Sin freno (Campus drivers 1) 33. Lane #2
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33. Lane #2

—Estabas dispuesta a hacer lo que fuera para volver con él. No tuviste esa consideración conmigo.

—No me puedes reprochar eso. ¡Era una gilipollez por mi parte!

Ya era hora de que evolucionara, de que dejara de vivir a través de los demás.

Al final, todo lo que me ha pasado en unos meses ha sido una terapia de choque.

He aprendido mucho, y me niego a repetir los mismos errores.

No debo cambiar para adaptarme a nadie; soy algo más que la novia de alguien.

Su tono no suena desagradable, sino tranquilo y seguro.

Está diferente, más madura, y me divido entre el orgullo y el desánimo.

Primero con Kirk y luego conmigo, parece que ha suprimido a los hombres de su vida para vivir plenamente la suya.

Qué suerte que se haya convertido en lo que le aconsejaba que fuera cuando la acogí.

Me alegro por ella, aunque me esté destrozando por dentro.

—Y, ahora que ya soy consciente de ello, tenemos que hablar de esto.

Se pasa una mano por la espalda y se saca del cinturón un puñado de folios enrollados.

Cuando me lo da, mis dedos se cierran sobre él con violencia.

Mi corazón bate todos los récords de pulsaciones mientras leo mi desesperado guion.

He transcrito tantas cosas en él... Es el momento de la verdad; ya no tengo nada que perder.

Abro la boca para empezar, pero Lois se me adelanta.

—Francamente, Lane, yo lo siento, pero...

Sus palabras logran frenarme.

— ¡... lo que cuentas en la página diecisiete no se parece en nada a lo que pasó!

—¿Cómo?

Dicho esto, me arranca el guion de las manos y me golpea con él antes de empezar a pasar las páginas. En cada una de ellas, entre los renglones y en los márgenes, distingo decenas de anotaciones.

—¡Y aquí, lo mismo! —insiste con una voz ultrajada—. ¡Yo nunca he dicho eso!

Sigue señalando todo lo que he escrito y que no le parece bien; y, cuando trata de golpearme de nuevo, yo planto la mano sobre la pila.

—¿Qué haces, Lois?

Intento aguantarle la mirada, pero me duele demasiado contemplarla desde tan cerca ahora que sé que estoy enamorado de ella. Suelta un largo suspiro, recorre el jardín con la mirada y tamborilea con los dedos antes de inclinar la cabeza hacia mí. Mierda, está aún más guapa que en mis recuerdos.

—No entiendo nada. Me tenías acostumbrada a otra cosa, y esto...

Eleva los ojos al cielo, como si se me escapara algo enorme. «¡Esta conversación no tiene ningún sentido! ¿Se puede saber qué es lo que pretende?».

—¡La banda sonora es un coñazo! Podrías haberle puesto más variedad —prosigue inmediatamente—. Aquí, por poner un ejemplo, cuando interpretas al cabrón que se niega a darse cuenta de lo enamorado que está de esta personita...

Me quedo mudo mientras ella se lleva las hojas al pecho hinchado. Me da la impresión de que está a punto de irse, así que le tiro del vestido para atraerla hacia mí. Tan cerca que nuestras piernas se tocan.

—Eres el tío más complicado que he conocido jamás —susurra.

—Te estabas quejando de mi banda sonora. Continúa.

—Yo ahí vería bien una canción de Rihanna para añadirle un poco de tensión. Hate That I Love You , ¿por qué no?

—¿Qué más? —pregunto sin dejar de mirarle la boca.

—La última parte no pasó. ¡Has cambiado toda la escena de la bronca y te has inventado el final! Ese día no te explicaste: te pusiste a gritarme y te fuiste.

Todo el guion es verídico, salvo por el momento en el que la encontré en la habitación de Mike. He corregido mi cagada monumental para que se dé cuenta de hasta qué punto estoy arrepentido. Y me he tomado la libertad de añadirle un final feliz en el que todavía tengo esperanzas.

—¿Qué te parece el final alternativo?

—En general, lo encuentro demasiado sentimentaloide. ¿Dónde está el folleteo al que me tenías acostumbrada?

—¿Perdón? —Me ahogo con mi propia saliva—. ¡Si eras tú quien te quejabas desde el principio de que me faltaba romanticismo!

—Sí, bueno, pero ¡hay bastante diferencia entre ser un tío romántico y un mormón! ¿Dónde está el folleteo? Me has tenido engañada todo este tiempo.

Hace una pausa teatral antes de proseguir:

—Qué vergüenza.

Sacudo la cabeza en todas las direcciones en un intento de encontrarle un orden y un sentido a lo que me está diciendo.

—Tú... Espera, primero de todo: vas a dejar de juntarte con Lewis.

—Eso me parece complicado —se ríe encogiéndose de hombros.

—Segundo... ¿Complicado?

—Ajá —asiente con una sonrisa—. Venga, sigue, sigue. Me encanta oírte dándome órdenes que no pienso acatar jamás.

