Sin freno (Campus drivers 1) 33. Lane
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33. Lane

Lane

Al llegar ante la villa alquilada para el tan esperado cumpleaños, estoy al borde de un ataque de nervios. Adam y Lewis me abren la puerta antes de que mi dedo alcance tocar el timbre. Esbozo un intento de sonrisa en mi cara tensa.

—¡Feliz cumpleaños, caraculos!

En unas horas, va a empezar la fiesta del cuatrienio.

No me apetece en absoluto, pero mis mejores amigos no merecen que se la arruine.

Ya he echado a perder demasiadas cosas de esa forma, y me toca aparentar un poco para enmendar mis errores.

Mi guion, por cierto, no ha solucionado nada.

Lois no ha hecho acto de presencia, lo cual lo dice todo, en vista de lo que contiene.

—¡Gracias, Laney! —grita Lewis.

Los falsos gemelos se hacen a un lado para dejarme entrar, y Adam me lanza una mirada penetrante a la que respondo con un gesto negativo.

—He intentado llamar a Lois para saber si pensaba venir, pero he dado con su contestador —me informa con una voz compasiva.

—Ya me he resignado.

En realidad, eso no es cierto: continúo albergando la puta esperanza de que se presente aquí y me perdone.

—Vamos a esperar un poco antes de beber para olvidarla —concluye Adam, indicándome que lo siga.

Le echo una mano a Don para colgar el horror de pancarta que ha escogido para homenajear a nuestros amigos, preparo manteles e inflo globos como si estuviéramos celebrando el octavo cumpleaños de un niño gigante. «Pórtate bien, Lane».

Marco el compás con el pie en el inmenso comedor. Sin apartar la mirada al ventanal, me crispo con la llegada de cada invitado que va llegando a cuentagotas. Son un montón: ¡Lewis ha invitado a todo el equipo de baloncesto y a la mitad del campus!

Para ser de utilidad, ayudo a los demás a poner platos en las mesas. Una vez que todo está en su sitio, vuelvo con mis amigos, quienes están reunidos cuchicheando a unos pasos de mí.

—¿Qué os pasa?

—Acaba de llegar Lois —carraspea Don, señalando el vestíbulo con un movimiento de cabeza.

Suelto una larga exhalación y me froto las manos. «Ha venido. Es buena señal, ¿no?».

No me doy la vuelta todavía; me tomo tiempo para planear cómo la voy a abordar.

Justo cuando estoy inspirando hondo y preparándome para acercarme, Carter me planta la palma en el torso.

—Con Kirk —añade con una mueca.

Esta frase me resuena como un gong destructor en la cabeza, y sigo la dirección que me señala mi amigo. Tengo ganas de volcar la mesa, pero me obligo a moderarme frente al resto. ¡Yo me lo he buscado, y tampoco resolverá nada!

No pensaba que algo así pudiera doler tanto; ahora comprendo mejor el estado de Lois cuando la encontré en las escaleras después de su ruptura.

Me acerco al bar y me sirvo una cerveza de barril.

Me siento tentado de meter la boca debajo del grifo y beber hasta no poder pensar, pero un movimiento a mi izquierda hace que mis dedos se cierren alrededor del vaso.

No necesito mirar para saber que se trata de Lois.

Soy consciente de su existencia como nunca lo he sido, cosa que no hace sino avivar el fuego que siento en el pecho.

Necesito un poco más de alcohol antes de poder hablar con ella, así que me alejo lo máximo posible y me detengo cerca de un grupo de jugadores de baloncesto.

Lewis y Don están hablando del campeonato y de sus posibilidades de ganarlo. Intercambio cuatro trivialidades, y doy conversación a varias chicas ya contentillas.

El tiempo avanza a paso de tortuga sin que yo encuentre un buen momento para acercarme a la única en la que puedo pensar. Hago girar el líquido en mi vaso con un gesto distraído hasta que alguien me empuja y me hace verterme la mitad sobre los pies.

—Lo que faltaba —gruño al reconocer a la persona que acaba de arruinarme mis zapatillas preferidas.

Kirk me lanza una mirada sombría y no se disculpa.

—No es culpa mía que siempre estés en mi camino.

—Imbécil —le digo con todo mi odio.

Cuanto más lo miro, más ganas me entran de pegarle. Debe de verlo en mi cara, porque da varios pasos atrás. Mis piernas se ponen en movimiento sin que me dé cuenta, y es Don quien me impide que vaya más lejos al interponerse entre nosotros.

—Tranquilo, Laney. Darle una hostia a su novio no te hará ganar puntos con Lois.

Tiene razón, pero, ahora que lo tengo delante, sé que no puedo seguir siendo el amigo del alma de Lois. Ya la he perdido, así que al menos puedo darme ese placer.

—¡Venga, vamos!, solo esta vez —replico, dándole golpecitos en el brazo.

Él arruga la nariz mientras evalúa la situación.

—Está en el equipo. Como capitán, se supone que debo respetarlo. —Habla con voz tranquila—. Lewis, es tu cumpleaños, ¿tú qué dices?

—No muy fuerte, que lo necesitamos para los partidos —intercede con un tono de disculpa—. Tampoco me lo dejes cojo.

Don me apoya las palmas de las manos en los hombros y, como si fuera el peor actor del mundo, se pone a chillar:

—¡No, Lane! ¡Es mi compañero de equipo, no hagas eso!

Me guiña el ojo antes de apartarse de mi camino. Mis labios se estiran y, en cuestión de un segundo, mi puño se ha estrellado contra la cara de Kirk.

