Sin freno (Campus drivers 1) 30. Lois
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30. Lois

Lois

Después de la traición de Adam de hace quince días y el café que me propuso Lane, me he centrado en mis estudios por encima de todo lo demás.

El hecho de que me abordara igual que Kirk me recordó que ambos me han hecho sufrir.

Eso reabrió la herida que tanto me esfuerzo por curar, pero estoy orgullosa de haberlo rechazado.

Se merece el chasco mientras yo trato de evolucionar, aunque me cueste más de lo que me gustaría.

Esperanza y Prudencia se turnan para distraerme todos los martes, obligándome a compartir una botella de vino con ellas tras la clase de aquagym .

Esperaba que me interrogaran sobre mi humor voluble, que me hicieran miles de preguntas sobre Lane y prepararan una venganza para salvar mi honor, pero se contentan con contarme anécdotas de sus largas y épicas vidas.

La fuerza de sus caracteres no deja de asombrarme.

A pesar de las dos generaciones que nos separan, son las mujeres más modernas que conozco.

Escucho con atención lo que me inculcan sin saberlo, a fin de forjar a la Lois en la que intento convertirme.

No sé si ellas son conscientes. Puede que ese sea el objetivo de su comportamiento para conmigo.

¿Quién sabe? En cualquier caso, me alegro de haberlas conocido.

No he vuelto a saber de Adam hasta esta mañana.

Desearía que se hubiera olvidado de que me comprometí a echarle una mano para decorar la casa que había alquilado para su cumpleaños.

Pero, por desgracia, he recibido un SMS suyo en el que me indicaba la hora a la que pasaría a buscarme a la facultad y, si bien he redactado unos cuantos mensajes en los que despotricaba, los he borrado todos para contestar con un simple «ok».

Al entrar en su coche, lo primero que hago es mirarle fijamente.

—¿Va a venir Lane? —Dejemos las cosas claras.

—No, me tiene que traer el resto del alcohol a eso de las cinco. Te puedes ir entonces. Creo que ya habremos terminado.

Parece contrariado cuando me dice eso. Este chico es una joya; lástima que mi corazón no lo haya escogido a él.

Un cuarto de hora más tarde, aparca delante de una magnífica mansión, y siento una punzada en el pecho al pensar en esta fiesta de cumpleaños en la que no voy a poner un pie.

—Ya te has aprendido el camino para mañana —me dice mientras se quita el cinturón.

—Ya sabes que no voy a venir, ¿no?

—Ya sabes que voy a seguir insistiendo hasta que cedas, ¿no?

Me dedica una sonrisa que invoca a la mía, y lo sigo al interior de la villa.

A Adam se le da genial destensar el ambiente.

Antes de querer darme cuenta, dos horas más tarde, me estoy balanceando en lo alto de una escalera de mano, cantando a pleno pulmón. Lo hago con tanta gracia y entusiasmo que los pies se me empiezan a tambalear peligrosamente.

—¡Mierda, mierda, mierda! —grito al sentir que la gravedad se me escapa.

Agito patéticamente los brazos, oigo a Adam echarse a correr y, alabado sea Dios, me atrapa. Es rápido. Y enorme. Y musculado. Y... «Espera, ¿su olor se parece muchísimo al de Lane?».

—¡Buena recepción, Laney!

Reconozco la voz de Donovan en alguna parte. Tengo los ojos cerrados y me niego a abrirlos. «¿A qué espera para dejarme en el suelo?».

Entreabro un párpado y exhalo un «gracias» contrariado. Decido dejar de respirar cuando su perfume despierta en mí recuerdos aún demasiado frescos. Sus ojos verdes siguen sondeándome, y yo me revuelvo para indicarle que es hora de soltarme. Con una mueca de disgusto, me libera por fin.

—¡Os lo habéis currado! —nos felicita Don, abrazándome.

—Adam es un tirano. Él daba órdenes, y yo las acataba —declaro, encogiéndome de hombros.

Lane no deja de mirarme. Yo fijo toda mi atención en la guirnalda que acabo de colgar, casi a costa de mi vida.

—¿Me echas una mano, colega? —propone Don, sacando la famosa piñata de una bolsa de plástico.

—Sí, prefiero que Lois se mantenga alejada de la escalera. Lane, tú puedes ir dejando las botellas cerca del bar, si quieres.

Sale de la habitación. Hora de poner pies en polvorosa antes de que vuelva.

—Os dejo.

—¡Gracias por tu ayuda!

Adam me abraza y me susurra un «hasta mañana» al oído. Yo murmuro una despedida colectiva y prácticamente echo a correr hasta la calle.

Me saco el móvil del bolsillo y veo una llamada perdida de Kirk.

«Mierda, no me he dado cuenta de la hora.

Ya me puedo dar prisa o llegaré tarde». He quedado con él para ese famoso café que he terminado por aceptar.

No sé exactamente qué espero de este encuentro.

Antes pensaba que no era nadie sin él, pero el acercamiento a Lane me ha curado de espanto.

La dependencia afectiva, tal como recalcó Carrie el otro día, levantando la nariz de uno de sus libros.

Por fin estoy empezando a familiarizarme con la Lois independiente y completa, pero hay un peso que todavía me retiene, y tengo la sensación de encontrarme en el borde de una brecha insalvable.

Sigo torturándome a mí misma por el camino hasta que algo llama mi atención. Al mirar atrás, reconozco inmediatamente el coche de Lane. «¿Ya se va?». Ahí está, conduciendo despacio para mantenerse a mi nivel.

