Sin guantes 2
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MARTA

Son las tres de la mañana y no puedo dormir. Puede que sea el calor que hace en Barcelona este mes, o puede que sea porque después de ver llegar a estos dos con esas pintas me he desvelado.

Me levanto a beber un vaso de agua. El suelo frío de la cocina se me pega a los pies descalzos y la única luz que enciendo es la de la nevera, que zumba bajo el silencio del piso.

Me encuentro a Nico sentado en el taburete de la cocina.

Como si fuera lo más normal del mundo estar ahí, en calzoncillos, con cara de no haber pegado ojo, mirando la nada.

Es el mejor amigo de mi hermano. Y es guapo a más no poder, que es un problema que no me hace ninguna falta.

—¿Qué haces despierto? —le digo mientras me lleno el vaso.

—No podía dormir. Lo de hoy ha sido jodido. Me duele un montón la costilla .

Miro hacia su abdomen. Tiene la zona amoratada, un morado feo que se extiende por el costado derecho.

Lo sujeta con la mano, casi sin darse cuenta, en un gesto que parece llevar horas repitiendo.

Por un segundo me dan ganas de acercarme y tocarlo para ver si está tan mal como parece, pero me quedo donde estoy, con el vaso a medio llenar.

—Igual era buena idea ir al médico. No entiendo esa aversión vuestra por la medicina. Un día vais a tener un problema serio, Nico.

—Problemas serios ya tenemos, Marta. Ya lo sabes.

—¿Ha pasado algo con tu padre?

—¿Algo nuevo? Mi madre no tiene para el alquiler. Estamos a día cinco y ya se ha gastado en el casino el dinero de todo el mes. No sé cómo coño gestionar esto. Cada día es peor.

—Tú no deberías tener que preocuparte de eso.

Suspira y niega con la cabeza, evitando mirarme.

—Tú no sabes nada. Si no fuera por tu hermano ni siquiera tendría donde caerme muerto ahora mismo. Hugo me ha dejado mucha pasta. Mi padre es como una tragaperras, solo sabe gastar y gastar.

Me quedo callada. No tengo nada que decirle porque tiene razón.

Yo me vine aquí huyendo de una vida que me asfixiaba y que a cualquier otro le parecería un sueño.

Una casa enorme en Sídney, colegio de los caros, todo perfecto y ordenado.

Y me asfixiaba igual. Incluso en las vidas más bonitas siempre hay algo que se esconde detrás .

Nico tiene una vida de mierda de verdad y aun así está aquí sentado sin quejarse, contándomelo casi de pasada, como si estuviera hablando del tiempo que hace.

Se queda mirando la encimera un momento. Luego coge mi vaso, que sigo sin haber terminado, y le da un trago largo. Lo deja donde estaba sin pedirme permiso, sin mirarme, con la naturalidad de quien lleva toda la vida compartiendo cocina a las tres de la mañana.

Ese gesto tan pequeño me resulta incómodo, sin que sepa explicar muy bien por qué.

—Oye —le digo sin saber muy bien qué iba a decir después.

Me mira y se queda esperando, sin prisa, con toda la calma del mundo.

—Nada —digo—. Que mañana igual os acompaño al médico si no queréis ir solos.

Sonríe. Una sonrisa torcida, de medio lado.

—Marta. No voy a ir al médico, estoy bien, en serio.

—Pues deberías, no te lo crees ni tú.

Ese chico siempre me ha despertado algo que me cuesta descifrar. Es como si hubiera que protegerlo, pero a la vez siempre está de coña y parece que todo le resbala. Aunque seguramente no le resbale nada.

—¿Qué coño hacéis de charla a las tres de la mañana? —suelta Hugo mientras aparece bostezando desde el pasillo.

Nico lo mira y se encoge de hombros. Yo me termino el agua.

—Vine a beber y ya me voy a dormir —digo mientras me levanto .

