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NICO
Tenemos que ir a buscar a Gusano. No es algo que me apetezca hacer especialmente. Ese gilipollas siempre quiere timarnos. Cree que los boxeadores son tíos imbéciles sin nada en la cabeza. Ya lo comprobará.
Cuando llegamos al barrio de la Mina, lo primero que cambia es el aire.
Huele diferente. A humedad, a basura, a algo que no tiene nombre pero que el cuerpo reconoce antes que la cabeza.
Calles mal cuidadas, gente con no muy buenas pintas, droga por todas las esquinas.
Lo que se ve ya hace que valores si realmente vale la pena entrar o no.
No es que donde yo viva sea el mejor del mundo. Porque no lo es. Pero aquí hay algo más. Una tensión que se pega a la ropa. La sensación de que todo el mundo te está mirando, aunque nadie te mire.
Esto es otro nivel.
—Ese tío no sé qué se cree —me dice Hugo .
Él no es así, es un tío bastante comedido. El que casi siempre la lía a la mínima soy yo. Pero ayer ganamos mucha pasta y este subnormal no nos coge el teléfono.
—Como lo pille, le voy a enseñar cómo se gana una puta pelea en la calle —suelta con la vena del cuello cada vez más hinchada.
—Ni se le ocurriría pelearse con nosotros. No es tan tonto.
De repente lo vemos pasar a lo lejos. Hugo lo ve al vuelo y empieza a correr. Pero yo soy más rápido que él.
Cuando llego a la altura de Gusano se ha metido por un callejón que no me gusta un pelo.
Llego hasta él y lo empujo contra la pared del fondo.
—¿Adónde coño ibas? ¿Por qué no nos coges el teléfono?
Hugo llega unos segundos después y se queda a unos centímetros de nosotros.
—Me han robado, tíos —dice Gusano.
Hugo se pasa la mano por el pelo y da un puñetazo a la pared a un centímetro de la cara de Gusano.
—Me la chupa lo que te haya pasado. Danos nuestra pasta —escupe Hugo.
Y de repente noto cómo una presencia se instala detrás de nosotros. Me daba mal rollo desde el principio esta mierda de calle.
—Suéltalo —dice un tío con un pañuelo cubriéndole la cara.
—A ver qué coño queréis vosotros —le digo sin soltar el cuello de Gusano.
—Te estoy diciendo que lo sueltes, payaso .
Son cuatro tíos. Dos de ellos tienen una envergadura interesante, aunque no mucho más grandes que Hugo y yo. Los otros dos son más pequeños y delgados, pero siguen siendo cuatro más Gusano. Aunque Gusano jamás se atrevería ni a intentar tocarnos. Lo sé.
—Elige tus dos —me dice Hugo mirando hacia ellos.
El que está delante se ríe.
—Estás un poco flipado, ¿no?
—No. Podría yo solo con los cuatro, pero ya que estamos repartimos.
Me da la risa. Cuando Hugo se pone en plan jefazo da hasta miedo.
Los evalúo rápido. Es lo que hago siempre, aunque no lo parezca. Dos segundos. El de la derecha carga el peso en el pie izquierdo, mala base. El de la izquierda tiene los hombros tensos, arriba, cerca de las orejas. Miedo disfrazado de rabia. Los conozco a los dos sin conocerlos.
Le lanzo una mirada a Hugo.
—Derecha.
Suelto a Gusano y empezamos a darles.
El callejón se convierte en una olla de presión donde solo cabe el ruido de los puños contra las costillas y el arrastrar de las zapatillas sobre el asfalto húmedo.
Empiezo con el más pequeño de los dos, el de la izquierda.
El que pensaba que por ser más bajito iba a tener alguna ventaja.
Error. Le salgo al encuentro cuando todavía está abriendo la boca para decirle algo a su colega.
Un directo al plexo. El aire se le va con un silbido de globo pinchado y su cuerpo se dobla solo, ofreciéndome la nuca.
No la cojo. No hace falta ensuciarse tanto .
El segundo reacciona tarde. Levanta los puños como si hubiera visto las películas de Rocky de pequeño y se creyera que eso le iba a servir de algo.
Le finto un gancho a la cara y cuando sube la guardia le entierro la rodilla en el muslo.
Grita. No de dolor, sino de frustración.
