34. Lane
Lane
Acabo de detener el coche en la acera cuando una Lois de mejillas escarlatas se lanza contra mi ventanilla.
—¡Llegas tarde! ¡Llevo esperando bajo un sol de justicia un cuarto de hora, tengo la camiseta de los Buckeyes empapada de sudor y se me está pegando el pelo a la frente!
—Si te hubieras quedado en casa, no habrías tenido que esperarme.
—¡Has llegado tarde a propósito! ¡Seguro que sí!
—Te aseguro que no. Sube.
Arruga los ojos para mostrarme que lo duda, da la vuelta a mi vehículo y se instala en el asiento del copiloto mientras refunfuña. Justo cuando va a abrocharse el cinturón, le atrapo la mano.
—Si te digo que subas, me refiero a encima de mis rodillas.
—Primero, me muero de calor, así que ni hablar de refrotarme contigo. Segundo, estamos en mitad del campus, Lane. Sabes lo que te hará el decano como él o uno de sus espías te vea dándote un revolcón en tu coche en esta hermosa tarde de junio.
—¡Acércate, mujer!
Se queda inmóvil en su asiento unos segundos, como desafiándome, y luego acerca el cuerpo a mí para que pueda rodearle las mejillas con las manos y deslizar la lengua dentro de su boca.
—¿Crees que Don se enfadará si nos perdemos el primer tiempo? Tengo que hacerte el amor ya mismo.
—Es el último partido de la temporada. Te matará si no estás ahí para animarlo desde el primer momento.
—Los Buckeyes ya son campeones. ¿Qué sentido tiene este partido amistoso que no cambiará nada en la clasificación?
—¡Venga, hombre!
Me planta un beso rápido en los labios y se sienta correctamente. Durante el trayecto, la escucho mientras me va hablando de sus exámenes y poniéndome al día de Esperanza y Prudencia.
Una vez en el aparcamiento del polideportivo, vuelvo a intentarlo.
—Venga, uno rapidito...
—¡Cuando acabe el partido! —me corta, y sale del coche.
—¡Lois mala!
Salgo yo también, le paso un brazo por encima de los hombros y la guío hacia la entrada.
Una vez instalados en nuestros asientos, vemos a ambos equipos hacer su entrada en la pista.
Don nos ve inmediatamente, así como Lewis, quien chilla un «Loiiis» sobreagudo.
Su grito atrae la atención de Kirk, quien sobrevuela las gradas con la mirada hasta caer en mi cara de pocos amigos.
Me pica el dedo corazón, pero opto por un ataque más doloroso.
Apoyo el codo en el respaldo de Lois y le coloco un mechón de pelo oscuro detrás de la oreja antes de mordisquearle el cuello.
—¿Se te hace raro volver a ver un partido de baloncesto?
—No. Me encanta el ambiente, y le he prometido a Don que gritaría su nombre con las tetas al aire.
—Pues va listo, porque son mías. Y, por cierto, hace tiempo que no juego con ellas.
Deslizo los dedos por su pelo y la beso sin cesar. Puede que incluso sobreactúe un poco, solo para fastidiar a Kirky el Imbécil.
—Déjame respirar un poco —se ríe ella, y me aparta la cara—. No piensas en otra cosa... Y tampoco hace tanto. Recuerdo perfectamente que anteayer las mimaste bastante.
—¡Fue anteayer, Lois! ¡Es una tortura! Vuelve a casa —repito por enésima vez.
Aprieta los labios mientras niega con la cabeza.
«¡Condenada chiquilla!». Ya hace casi cuatro meses que estamos oficialmente juntos, pero esta cabezota no da su brazo a torcer y continúa negándose a venirse a vivir conmigo.
Prefiere que vayamos despacio, y sigue instalada en la habitación de Becca con Carrie.
—Ya te he dicho que me quedaré en la residencia hasta las vacaciones de verano y de ahí no me bajo. No hay nada que puedas decir que me haga cambiar de opinión. Es demasiado pronto para vivir juntos.
—¡Vivimos juntos desde septiembre!
—Entonces no éramos pareja.
—¡Tanto da!
—¡Que no!
Un gong anuncia el inicio del partido, mis mejores amigos se activan y yo vuelvo a Lois.
—Todavía te estás vengando, ¿no?
—¡Que no! —repite—. Me estoy forjando como una mujer joven e independiente.
—Déjate de tonterías. Ya eres esa chica y te quiero tal como eres. No hay necesidad de hacer eso.
—Tres semanas. Solo quedan tres semanas hasta el final del año lectivo. Así tendrás tiempo para prepararte psicológicamente a mis gustos en cuanto a decoración. He visto unos pufs de lana la mar de cucos que combinan muy bien con tu sofá.
—Quizá podríamos empezar por la habitación de Mike...
—¿Te sientes preparado?
Me gustaría que resultara así de sencillo, pero necesito tiempo y a una Lois para avanzar en esa dirección. De todas formas, ya solo el hecho de pensar en ello es un paso enorme.
—No, pero eso ya vendrá en cuanto vuelvas a vivir conmigo.
Sonrío mostrando los dientes y ella abre los ojos como platos, incrédula.
—Eso está feo, Lane. ¡Muy feo! ¡Utilizar la habitación de tu hermano para hacerme chantaje emocional! ¡Qué vergüenza!
—¡Ay! Maldita sea, ya se te ha pegado la frasecita...
—Se lo voy a decir a mi padre —prosigue en el mismo tono—. ¡Se alegrará muchísimo de tener por fin una ocasión para sacarte la pipa cuando vayamos a Fort Myers en agosto!
—¿Que vamos a tu ciudad en agosto?
—¡Ah! ¿No te lo había dicho? —replica con malicia—. Vamos a pasar el mes entero allí, y tú vas a dormir en la habitación de mi abuelo. La cama de hospital sigue donde siempre: le he dicho a mi madre que dormiste como un bebé.
—Ya me he camelado a tus hermanos. ¿Seguro que quieres jugar a eso?
—Déjame ver el partido —cambia de tema, y desvía su atención a la pista.
Esta chica que me ha robado el corazón va a acabar conmigo un día. Por lo visto, soy masoquista, porque la atraigo hacia mi costado, le beso la sien y me concentro en el partido.
Casi al final del primer tiempo, un repentino alboroto cerca del banquillo de los Buckeyes me hace apartar la vista del partido.
Don nos ha conseguido unos asientos muy bien situados, así que tengo una vista perfecta de toda la pista desde aquí; enseguida veo el origen del revuelo.
Donovan, en cambio, está demasiado concentrado en su tiro como para darse cuenta de lo que se le viene encima.
Oigo a Lois gritar a mi lado, y un eco se extiende entre el público. Me levanto, con la camiseta empapada de un sudor frío. Salto las tres filas de gradas, empujando a los espectadores curiosos que se interponen, y aterrizo en la cancha.
—¡Don!
Lewis grita su nombre al mismo tiempo que yo, haciendo que nuestro amigo por fin se dé la vuelta, y su rostro se descompone al comprender lo que está pasando.