Le pego la palma a la boca para que me dé un minuto de respiro. ¿Me está perdonando o rechazando? En lugar de estarse quieta, noto cómo sus labios se mueven por debajo de mi mano y cómo la punta de su lengua se hunde en ella.

—¿Qué esperas de mí? —me oigo pronunciar.

Ella alza una ceja, como si me estuviera diciendo: «Venga, cariño, no te vas a librar tan fácilmente». Luego, aleja mi mano para poder hablarme.

—¿Que seas capaz de usar esa boquita tuya como es debido? Una pista: ahora sería el momento perfecto.

¿Quiere que la use para hablar o para besarla?

«¡Joder, O’Neill!». Tengo el corazón desbocado, los ánimos por los suelos, pero no pierdo más tiempo en debatirme.

La agarro por la nuca y hago desaparecer sus labios en los míos.

La beso como si fuera la primera vez, porque sí, en cierto modo, es un primer beso verdadero.

No es algo inesperado e inexplicable; no es una excusa tonta. Es todo lo que deseo.

—Esperaba que me hablaras, no que me metieras la lengua —me suelta, y aleja la cara.

—No estaba claro...

Me aferro a sus caderas, y me acerco a ella tanto como puedo en un gesto casi frenético.

Ella no me rechaza, así que la abrazo más fuerte, respiro su aroma y vuelvo a la carga.

Estoy seguro de que hay muchas cosas que puedo decirle con mi lengua en su boca.

Ella suelta una risita, me rodea las mejillas con las manos y me somete a un ritmo más lento.

Me encanta, joder. Podría seguir así indefinidamente sin tener que pararme a respirar.

No sé si entiendo lo que está pasando, pero me deja besarla durante mucho tiempo y con eso me basta.

Decido parar cuando siento la lengua demasiado aturdida para continuar como el momento se merece.

—No creas que te vas a librar tan fácilmente —dice mientras recobra el aliento—. Ya no soy la Lois buenecita con mal de amores, varada en un sofá. Hace falta algo más que un guion poco fiel a la realidad y un beso para convencerme.

Mis piernas parecen de gelatina, así que la llevo al banco para que pueda sentarse a horcajadas en mis rodillas. Tengo mucho que decirle, pero me doy el gusto de disfrutar de este instante. Le rodeo la cintura con los brazos y apoyo mi frente contra la suya.

—Eres un auténtico rompecabezas, Lane O’Neill. No sé si lo sabes.

Asiento y la abrazo con más fuerza. No volveré a dejar que se aleje.

—Lo estropeaste todo...

—Lo sé.

—Tuve que leerlo tres veces para convencerme de que venía de ti, para entender tu retorcido cerebro. Contigo, es todo o nada.

—Soy así, Lois... Pero ¡puedo mejorar! —me apresuro a añadir.

Ella frota su nariz contra la mía y me impide que la bese plantándome el pulgar en la boca.

—¿Sabes?, lo habría entendido...

Entiendo enseguida a qué se refiere. Tomo una breve inspiración y abrazo la parte baja de su espalda.

—Lo de Mike, lo de su habitación, lo habría entendido si me lo hubieras explicado —precisa ante mi silencio—. Entiendo tu dolor, Lane...

—Me arrepiento de haber tardado tanto en decírtelo y de haberlo hecho de esa manera —murmuro, y lo acompaño de minúsculos besos en las comisuras de su boca—. No me esperaba que tú fueras exactamente lo que necesitaba. Lo que necesito.

Traga saliva y un brillo se enciende en sus pupilas.

—¿Sabes qué? Dejemos el resto de esta conversación para mañana. Me hablarás de Mike: quiero saberlo todo de él. Seguro que era mucho más simpático que tú.

Una risa agradable me sacude el pecho. Oírla evocar a mi hermano ya no me deja el regusto amargo de siempre, y me sienta de maravilla.

—Vale, nada de eso esta noche. ¿Se te ocurre otra cosa?

—¿Qué tal si corregimos tu porquería de guion? —me propone con malicia.

Me echo a reír e inclino la cabeza hacia atrás.

—¿Quién es usted? Yo conocía a una Corazoncito Roto tímida y reservada, y ahora resulta que me he topado con una...

—Como digas «actriz porno», te pateo el culo. No me lo pensaré dos veces.

—«Culito Roto». Con ese nombre artístico, triunfarías en el sector —le sugiero, agachando la cabeza como si lo pensara de verdad.

—Te veo muy inspirado —bromea arqueando una ceja.

Le sonrío, y mis manos se posan en sus mejillas para atraer su cara hacia la mía.

—Cuánto te he echado de menos, joder...

La beso con un fervor recién encontrado, provocándole una retahíla de suspiros hiperexcitantes.

—¿Eso significa que estoy perdonado?

—Te doy una oportunidad, pero vas a tener que esforzarte el doble, cariño.

—Para empezar, ¿qué sugieres que le añada a ese final que dices que es aburrido?