33. Lane #3
Sin darle tiempo de responder, la agarro de las medias y le levanto un poco la falda para encajarme mejor entre sus muslos.
—¿Algo así? —exhalo mientras la hago deslizarse hacia delante y atrás contra mí.
—Muchas cosas como esa, exacto.
Nuestros movimientos se intensifican y, justo cuando me siento al límite definitivo de perder el control, clavo las palmas bajo sus nalgas y le doy un impulso hacia delante para ponerme de pie. Me cruzo con su mirada inquisitiva.
—Aquí no —logro decir, casi sin aliento—. Esta vez, que no sea en un sofá.
Vuelvo a sus labios sonrientes y la llevo hacia una habitación accesible a través del jardín. No tengo nada en contra de atravesar el salón abarrotado, pero alargaría el trayecto.
—Date prisa —la oigo jadear.
He tenido tiempo de imaginarme con ella, de fantasear sobre lo que haríamos, de temer haberlo perdido todo.
Un tiempo infinitamente largo que vuelve mis besos apasionados y mis caricias ansiosas.
Pero la impaciencia por besarla y tocarla ya se ha convertido en algo mucho más profundo, a la altura de esos sentimientos que apenas estoy aprendiendo a domar.
Es una locura. ¿Cómo he podido tardar tanto en estar listo para quererla?
Respira fuerte, y su caótico aliento golpea mi lengua.
Todavía apretándola, apoyo una rodilla en la cama, que se hunde al dejarnos caer en el colchón.
A pesar de que la amortiguan las capas de ropa de los invitados, las presiones de nuestros cuerpos me llevan a girar la cabeza; y, cuando ella me aparta de repente, pestañeo para reencontrar mi centro de gravedad.
—¿Qué?
—Desnúdate. Ya mismo.
Obedezco en tiempo récord. Cuando termino por tirar mi camiseta al suelo, me doy cuenta de que Lois todavía lleva puestos el vestido y las medias. Me examina apoyada sobre los codos.
—Es la primera vez que te veo completamente desnudo —susurra, mirando fijamente mi miembro.
—¿Y?
—Si te hubieras presentado desnudo ante mí, habría aceptado tus disculpas sin dudarlo.
—Mierda, de haber sabido que bastaba con lucir este Supercuerpo para que te enamoraras de mí...
Las palabras se me han escapado demasiado rápido, y abro la boca queriendo recuperarlas, pero Lois se me adelanta.
—¡Ya estaba enamorada de ti antes de eso, pedazo de Supercretino engreído! Por eso me dolió tanto tu reacción.
Debo de haber estado ciego, y me juro enmendar mis errores cada día a partir de ahora.
—Bueno, qué, ¿a qué esperas para quitarme las malditas medias? —se apresura a añadir al ver mi turbación—. Me aprietan la cintura y...
Caigo sobre ella antes de que pueda terminar la frase.
—Escúchame bien, Lois —le susurro mientras deslizo dos dedos bajo la goma elástica de las susodichas medias—.
Ya que te importa tanto el folleteo, te voy a dar el final que deseas.
Y, cuando ya hayas gritado mi nombre tres veces, podremos pasar a las declaraciones asquerosamente sentimentaloides... ¿Te parece bien?
Tuerce la boca y mira al techo, perdida en sus pensamientos, antes de volver a mirarme a mí.
—¿Tres veces? ¿Esta semana o en una sola noche?
—Eso suena a desafío...
Le deslizo las medias hasta los tobillos y recorro su espalda con las manos hasta llevarlas a la cremallera de su vestido.
—¿No respondes nada? —pregunto a la vez que detengo mi gesto—. ¿Todavía te parece demasiado romántico?
—¡Oye! Pero ¿esto qué es? Las otras veces no te dedicabas tanto a hablar.
Se endereza con tal fuerza que su frente choca contra mi mentón. Se contonea, se quita la ropa a la velocidad de la luz y me tira del cabello de forma que ambos volvemos a caer hacia atrás. Me da el mejor beso del mundo antes de volver a interrumpirse.
—¿Quieres todo conmigo? —me pregunta con voz suave.
—Después de haber leído mi guion, ¿todavía te sigues preguntando eso?
—Quiero oírte decirlo.
— Sin freno contigo, sí.
—Perfecto, ¡pues ya podemos acabar!
—Soy una malísima influencia para ti.
—¿Y eso es un problema?
—¡Claro que no, joder!
Cuando volvemos a la fiesta miles de años más tarde, Lois se precipita sobre el bufé, y yo me muero de risa al verla fusilar con la mirada a todo aquel que se interponga entre ella y las pizzas . Sigo observándola cuando me encuentro de repente rodeado de mis mejores amigos.
—Colega, esa camiseta que llevas... No puedo contigo —me lanza Lewis con una mueca—. ¿Llevar eso en público? Qué vergüenza.
Sonrío. Lois sigue siendo el centro de mi atención.
—Y ya lo tenemos transformado en el típico novio ciego de amor —se queja con un suspiro.
—¿No estará mirando más bien esa magnífica piñata? —bromea Don.
—¡No me tires de la lengua con esa piñata! —grita Lewis con una voz sobreaguda.
—¡A mí me parece perfecta! —se defiende Adam mientras esquiva una patada.
—Parece que tu guion ha dado sus frutos —comenta Carter agachando la cabeza—. No me digas que ahora quieres meterte en el mundillo de las comedias románticas.
—No te preocupes; esta será la única.
Lois exhibe su porción de pizza en mi dirección antes de darle un mordisco.
—La primera y la única.