—Sube —me ordena, asomándose por la ventanilla del copiloto—. Te llevo.

Su propuesta me toma de improviso; mis pies pierden el ritmo y se quedan inmóviles. Tengo ganas de decirle que sí antes de darme una bofetada mental.

—No, gracias. Prefiero andar.

Aún no estoy lista para encontrarme tan cerca de él. Me estoy esforzando mucho para curarme, y tengo miedo de volver a empezar desde cero si lo dejo entrar en mi todavía frágil burbuja.

—¡Sube al coche! —lo oigo insistir.

Sigo caminando, ignorándolo. La última vez, no intentó retenerme. Es duro, porque el corazón me late a toda velocidad y me recuerda todo lo que intento olvidar.

El insistente sonido de bocinazos, cada vez más numerosos y exaltados, me hace volver la vista hacia atrás. Una larga hilera de coches se ha formado detrás de Lane, quien sigue conduciendo a paso de tortuga para mantenerse a mi lado.

—¡Estás creando atasco! —le informo.

—Me pienso quedar aquí el tiempo que haga falta hasta que entres en el puto coche.

Y ahora, ¿qué le pasa?

—¡Lois!

Oírlo pronunciar mi nombre, aunque sea con ese tinte de impaciencia, me revuelve el estómago.

Lo he echado de menos, y me revienta ser tan débil.

«No, Lois, sé fuerte, sigue por tu camino».

El problema es que estoy en una calle principal, y no tengo forma de desviarme.

Podría entrar en una tienda, pero ¡seguro que se quedaría aparcado en mitad de la carretera solo para recordarme lo testarudo que puede llegar a ser!

—¿Te mueves o qué? —se altera alguien en un monstruoso todoterreno detrás de Lane.

—Estoy esperando a que esta chica se monte —grita Lane, asomándose por la ventanilla—. ¡Lo siento!

—Oye, tú —me interpela el mismo hombre—. ¿A qué esperas?

—¡No conozco a esta persona! —replico, alzando las manos al cielo.

—¡A mí me la pela! —berrea mientras martiriza su claxon.

Una encantadora mujer se suma a la ecuación y se pone a chillarme.

—¿Qué problema tienen ustedes? —vocifero yo—. Es él quien está bloqueando la circulación, ¿y cargo yo con las culpas?

—Lois... —me llama Lane por décima vez.

Un pitido prolongado seguido de una retahíla de insultos finiquita mi decisión.

—¡No hay quien te aguante! —exclamo, y cambio de trayectoria.

Tiro de su puerta con un golpe seco, doy un portazo con la misma fuerza y prácticamente arranco el cinturón de seguridad al ponérmelo. Durante todo este tiempo, él no deja de mirarme, pero yo me niego a prestarle atención.

—¡Venga, dale! ¡Es alucinante! ¡Siempre me llevo yo las broncas sin haber hecho nada!

«Puf: buena pulla, y sin haberlo planeado siquiera».

—Déjame en el centro comercial.

Por fin vuelve a adoptar una velocidad normal. A medida que van pasando los kilómetros, se me cierra cada vez más la garganta. Sigo siendo la misma de siempre: horriblemente apegada a él.

—Por aquí no es —me preocupo al verlo coger un desvío.

Aparca en un rincón de la ciudad que no he visto nunca y se desabrocha el cinturón.

—¿Qué hacemos aquí? ¿Has escogido un lugar desierto para asesinarme?

—¡Eh! Que hace mucho que ya no estamos en ese punto.

—No estamos en ningún punto —le respondo automáticamente.

Traga saliva y aprieta los labios.

—¿Qué quieres? —suspiro con un tono de voz que hago lo posible por dominar.

—Vuelve a casa.

Se me corta la respiración, y se me nubla la vista. No me esperaba esto y, en vista de su aire contrariado, creo que él tampoco.

Durante un instante, siento una felicidad fugaz al oír su petición, pero me recobro enseguida al recordar que Lane sigue siendo así de... Lane. Nada de lo que dice significa lo que yo creo. Al menos, eso ya lo he aprendido.

—No, gracias —me obligo a responder con educación—. Estoy muy contenta compartiendo habitación con Carrie.

—Escucha, sé que me he portado mal, que tendría que haber...

—No te molestes...

—¡Déjame terminar! ¡Te estoy intentando pedir disculpas, joder!

«¿Ah, sí?».

—Mentira: estás procurando disculparte con tu volante.

—¿Qué? ¡Claro que no! —replica, y mira sus dedos, que están estrangulando el cuero.

—¡Pues empieza por mirarme a los ojos!

Tal como temía, se me quiebra la voz, y mi primer reflejo es activar la manija para abrir la puerta. Pero Lane es más rápido y la bloquea.

—¡Lo siento! —grita, agarrando mi cinturón para que no pueda moverme.

Me quedo congelada y rompo a reír de una forma incontrolada.

—Eres el único tío del mundo que se disculpa a alaridos...

Niego con la cabeza: siento que me fallan las fuerzas de repente. Llevaba esperando este momento desde que me fui, pero no me alivia el dolor. Me aflige muchísimo que haya roto lo que había entre nosotros. «Lo que yo creía que había entre nosotros».

—Vuelve a casa, Lois.

—No.

—¡Ya te he dicho que lo siento por haberte hablado así!

—De acuerdo, lo entiendo y aprecio el esfuerzo. Pero, sea como sea, no voy a volver a vivir contigo.