Sin freno (Campus drivers 1) 30. Lois #3
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30. Lois #3

—Pero ¡nada! —hipeo, presa de una pena incomprensible—.

¿Sabes qué? Ahora que lo sé, es peor. Creía que te habías enfadado conmigo porque solo me tolerabas en el sofá.

Así que sí, por un lado, me quita un peso de encima descubrir que la habitación era todo el problema; y, por otro, me parte el corazón saber lo que representa para ti...

Pero lo que más me duele es saber que no me consideras a la altura de saber eso de ti. De hablarme de él...

Salgo del coche sin darle tiempo de reaccionar. Pero apenas he dado unos pasos cuando vuelve a agarrarme por el brazo.

—Te acabo de decir que mi hermano está muerto —exhala entre dientes apretados.

—Y yo lo siento mucho —le replico con sinceridad—. Si hubiera perdido a uno de mis hermanos, no sé cómo habría salido adelante. O puede que sí. Puede que hubiera elegido amigos con los que puedo contar y a los que habría confiado hasta qué punto me tortura.

—Yo no soy así —replica, y me agarra más fuerte—. No te imaginas lo mucho que me cuesta hablar de ello, pero me alivia que ahora lo sepas.

Voy a odiarme por lo que le respondo casi sin pensar, pero es superior a mí.

—Qué lástima que sea demasiado tarde.

Me suelta la muñeca, y yo aparto la mirada de su rostro atormentado. Obligo a mis piernas a ponerse en marcha. Reconozco el rugido de su motor al mismo tiempo que Kirk me llama desde la entrada. «Mierda, con tanta historia, se me había olvidado que estaba ahí».

Me detengo ante el semáforo y me tomo el lapso que tarda en ponerse en verde para observarlo.

¿Qué demonios estoy haciendo? ¿De verdad tengo ganas de pasar tiempo con él?

Tengo la impresión de estar engañándome a mí misma.

Debería darme media vuelta y volver al campus: no estoy en condiciones de ver a Kirk ahora mismo.

Como si notara mi vacilación, este zigzaguea entre los coches para encontrarse conmigo en la acera de enfrente.

—¡Hola! —me dice con un entusiasmo hiriente mientras me abraza.

—Hola.

—¿Va todo bien? —me interroga buscando mi mirada, con las manos todavía sobre mis hombros—. Te he visto con Lane. ¿Qué quería?

—Nada.

—¿Qué quería? —insiste.

Aprieto los dientes para contener las ganas de apartarlo. No soporto sentirlo tan cerca, y lo último que me apetece ahora es hablar de Lane con él.

—¿Lois?

Me recorre el mentón con un dedo y me obliga a levantar la nariz hacia él.

—Déjalo.

—No quiero que ese tío siga rondándote.

Pestañeo. La ira que por fin estaba empezando a esfumarse ha vuelto con todo su vigor. Tiene que estar viendo los surcos de las lágrimas, pero lo único que le interesa es Lane.

—¿Perdón?

—Eres mi novia, así que no tiene derecho a...

—¿Tu novia? —repito con voz ronca—. La última noticia que tuve fue que me habías dejado nada más empezar las clases, y no recuerdo que haya habido ningún cambio.

Acerca su cara a la mía y estira los labios.

—¿Qué estás haciendo? —Me ofusco y doy un paso atrás.

—Quiero hacer algunos cambios —responde, seguro de sí mismo.

Tengo ganas de abofetearlo. También me siento tentada de besarlo, para ver si eso puede borrar los últimos seis meses.

Debería intentarlo, debería tener ganas, incluso, después de todo el tiempo que he estado esperándolo.

Pero, al contemplar ese rostro que conozco hasta el más mínimo detalle, mi alma me ordena que me abstenga de hacerlo.

Kirk toma mi ausencia de reacción como una aceptación y vuelve a la carga.

Cuando su aliento golpea mi boca, le planto las manos en el estómago y lo empujo hacia atrás.

—Para, Kirk.

—¿Por qué? Sabes que significo algo para ti.

—Tal vez, pero eso no. Ya no.

—Lo siento, ¿vale? Me comporté como un cabrón. Debería haber hablado contigo en lugar de enviarlo todo a paseo. Me arrepiento, Lois, te lo juro.

—Me dejaste a dos días de empezar las clases porque querías disfrutar de la vida. Me reprochaste que estaba demasiado presente, que era demasiado yo. ¡Ah! ¡Y que estaba demasiado gorda! Ese fue el momento culmen.

—Estaba confuso, me dejé sobrepasar por mis dudas, pero me he dado cuenta de lo que he perdido —anuncia con una insoportable facilidad.

—Yo también. Me ha costado, pero he entendido muchas cosas. No pensaba que sería yo quien lo diría, pero no quiero volver contigo.

Espero sentir algo, pero no, no me viene nada.

—Es por Lane, ¿a que sí?

Un poco, sí. Pero no en el sentido que él cree.

—Es por ti —le digo mirándolo directamente a los ojos.

—¡Me he disculpado! —discute con un pisotón.

—Felicidades —le suelto yo, mordaz, y elevo los pulgares—. Mejor tarde que nunca.

—Hemos pasado cuatro años juntos —insiste como si se me hubiera olvidado.

—¡Menuda cara tienes! ¿Solo te acuerdas ahora? Si me lo hubieras pedido, te lo habría dado todo. No, de hecho, ¡ya lo hice! Y tú me diste con la puerta en las narices. No perdiste el tiempo antes de salir con otras chicas, me ignoraste, me denigraste...

—Dices eso porque sigues enfadada, pero...

—¡Digo eso porque es la verdad! Y, pensándolo bien, ni siquiera sigo enfadada. Gracias a ti, he abierto los ojos y he visto a una Lois que no me gusta. No quiero volver a ser esa chica.

«Y eso también es gracias a Lane. Al menos, habrá que concederle ese mérito».

—Estaba tan obnubilada por ti, por nuestra historia, por ese sentimiento de no ser más que la novia de alguien, que se me había olvidado quién era yo.

—Y, ahora que sabes todo eso, ¿qué te impide volver conmigo?

—Que ya no te quiero —me oigo declarar con una asombrosa sencillez.