Sin guantes 1
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NICO

Creo que esta vez se nos ha ido de las putas manos. Tengo la nariz rota casi seguro, los nudillos destrozados y el sabor metálico en la boca me dice que puede que algún diente también esté tocado.

Estoy en una antigua fábrica abandonada de piensos en la Zona Franca. Los viernes por la noche aquí se hacen peleas ilegales. Sin guantes. Sin normas. Solo tú y el otro tío. Nada más. Obviamente hay apuestas, se mueve muchísima pasta y, claro, mucha droga también.

Hugo me agarra del brazo antes de que me dé tiempo a levantarme.

—Nos vamos, Nico. Ya.

Estoy mareado y no me acabo de ubicar. El frío me sube por los brazos de golpe, como si el cuerpo se diera cuenta ahora de lo que ha hecho, y las manos me tiemblan sin que pueda controlarlo, no sé si por los golpes o por el subidón que se está yendo.

Miro a mi alrededor y veo que el otro tío está mucho peor que yo, tirado en el suelo en medio de un charco de sangre.

Oigo a Hugo gritar, pero no termino de escucharle bien, es como si una neblina cerrara mi cerebro.

Oigo un pitido sordo que no para. Hugo no deja de tirar de mí.

—Muévete, Nico. Hostia. La policía, joder.

Me levanto como puedo y salgo corriendo agarrado a Hugo.

Llegamos al coche antes de que la policía llegue.

El frío de la calle se me clava en la piel después del calor cerrado de la nave y casi me corta la respiración.

Salimos a toda hostia, serpenteando las calles de Barcelona como si nos estuvieran persiguiendo, como si el mundo se fuera a acabar.

—¿Le he ganado? —le pregunto a Hugo.

—Sí, Nico. Pero no me jodas, tienes que trabajar esa defensa, por Dios. Casi tengo que entrar a sacarte de ahí.

Hugo es mi mejor amigo. Mi hermano de otra madre. Lo conocí cuando teníamos tres años, luego se fue a vivir a Australia y hace tres volvió a Barcelona él solo para boxear. Es el tío más íntegro que conozco. Si tuviera que confiar algo que quisiera de verdad a alguien, siempre sería a él.

El dinero no cae de los árboles y llevo desde los dieciséis metido en peleas ilegales.

En mi casa las cosas no son fáciles, y mi padre lo que menos.

Cuando Hugo apareció de nuevo lo llevé conmigo y desde entonces somos un equipo.

Tenemos las espaldas cubiertas siempre. Él está ahí para cubrirme a mí y yo a él. Me fío cien por cien de él.

Cuando por fin aparcamos, Hugo me ayuda a subir las escaleras hasta su piso. Vive unas calles más allá de mi casa. No es el mejor barrio de Barcelona, pero tampoco cualquiera se atreve a meterse con nosotros.

Las escaleras están llenas de basura que habrá tirado algún gilipollas al pasar por el portal. Huele a edificio viejo y las tuberías resuenan sin parar.

Al abrir la puerta, Marta está tumbada en el pequeño chaise longue que ocupa casi toda la estancia.

—Coño, Nico, ¿estás bien? —suelta mientras viene corriendo a abrazarme.

Ese olor a cerezas con melocotón se me mete en el cerebro y me lleva directamente a otro sitio.

Al aeropuerto. Hace un año. Hugo estaba preocupado, no le gustaba que viniera porque sus padres no sabían la situación real aquí.

Con su padre ni siquiera se habla. Cuando la vi salir por esa puerta casi me caigo sentado.

El pelo negro rizado cayéndole como una cascada por la espalda, esa sonrisa que hace que un día de mierda se ilumine del todo, esa expresión de calma que tiene incluso cuando está nerviosa.

Y además no era todo físico —aunque físicamente me dejó sin palabras—.

Marta es paz en la tormenta. Una loca de cuidado, de las que siempre me gustaron.

De las que te complica una tarde en menos de nada, pero que también te ayudan en todo.

Que si hay que pegar a alguien, ella también arrima el hombro.

Supe ese día que estaba jodido.

—Bien no está, Marta —responde Hugo.

Ella le da un coscorrón y él sonríe.

—Está bien, no te agobies. Trae el botiquín, anda.

—Estoy bien, enana, no te preocupes. Me he pulido a ese capullo .

Hugo se ríe.

—Digamos que has ganado. Porque lo de pulírtelo...

Siempre me hace quedar mal. Menudo mamón.

Marta vuelve corriendo con el pijama de ositos medio descolocado, bajándosele la tira de la camiseta. Es tan sexy que por un segundo el dolor desaparece. Tengo que controlarme.

—Tenéis que dejar esa mierda. ¿No podéis ir a un gimnasio a boxear como todo el puto mundo?

—Poder, podemos —dice Hugo—, pero hay que pagar las facturas, Marta.

Y tiene razón. Esto es una mierda. Cada semana lo mismo, siempre acabamos hechos una mierda, y más las pocas veces que la policía ha podido pillarnos.

Marta se sienta casi encima de mí para curarme las heridas.

