31. Lane
Lane
La llave gira en la cerradura, mientras yo estoy en mitad del salón.
Debería levantarme, pero me he dejado la motivación y la dignidad en algún lugar entre el cuarto de baño y la cocina.
De todas formas, a falta de un milagro, la única persona que podría obligarme a moverme no es la que está a punto de entrar.
No es Lois, porque dejó las llaves cuando se fue.
No es Lois, porque acabo de tirar por tierra mi única oportunidad de arreglar las cosas.
Me he escondido detrás de la muerte de Mike para justificarme.
Si bien en condiciones normales no soporto la compasión que provoca en los demás, cuando se trataba de Lois, era algo que necesitaba.
Necesitaba que comprendiera que me muero por dentro cada vez que pienso en mi hermano.
Que se diera cuenta de que es algo más fuerte que yo y que ha influido a lo largo de nuestra historia.
Mis disculpas ya habían empezado con mal pie, pero, en cuanto vi a Kirk esperándola, me desesperé. Estuve celoso por primera vez en mi vida y le dije todo lo malo que se me ocurrió. «Y ahora es demasiado tarde». Los he visto besarse y me merezco sentirme desgraciado.
¿Qué me ha impedido dar ese paso? He sido débil. Durante todo este tiempo, he preferido tragarme lo que ella me hacía sentir, pensando que así me ahorraría el sufrimiento. Tenía miedo y fui tan estúpido de pensar que es algo que se puede reprimir con facilidad.
Cuando pienso en cómo me he comportado con ella, me entran ganas de darme una paliza a mí mismo.
Ahora que he aceptado lo que siento, lo veo todo tan nítido.
Lo veo tan claro como si estuviera viendo una película: cada una de las veces en la que la he necesitado, en la que he necesitado tenerla cerca.
Esos momentos de rutina que no lo eran. Así que, aunque ella no siente lo mismo, me gustaría al menos que formara parte de mi vida, aunque signifique que tenga que verla con el imbécil de su novio.
«Joder. La he tenido solo para mí durante todo ese tiempo y la he echado».
—Mirad esto —oigo la voz de Lewis resonar por encima de mi cabeza.
—¿Está muerto? —se inquieta falsamente Adam.
—Espero que no. ¡Qué horror de camiseta! No le desearía ni a mi peor enemigo morir con esa mierda puesta —exclama Donovan.
«Qué bien, ya tenemos aquí a toda la tropa». Levanto la mano para mostrarles el dedo corazón.
—¡Está vivo! —grita Lewis.
Abro lentamente los párpados y veo enseguida a mis amigos formando un corro a mi alrededor. Me juzgan como si me hubieran encontrado en bolas en el centro de un pentagrama trazado con sangre de pollo.
—Oye, ¿tu sofá está castigado? —se extraña Lewis—. ¿Por qué lo has puesto contra la pared del fondo?
Porque ya no puedo mirarlo sin que se me llene la boca de bilis.
—La pregunta más importante es: ¿por qué estás tirado en el suelo? —inquiere Donovan.
Carter se acuclilla cerca de mí. Veo en su cara lo que está pensando: sabe muy bien el motivo por el que estoy echado como un pelele en el salón. Ahora que lo pienso, los otros tres han debido de averiguarlo también. Antes que yo, todo hay que decirlo.
—Echa de menos a Lois —susurra demasiado fuerte para querer ser discreto.
—¿Cuánto tiempo te va a durar la depre? —se interesa Don con una fingida tranquilidad—. No por nada, pero es que has desaparecido de la aplicación, y las clientas te reclaman. Que está bien porque yo ahora pillo el doble, pero bueno...
—Estaba ocupado en un guion —replico, sin especificar de qué género se trata.
—¿Ah, sí? ¿Cuál? —se burla Carter.
—Dejadlo en paz —interviene Adam, guiñándome un ojo.
Me ofrece una mano para ayudarme a incorporarme.
—Menuda cara me llevas, colega.
Me fuerzo por esbozar una sonrisa insolente, que desaparece en cuestión de un segundo.
—¿Deduzco que las cosas siguen tensas entre Lois y tú?
—¿Quién es esa? —intento disimular, alzando las cejas.
—Qué cansino eres, colega. Apenas nos habla desde que discutisteis —se queja Lewis—. No sé ni siquiera si vendrá mañana.
—¿Qué quieres que te diga?
—A mí, nada. Pero a ella...
Me voy a la nevera haciendo caso omiso a sus miradas intensas.
—¿Lane? —me insiste con una voz afable—. ¿A qué esperas para ir a hablar con ella?
