces aquí, Marta? ¿Estás loca?
—Vine a ver de qué va todo esto —dice. Sin disculparse. Sin acojonarse. Con esa calma que me desespera.
—Hugo te va a matar.
—Hugo no tiene que enterarse.
Me quedo mirándola. Tiene las mejillas coloradas, no sé si de la adrenalina o de que la he arrastrado hasta aquí sin avisar.
El pelo rizado un poco revuelto. Y me está mirando a los labios otra vez, lo cual es un problema bastante gordo porque yo acabo de estar con Lisa y no me importa lo más mínimo.
—En serio, Marta.
—En serio, Nico.
Me lo devuelve sin pestañear. Sin moverse. Ajena al lío en el que me está metiendo solo por estar aquí de pie delante de mí.
Me paso la mano por el pelo y me separo un paso. El pasillo es estrecho y un paso no es suficiente, pero es lo que hay.
—No te muevas de aquí hasta que yo vuelva.
—Tú no me mandas.
No sabes bien lo que te iba a mandar yo a ti bonita .
—No te muevas de aquí, Marta.
Se calla. Y yo me doy la vuelta antes de hacer algo que no tenga vuelta atrás.