Coge el algodón y el alcohol del botiquín sin mirar, como quien repite una coreografía aprendida de memoria.

El primer roce del algodón en la ceja quema y aprieto la mandíbula para no soltar nada delante de Hugo.

Tarda un segundo en calmarse el escozor, y entonces lo único que queda es el frío húmedo de su mano cerca de mi piel.

Yo trato de no pensar en lo cerca que está y en lo mucho que me cuesta no hacer nada al respecto. Cierro el puño sobre la rodilla y aprieto hasta que duele, una forma estúpida de tener las manos ocupadas en otra cosa que no sea tocarla.

No tengo nada con Marta ni lo voy a tener. Es la hermana de Hugo. No se me pasa ni por asomo por la cabeza. Pero lo que siento por esa tía no es ni medio normal y cada día que pasa se me hace más difícil convencerme de lo contrario.

—No sé si tendrás rota la nariz.

Hugo aparece por detrás con una cerveza en la mano, me agarra el tabique con fuerza y lo mueve ligeramente. Después de los dedos cuidadosos de Marta, la brusquedad de Hugo es casi un alivio, porque al menos con él sé exactamente qué esperar.

—¡Hostia! ¿Estás loco, cabrón? Joder, lo que duele.

—No está rota, pero casi. Tienes que aprender a defender mejor, tío —dice mientras se sienta a mi lado.

Suspiro. Me duele que te cagas. Pero yo tampoco creo que esté rota. No es la primera vez que me la rompen y el dolor suele ser diferente.

—La defensa tampoco es tu fuerte. Hoy tuviste suerte, Huguito.

—¿Suerte? Anda ya... Maroña era mucho peor que el tuyo.

—Mira que eres creído, Hugo.

—¿Vais a dejar de mediros la polla? —pregunta Marta—. Porque luego venís aquí a que os cure las heridas y estoy harta. Tenéis que dejar eso ya.

—Martita, deja el tema. ¿Vale? —contesta Hugo bastante cabreado.

Hugo quizás pueda dejarlo pronto. Es muy bueno boxeando, además de que sus padres tienen pasta.

Es cierto que ellos no sueltan un euro porque Hugo es un terco de pelotas, pero si quisieran, vivirían en un chalé y no en este piso destartalado.

Lo mío ya es otra historia. No creo que pueda dejarlo nunca .

—Tenemos que llamar a Gusano —le digo a Hugo.

—Sí, pero mañana. Hoy, si andaba la poli por ahí, no es buena idea acercarnos.

—¿Habláis con un tal Gusano? Alucino con vosotros dos. Menudo par, madre mía.

Gusano es el que mueve las apuestas ilegales.

La única norma es no apostar en las peleas que haces tú mismo.

Pero Hugo y yo apostamos el uno al otro y así vamos sacando pasta.

Alguna vez perdemos, tampoco es que seamos unas máquinas, pero poco a poco vamos tirando.

Muchas veces he pensado que era esto o dedicarme a la droga, y después de lo de mi padre me quedo con esto.

—¿Te quedas a cenar, Nico? —me pregunta Marta desde la pequeña cocina que está casi al lado del sofá.

—¡Se queda! —grita Hugo desde la habitación mientras se cambia—. No creo que sea buena idea que vayas con tu padre con la cara que tienes hoy. Mándale un mensaje a tu madre.

Hugo tiene razón. Siempre que aparezco con signos de pelea y mi padre está borracho acabamos llegando a las manos. Hugo ha tenido que interceder alguna vez. Lo mejor es que me quede aquí.

—Puedo dormir contigo, Marta —le digo levantando las cejas.

Ya me gustaría, madre mía si me gustaría.

Se queda un segundo callada, un segundo de más, mirándome antes de volver la vista hacia la sartén.

—Me gusta dormir sola —me dice, pero noto que se queda como intranquila.

—Ni de coña —dice Hugo desde lejos .

Él piensa que lo digo de coña. Ojalá fuera solo eso.

Marta saca una tortilla de patatas de la cocina que huele a gloria. Es que esta chica es perfecta en todo y yo tengo que dejar de tener estos pensamientos porque un día voy a tener un problema muy gordo.

Mientras cenamos solo pienso que estoy muy jodido, y cada día un poco más. Y no solo porque tenga la cara llena de hostias.

—¿Le escribiste a tu madre? —me recuerda Hugo.

—No, le escribo ahora. Tampoco creo que le preocupe en exceso que no vaya a dormir.

—No digas gilipolleces. Sabes de sobra que sí que le preocupa. Tu madre hace lo que puede, Nico. Lo sabes.

Hugo adora a mi madre, ha habido momentos en que he llegado a pensar que se la tiraba. Esa imagen me resulta cuando menos complicada de imaginar, pero siempre la está defendiendo. Aunque bueno, mi madre es buena mujer. Y qué coño, está bastante buena.

Le escribo.

Nico: Mamá duermo en casa de Hugo. Te quiero.

Madre de Nico: Ok.

Qué tipo de contestación es un Ok a tu puto hijo. Seguro que mi padre le está dando la noche, como siempre. Paso del tema.

Menuda vida de mierda tan bonita.