Hugo me revuelve el pelo al pasar por su lado, como cuando éramos pequeños. Lo aparto de un manotazo, pero no puedo evitar sonreír.

Ya en la cama, con el techo encima y el silencio del piso, me quedo dándole vueltas a lo que me contó Nico de su familia. Siempre me he quejado de mi vida, y él sí que tiene una difícil de verdad. Y nunca lo dice en plan víctima. Nunca pide nada.

Y no tengo claro por qué eso me parece tan importante justo ahora.

**********

Casi no he dormido. Al despertarme ninguno de los dos está ya en casa, así que me arrastro hacia el metro con el café a medias y los ojos que pesan el doble de lo normal.

Barcelona a primera hora tiene esa cosa rara de ciudad que todavía no ha decidido si está despierta o no.

La gente en el andén mirando el móvil, nadie hablando, todos en su burbuja.

A veces pienso que vine aquí buscando exactamente esto, esa sensación de ser una más. En Sídney todo el mundo me conocía, o conocía a mi familia, o el colegio al que fui. Aquí nadie sabe quién soy y eso, que podría ser lo peor, resulta que es lo mejor.

Trabajo de recepcionista en una empresa informática del centro.

No es lo que vine a hacer aquí, pero el inglés me abrió las puertas y el sueldo me permite ir sobreviviendo.

Mis padres me mandarían dinero sin pensárselo dos veces, lo sé.

Pero Hugo no acepta un céntimo de ellos y si se enterara de que yo sí lo acepto me mandaría de vuelta a Sídney en el siguiente vuelo. Así que de momento, voy tirando así.

Hugo me recoge a veces. Esos días tardo el doble, pero me importa menos.

Una vez en mi puesto, todavía con el café en la mano, escucho algo que no debería escuchar. De fondo, el teclado de alguien no deja de sonar y la fotocopiadora ronronea al otro lado de la pared, esa banda sonora tan normal de cualquier oficina cualquier día.

—Gusano. Debes mucha pasta a mucha gente.

Me quedo quieta.

Gusano.

Ayer les oí hablar a Hugo y a Nico de un tal Gusano y ahora resulta que es...

¿Rafa? Rafa el informático. El que no habla con nadie, el que siempre come solo, el que tiene cara de no haber roto un plato en su vida.

Jamás lo habría ni medio imaginado, ese hombre con esa camisa a cuadros, siempre en su mundo y resulta que está metido en movidas de peleas.

Me acerco disimuladamente a la impresora, fingiendo que necesito algo, con el olor a tóner caliente metiéndose en la nariz.

—Hoy tendrás tu dinero. Lo arreglaré.

—¿Te ha robado Davo o que te pasa?

Rafa está temblando. Puedo verlo desde aquí, las manos, los hombros. Le tiene miedo a ese tío. Miro al otro hombre sin que se note demasiado. Es grande, tiene el mismo porte que Nico y que Hugo. El mismo tipo de tío que ocupa el espacio de una forma que los demás no saben. ¿Será otro boxeador?

Sé que pelean, que las peleas no son legales y que hay dinero de por medio. Hugo nunca me ha dejado acercarme a eso, por mucho que se lo haya pedido. Pero una cosa es saberlo en abstracto y otra es estar en medio de la oficina, y darte cuenta de que ese mundo llega hasta aquí.

Es increíble cómo a veces se conectan cosas que jamás pensarías que tendrían algo que ver.

Me pregunto si Hugo sabe que Gusano trabaja aquí, o si lo sabe y no me lo ha dicho, que sería muy típico de él. Protegerme de todo como si tuviera doce años. Como si no fuera yo la que se plantó en Barcelona sin pedirle permiso a nadie, ni siquiera a él.

Tengo el café frío en la mano y no me he dado ni cuenta.

Vuelvo a mi sitio despacio. Fingiendo que no he oído nada.

Pero lo he oído todo. Y esta vez no pienso quedarme al margen.