Sin freno (Campus drivers 1) 30. Lois #2
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30. Lois #2

«Me merezco algo mejor que un sofá». Abre la boca para replicar algo, pero yo continúo con mi discurso.

—Es mejor así, Lane. Y lo sabes muy bien.

Esto ha durado demasiado tiempo; no es lo que habíamos previsto...

Me pides que vuelva porque te sientes culpable, o para paliar tu soledad, y eso no es lo que me conviene.

No quiero ser una okupa de sofás, por mucho que me haya ayudado durante un tiempo.

Se ha terminado: me hiciste un gran favor, pero ya no te necesito.

Son palabras horribles de decir, además de falsas, en el fondo, en vista de los temblores que me sacuden las manos y el corazón, pero es exactamente la dirección que debo tomar. Encaja mis palabras como una bofetada, y cierro la boca con fuerza para evitar la tentación de retractarme.

—Tú tampoco me necesitas —me siento obligada a añadir.

Suelta un largo suspiro, gira la llave en el contacto y pone el vehículo en marcha sin decir nada.

Conduce de esta manera durante una eternidad.

No me cuesta nada adivinar el barullo que deben de ser sus pensamientos.

Tengo ganas de gritarle que diga algo, pero, una vez más, una condenada vez más, se queda mudo.

El misterio O’Neill en todo su esplendor, que ya no tengo fuerzas para intentar descifrar.

—Puedes dejarme aquí —murmuro cuando llega a los alrededores del centro comercial.

Llego tarde y, aunque ya he perdido las pocas ganas que tenía de asistir, Lane se ha quedado sin cosas que decirme.

No le voy a sacar nada más, y me sienta como si me hubieran echado sal en una herida.

Por un breve momento, he creído que... Da igual.

Tengo que salir de este coche ya. Aparca justo frente a la entrada, y yo me apresuro a liberarme.

Murmuro un agradecimiento escueto y abro la puerta.

En el mismo momento en el que pongo un pie en el suelo, su mano se cierra sobre mi brazo.

—Te equivocas, yo...

—Es demasiado tarde. Ya te has disculpado, pero...

—¿Tienes una cita con Kirk? —me interrumpe de repente, y se asoma para mirar detrás de mí.

Sigo la dirección de su mirada y trago saliva al reconocer a mi ex un poco más lejos. «Siempre con el don de la oportunidad».

—Pues claro... Ahora que Kirk ha vuelto, ¿quién quiere cargar con Lane?

Su voz ha recuperado ese timbre mezquino que me atormenta desde que me fui. En otras circunstancias, le habría confesado que no hay segundas intenciones en este encuentro porque ni siquiera sé lo que quiero. Le habría dicho cosas, por muy vergonzosas que resultaran, pero acaba de perder el derecho.

—¿Te estás burlando de mí? Si fuiste tú quien...

—Venga, ya puedes bajar. Ya lo hemos hablado.

Tienes razón, me sentía culpable, pero ya estoy mejor.

Deberías darme las gracias: ¡misión cumplida!

Kirky se ha encontrado a sí mismo. ¿Ya te encuentra lo bastante delgada para echarte un polvo o te falta todavía comer un poco más de lechuga para tenerlo satisfecho?

—No hagas eso —murmuro. Siento un ardor en el pecho.

—Si lo necesitas, no dudes en pasarte por mi sofá para repetir. No estuvo mal.

Me he preguntado varias veces si lograría hacerme aún más daño que la última vez. La respuesta es sí. Tendría que irme y dejarlo solo con sus estupideces, pero quiero que entienda que se ha pasado de la raya.

—¡Te prohíbo que me hables así! —estallo por fin—.

¡No te pedí que me follaras en el sofá como si fuera un vulgar trozo de carne!

¡Te prohíbo que me consideres solo una chica cualquiera a la que tienes ganas de tirarte!

Me das asco. No me lo puedo creer, después de todo lo que hemos compartido.

Y aún ahora, sabiendo lo gilipollas que eres, ¡me cuesta aceptar que para ti nunca fui nada más que eso!

Creía que éramos amigos, ¡que te importaba un poco! Hasta llegué a creer que...

Me interrumpo; me falta el oxígeno.

—Sé que soy tonta de remate y debería dejar de desvariar ya mismo, pero te voy a decir una cosa, Lane.

Esa noche, estaba deseando que me pidieras que me quedara, porque me sentía muy a gusto en tu casa.

Contigo. Me parecía que podía ser yo misma y tenía a alguien que me entendía.

Así que sí, malinterpreté tu oferta: creía de verdad que me estabas ofreciendo esa maldita habitación...