—¡Ya lo he hecho, ¿vale?! No ha solucionado nada. —Ahogo un suspiro en un gran trago de agua—. De hecho, solo lo ha empeorado. Y, además, ha vuelto con Kirk, así que...
—¡Ay, no, joder! ¿Qué vas a hacer? —me pregunta, sentándose en la mesa baja.
—Nada...
—¿En serio? —exhala Don, adoptando la misma posición—. ¿De verdad le vas a dejar a ese cretino salirse con la suya? ¡Enséñale quién manda!
—¿Salirse con la suya, él? ¡Si es lo que ella anhela desde el principio! —rebato con rencor.
—¡Deja ya de lloriquear, tío! ¿Dónde tienes los cojones? ¡Coge el toro por los cuernos!
—Le he dicho que lo sentía, y eso no ha cambiado nada —explico con un tono crispado—. Le he hablado de la muerte de mi hermano, pensé que lo entendería, pero lo único que ha sacado de ello es que yo reaccioné demasiado tarde.
Don intercambia una mirada inexpresiva con Lewis y carraspea antes de soltarme la bomba:
—¿Le has dejado claro que, aparte de ser un cretino arrepentido, estás enamorado de ella?
Vuelvo a escupir el agua y me pongo a toser como una chimenea.
—¿Y que, si reaccionaste de forma tan violenta, fue porque te dan miedo tus sentimientos? —encadena con una horrible voz chillona.
—¿Cómo...? —Niego con la cabeza, asfixiado.
—Lane, Lane, Lane —canturrea Lewis mientras pestañea—. En tres años de amistad, he visto cómo te comportas con las chicas, y créeme que con ella no me ha quedado ninguna duda.
—¿Por qué crees que nos inventamos esa historia de Ramos Fernando? —continúa Donovan—. Francamente, desde el principio, habíamos pillado que estabais hechos el uno para el otro.
—¡No digas tonterías! ¡Al principio, apenas nos soportábamos!
—Lois Lane, colega. No podías luchar contra ello —afirma Adam encogiéndose de hombros.
—Estás enamorado de ella —repite Carter sonriendo—. Has sido el último en darte cuenta, pero me consta que sucedió desde el mismo momento en el que la encontraste en la escalera. ¿Cómo se explica, si no, dejar vivir a una chica en tu sofá durante meses? —insiste. No se baja del carro.
—El sofá —suspira Lewis—. Qué vergüenza.
—¡Os recuerdo que, al principio, no estaba de acuerdo! ¡Fue ella la que se quedó dormida aquí dos veces! Y no fui yo quien le prendí fuego a su motel para que tuviera que quedarse en mi casa.
—¿Importa acaso el momento exacto?
—No...
Recorro a zancadas el salón. Carter me inmoviliza bloqueándome el hombro con la mano.
—Es una mierda... —mascullo, y me echo el pelo hacia atrás.
—¿Por qué?
—Porque está Kirk, porque no me quiere ver ni en pintura, porque soy un idiota rematado...
—Tú también le gustas, Lane, y te puedo asegurar que se ha dado cuenta antes que tú.
—¿Tú crees?
—Confía en el doctor Carter. ¿Por qué crees que le dolió tanto tu comportamiento con ella?
—Gracias por recordarme que me porté como un cabronazo...
—Mueve el culo. Kirk va por delante, pero no tires la toalla antes de haberle dicho lo que sientes.
—Revélale lo que hay en tu corazón, querido —me aconseja Lewis.
—¡La madre que me trajo! ¿Hasta dónde hemos llegado? Sois los peores consejeros posibles, y me veo reducido a escucharos para saber cómo decirle a una chica que la quiero.
Al decir eso, brota en mí una oleada de angustia.
—¡Qué conmovedor! —se burla Don, secándose unas lágrimas imaginarias.
—¿Insinúas que no somos más que cavernícolas que piensan con la polla? —protesta Lewis con falsa indignación.
—Sip.
—¡Me va que ni pintado! —Sonríe con orgullo—. ¿A ti qué te parece, Don?
—¡Ya lo creo! Lo de las novias se lo dejo a Carter y a Lane!
Me siento tentado de decirle que no cante victoria demasiado rápido, pero prefiero que sigan sin saberlo un poco más. No tardarán en dejarse embaucar ellos también.
—¿Qué vas a hacer? —me pregunta Adam.
¿Tengo alguna oportunidad? Lois nunca me ha dado a entender que sintiera algo por mí, ¿o es que estaba demasiado ciego y obcecado como para darme cuenta? No lo veo claro, pero tampoco quiero vivir lamentándome.
—Tengo una idea.