—¿Estás chalado o qué? —vocifera mientras se lleva una mano a la nariz.

—Llevo mucho tiempo queriendo hacer eso —respondo con una voz pausada.

Ha estado casi tan bien como me lo había imaginado.

Él cierra el puño, dispuesto a responder.

—Venga, Kirky —lo animo mientras doy saltitos con ambos pies—. Tú también tienes ganas. ¡Date ese gustito!

—¡La madre que te parió, Lane O’Neill! —ruge una voz irreconocible.

Me giro con el rostro sorprendido hacia Lois.

Está furiosa, y Kirk aprovecha mi falta de atención para infligirme un ataque furtivo que me golpea en el pómulo.

Una ola de calor inunda todo mi cuerpo, así que me quito el jersey con un movimiento brusco para abalanzarme sobre él.

Todavía no lo he alcanzado cuando me interceptan unos brazos.

—¡Hemos dicho que solo un poco, tío! ¡No seas avaricioso!

Don y Lewis me empujan hacia el ventanal y me sacan al jardín a la fuerza.

El aire fresco no basta para bajarme la temperatura, pero al menos me aclara un poco las ideas.

Ignoro el alboroto que he creado dentro y me desplomo en uno de los sofás del jardín.

Me quedo varios minutos escuchando el murmullo de la fuente que tengo enfrente hasta que, de pronto, otro ruido lo acalla.

Plas, plas, plas.

Con los codos apoyados en las rodillas, miro en la dirección del sonido, y se me tensa el abdomen. Lois se acerca paso a paso, al ritmo de sus aplausos.

—Tú sí que tienes sentido del espectáculo —entona mientras sigue acercándose—. Conociendo a Adam y a Lewis, me esperaba a un payaso malabarista y a una bailarina de striptease .

—¿Se la he roto?

Me refiero a su nariz.

—Ni idea. Siempre ha tenido una tocha muy rara.

«Aun así, te gusta».

Se queda inmóvil a mi derecha, de pie, observándome de una forma que no puedo definir.

—Bonita camiseta —aventura señalando mi pecho, sobre el que se extiende una enorme « S ».

Cuando, hace un rato, me he dado cuenta de que me había puesto la camiseta de Superman que me regaló por Navidad, me ha parecido que necesitaba dejármela puesta. Ahora que ella la está contemplando, espero ver una reacción por su parte. Pero solo pestañea y me mira a la cara.

—¿Te ha sentado bien arrearle? —me pregunta alzando una ceja.

—Sí —me río sin ningún remordimiento—. Me moría de ganas.

Me estudia con la mirada, y daría un ojo de la cara por saber lo que está pensando, por saber qué le parece que acabe de pegarle a su novio.

—De verdad que eres... —Deja la frase inacabada.

Cierra los párpados, se abraza el vientre y mueve la boca como si no supiera con qué frase comenzar. Me pregunto si ahora sería el momento para confesarle que me muero de ganas de besarla.

Intento obligar a mis ojos a no mirarla de arriba abajo, pero escapan de mi control.

Ese vestido le queda genial. Es el que llevaba el día de Acción de Gracias, y me doy cuenta de que aquella noche ya la había encontrado guapísima.

Qué lástima haber tardado tanto tiempo en darme cuenta de lo que eso significaba.

—¿No quieres sentarte? —murmuro, dando golpecitos en el cojín que tengo al lado.

—No sé. No tengo claro si lo que quiero es darte una paliza o ignorarte.

—Sorpréndeme.

Ella alza la vista y esboza una minúscula sonrisa. Somos nosotros.

—¿Por qué le has pegado?

—No me gusta su cara —gruño mientras me masajeo el puño.

—¿Y eso es todo?

Algo me dice que me está alentando a hablar, pero no sé qué espera de mí.

—No me cae bien —anuncio con indiferencia.

—¿Y eso es todo? —repite, y se me acerca más.

—¿Cuándo has vuelto con él?

Abre mucho los ojos y se pone a jugar con un mechón de pelo.

—¿Qué te hace pensar que hemos vuelto?

—Os vi besaros delante del centro comercial.

—¿Ah, sí?

—¿Cuándo fue?

—En cuanto me di cuenta de que seguía loca por él.

No reacciono, por mucho que mi interior sea una mezcla caótica de sentimientos.

—¡O sea, que nunca, pedazo de idiota! —exclama con una voz fuerte—.

Hablar con él me ha permitido aclararme las ideas, pero cuando se me lanzó, «delante del centro comercial» —insiste con ironía—, lo mandé a la porra.

Fue el mejor día de mi vida. Sé que no está bien ser rencorosa, pero me sentó genial... ¡Me sentí como Wonder Woman!

Analizo todo lo que acaba de decir y me pongo de pie.

—Os vi.

—Intentó besarme, y yo le rechacé.

—Habéis venido juntos esta noche —le rebato inmediatamente.

—Hemos entrado al mismo tiempo, pero ¡eso no quiere decir que hayamos venido de la manita!

—Y, para que lo sepas, he llegado a la par que otros tres tíos más. ¿Poligamia? ¡No, gracias! Como de costumbre, te has embalado sin pensar y sin hablar conmigo.

—Me dejaste claro que ya no querías volver a hablar conmigo —replico con amargura.

—Ponte en mi lugar, Lane: te comportaste exactamente igual que Kirk. Me viste sufrir por él e hiciste lo mismo. Me trataste como a alguien insignificante sin ningún motivo. No me dejaste otra opción...