—Yo nunca...

—¡Ya lo sé! —lo corto alzando la voz—. ¡Evidentemente, esa habitación no era para Lois! Era demasiado para los planes que tú tenías para mí. ¡Demasiado!

—Eso no es así.

—¡Ah! ¡Pues dímelo, entonces! ¡Dímelo, maldita sea! —vocifero como nunca lo he hecho.

—¡Era la habitación de mi hermano! —grita tan de repente que me golpeo la espalda contra la puerta.

Se hace un silencio eterno. Pestañeo como si hubiera perdido la capacidad de pensar.

—¿Tienes... un hermano? —No se me ocurre otra cosa que decir.

—Está muerto, ¿vale? —continúa en el mismo tono, fusilándome con la mirada como si yo fuera la responsable.

Recibo sus palabras a ráfagas y no sé qué hacer con esa información. En cuanto a él, parece torturado y aliviado al mismo tiempo.

—¡Me cabreó verte en su habitación porque era suya! —grita al viento—. ¡No puede ser de otra manera! ¡Así que deja de pensar que es por ti, joder!

—¿Yo? Pero ¡si fuiste tú quien la tomaste conmigo como si hubiera hecho algo imperdonable!

—¡Y lo era! —declara, fuera de sí—. En cierto modo.

Una risa estrangulada amenaza con escapar, pero se me atasca en la garganta.

Esa conversación no lleva a ninguna parte y me dan ganas de vomitar.

Tengo tal presión en el pecho que no dejo de tirarme del cuello del jersey.

Es aún peor de lo que pensaba. Toda mi cólera se esfuma, como si Lane acabara de accionar un interruptor, y me encuentro en una oscuridad abrumadora.

—Pero yo no sabía nada... ¿Por qué no me lo dijiste en ningún momento? ¿Por qué...?

—No podía —dice mirando el cambio de marchas—. No debería haberte hablado así, pero, al verte en esa habitación... En fin, eso es todo. Que lo siento.

—¿Eso es todo? Te has quedado totalmente desfasado —le digo con voz apagada—.

Me acabas de soltar que tu hermano está muerto, Lane.

En medio de una discusión, como si fuera la respuesta a todo.

Hace seis meses que nos conocemos, y durante todo este tiempo hemos estado viviendo juntos.

Te invité a mi casa, te presenté a mi familia, te conté cosas que no he dicho a nadie más...

Noto que me corren lágrimas por las mejillas, que me seco con un gesto lento.

—Confío en ti, ¿y tú no compartes algo así conmigo?

—¿Crees que me resulta fácil? Claro que no, pero... ¡Joder, soy yo! Pensaba que...

Me obligo a respirar. Trato de ordenar el caos de mis pensamientos, porque, al final, Lane me acaba de anunciar que perdió a su hermano, y no lo puedo relegar a un segundo plano.

—¿Cómo pasó? ¿Cuándo?

—Un accidente de moto. Hace tres años. El doce de noviembre.

«¿Un accidente de moto?». Ahora su altercado con Aaron por fin cobra sentido.

—¿Has dicho el doce de noviembre? —repito sin aliento—. Entonces, cuando me recogiste aquella noche, cuando te olvidaste de que te había invitado a cenar, ¿era el aniversario de su muerte?

Agacha la cabeza, y esta noticia despierta un silbido en mis oídos.

—Ahora lo sabes, ahora lo entiendes...

Suena como una pregunta, y la respuesta es no.

—Has tenido un sinfín de ocasiones para hablarme de ello y no me has dicho nada —confieso, tanto para él como para mí—. Me siento como una imbécil. ¿Tan horrible era decirme eso? Ni que se tratara de un secreto vergonzoso.

Una parte de mí siente la necesidad de abrazarlo, de decirle que lo siento, que yo también tengo hermanos y me puedo imaginar hasta qué punto duele...

Pero, más allá de todo, lo que más siento es un enorme vacío.

Sí, vale que Lane me ayudara cuando estaba en la ruina, pero no me ha dado más que vacío.

Pensar que no le había dado ningún significado a lo nuestro ya me dolía, pero esto es mucho peor.

Nunca me ha concedido la más mínima importancia, o me lo habría dicho.

Me empiezan a temblar las manos y, cuando me rodea la muñeca con la palma y me dirige una mirada indescriptible, dejo fluir el fuego de mi interior.

—Vuelve...

—¿Qué te has creído? —le siseo, y aparto la mano con tanto ímpetu que choca contra mi ventanilla—. ¿Que esta trágica confesión tiene el poder de borrarlo todo?

Frunce el entrecejo, sorprendido.

—No, pero...