Los que pierden así siempre gritan. Necesitan que alguien sepa que están perdiendo.
A mi espalda oigo el crac seco de algo que podría ser una nariz o una mandíbula. Hugo no es sutil. Hugo es un puto martillo pilón cuando se lo propone. No miro. Confío.
El primero, el del plexo, ya se está recomponiendo. Me mira con odio y se tira a por mis piernas. Quiere llevarme al suelo. Le dejo acercarse, agacho la cadera y cuando me abraza le clavo los codos en los omoplatos. Una, dos, tres veces.
Su abrazo se afloja. Aprovecho para separarlo de un empujón y cuando retrocede tambaleándose, le acompaño el viaje con una patada en la rótula.
Se va al suelo. Ya no se levanta.
El segundo está dudando. Me mira, mira a su colega en el suelo, y luego mira hacia donde Hugo está partiendo en dos a su compañero. El pánico le nubla los ojos. Da un paso atrás.
Sonrío.
—¿No te dijo tu madre que no te metieras en callejones?
Se lo piensa. Literalmente, se lo piensa. Puedo ver cómo su cerebro hace el cálculo: dos en el suelo, el otro enorme partiendo a mi colega, este cabrón no ha sudado ni una gota.
Sale corriendo.
No le persigo. Para eso están las aceras principales.
Giro sobre mis talones. Hugo tiene al suyo contra la pared. Le está dando con la cabeza contra los ladrillos a un ritmo lento, casi mecánico, como quien llama a una puerta pesada. El otro está en el suelo, con la cara hecha un desastre, intentando taparse con las manos.
—¡Hugo! —grito. No es una advertencia. Es un aviso de que ya está.
Él para. Suelta al tío, que se desliza por la pared hasta quedar sentado. Hugo se da la vuelta. Tiene los nudillos sangrando y una expresión que quita el hipo.
—¿Los dos? —pregunta señalando a mis bajas.
—Corrió.
Hugo asiente, serio. Luego mira al que sigue temblando contra la pared y escupe algo de sangre que no es suya.
—Pues ya le buscaremos mañana.
Y sin más, sin ceremonias, empezamos a andar hacia la salida del callejón. A nuestras espaldas solo queda el ruido de los gemidos y la respiración entrecortada de cuatro tíos que hoy aprendieron que repartir no es lo mismo que ganar.
Andamos en silencio un rato. Me miro los nudillos. Sin un rasguño. Un ligero temblor se me queda en los dedos, algo que no se ve pero que noto, como si el cuerpo cobrara la factura un poco después que la cabeza. Hugo en cambio lleva la mano derecha hecha un mapa .
—¿A qué coño ha venido esto?
—Seguro que eran matones de Davo —me dice Hugo.
Davo es un tío que apuesta en peleas callejeras y además se dedica a la droga.
Controla las calles de Barcelona. Dicen que una vez le rompió las dos piernas a un chaval solo por repartir en su zona sin permiso, y desde entonces nadie pone en duda lo que dice.
Ha intentado comprarnos muchas veces: quiere que peleemos para él en su circuito, sin Gusano de por medio, cobrando el triple, pero perdiendo el control de cuándo y contra quién peleamos.
Y nunca hemos aceptado. Yo porque Hugo me mataría si supiera que alguna vez lo he pensado, y él jamás se vendería y menos aun dejándose perder.
—¿Qué vamos a hacer con Gusano? —le digo.
—Mañana vamos a buscarlo al curro si hoy por la noche no lo vemos.
Gusano además de trabajar en las apuestas es informático. Nos enteramos por Marta, que trabaja en su empresa de recepcionista mientras está terminando la carrera.
Marta.
Piense en lo que piense siempre me acaba viniendo a la cabeza esa mujer. No tengo puto remedio.
Hugo un día cuando fue a recoger a Marta al trabajo vio a Gusano salir por la puerta, y le preguntó a ella si ese tío trabajaba allí, por eso lo sabemos.
Marta no sabe nada de la historia. Bueno, sabe que peleamos por pasta y que las peleas no son reguladas digamos.
Pero nunca ha venido. Hugo se niega con rotundidad a pesar de que ella le ha pedido venir miles de veces. Y yo tampoco creo que sea lo mejor.
Aunque mentiría si dijera que no me gustaría verla gritando mi nombre.
Aunque eso también me gustaría en otro sitio.