29. Lane
Lane
Miro la hora en mi móvil por enésima vez.
Estoy esperando a que Adam venga a buscarme y ya estoy arrepentido de haber aceptado que cogiéramos un único coche.
Tendría que haberle dicho que no; así estaría conduciendo ahora, en lugar de quedarme encerrado en mi piso.
Mis ojos vuelven ya al condenado rincón.
¡No me puedo creer que Lois se diera a la fuga como una ladrona!
Han pasado tres semanas, durante las cuales he estado redescubriendo mi soledad habitual. Cuando me desperté y me di cuenta de que sus cosas no estaban, se amplificó la cólera que ella ya me causaba de por sí. Apareció en mi vida, lo puso todo patas arriba y se largó sin decir nada.
Mi móvil emite dos pitidos: Adam me ha enviado un mensaje para decirme que baje a la calle. Cojo mi chaqueta y me quedo parado un segundo delante de la copia de mis llaves, que no se ha movido del lugar en el que Lois la dejó. Exhalo con fuerza y corro escaleras abajo.
Adam necesita que alguien le eche una mano.
He estado distante estas últimas semanas con mis amigos, y no tengo por qué obligarlo a soportar mi mal humor.
Aunque no les he contado nada de lo de Lois, sé que han interpretado que pasó algo malo entre nosotros.
Me imagino que ya están al tanto de que ocupa la habitación de Becca.
¿Que cómo lo sé? No pude evitar llamar a Carter en cuanto me di cuenta de que se había ido.
Estaba loco de rabia, pero también de angustia.
Al preguntarme qué había pasado, le colgué en las narices.
Estoy recorriendo la calle a grandes zancadas cuando reconozco el ruido del motor de Adam. Me instalo a su lado y reclino el asiento en un intento de aliviar el agarrotamiento que se ha apoderado de mi cuerpo.
—¡Me alegro de verte, colega! —dice, y arranca de nuevo—. ¿Novedades?
—Nada.
—Gracias por echarme una mano, insisto. Don y Lewis tienen un partido tras otro, y prácticamente van de casa al entrenamiento y del entrenamiento a casa. No sé ni cómo aguantan.
Los envidio por tener una ocupación que acapara toda su atención.
—Este es su momento preferido del año —respondo mientras me aparto el pelo de la cara.
—Es verdad.
—¿Por dónde quieres empezar?
—Por la tienda de decoración del centro comercial.
—¿Qué temática ha elegido Lewis para este año?
—¡Por suerte, me toca a mí decidir! Intenta convencerme de que escoja una ambientación rollo Mad Max y, solo por eso, me siento tentado de optar por unicornios de lentejuelas.
—Yo voto por Mad Max —bromeo, imaginándome con horror la otra posibilidad.
—Ni en sueños.
Nos echamos unas risas, lo cual me hacía falta. Estaciona, y cruzamos el aparcamiento en silencio. Silba y me mira de reojo unas cuantas veces.
—¿Qué?
—Nada. Solo que pareces muy cansado.
Lógico: me está costando horrores conciliar el sueño. Otra consecuencia más de lo que pasó con...
—¡Lois!
Me sobresalto al oír a Adam gritar el nombre en el que estaba pensando. Lo miro con disimulo: está saludando con la mano a un punto al frente. Muy lentamente, me giro en la misma dirección y por poco tropiezo con un obstáculo inexistente.
—Pero ¿se puede saber qué es esto? —farfullo.
Aun a esta distancia, estoy seguro de haber leído la misma frase en los labios de Lois. Todas mis esperanzas de que este encuentro haya sido pura casualidad se esfuman con una sola frase de Adam:
—¿Lista para la aventura de ir en busca de globos y confeti? —le suelta con un entusiasmo que suena de repente a una conspiración diabólica.
«¿A qué cojones está jugando?».
Me gustaría poder dejar de mirar a Lois, pero soy incapaz.
Porque, pasada la sorpresa, caigo víctima de una oleada de emociones contradictorias.
Observo su silueta, y luego su rostro. Ella, a su vez, está mirando a Adam con una expresión que parece horrorizada.
Aparentemente, a ella tampoco la habían advertido de mi presencia.
Gira la cabeza hacia mí y, cuando nuestras miradas se cruzan, me estremezco.
—Hola.
Agacho la cabeza como única respuesta. Su voz suena cortés, sin vida, muy diferente a la que solía tener para mí. Así que así van a ser las cosas a partir de ahora. Debería alegrarme, pero me siento contrariado.
Adam pasa el brazo por debajo del de Lois y la guía al interior. Yo camino detrás de ellos, consciente de que Lois le está cuchicheando algo. Se cayeron bien desde el principio, pero ver esa complicidad me hace rechinar los dientes.
Cuando entramos a la tienda de decoración, me aferro a un carrito para tener las manos ocupadas.
—¿Qué te parece, Lane?
Levanto la cabeza para mirar a Adam, quien me muestra dos piñatas de distintos estilos.
—¿Me recuerdas cuántos años celebráis? Una puta piñata, ¿en serio?
Suspira y se gira para mirar a su vecina.
—¿Lois?
—La verde.
—Lewis odia ese color —replico de inmediato.
—Pues así se esforzará más para romperla —rebate ella, atravesándome con la mirada.
Y, cuando dice eso, no me cabe duda de que se está imaginando agitando un bate en el aire contra mi cuerpo colgado del techo.
—¡Pues la verde, entonces! —exclama Adam con una sonrisa.
—¿Para qué me has traído? —pregunto con amargura.
—Yo también me pregunto lo mismo —refunfuña Lois antes de torcer a la derecha.
—Esto se me va a hacer eterno—murmuro, siguiéndolos.
El traidor de mi amigo parece estar intentando hacer que esta sesión de compras dure lo máximo posible, como si le fuera la vida en ello.
La atmósfera es glacial, pero a él se la suda lo más grande.
Levanto la vista al cielo por vigésima vez, y Lois hace lo mismo.
Cuando nos damos cuenta, un acto reflejo nos hace sonreír.
Un segundo de complicidad que se evapora en cuanto Lois se cierra en su coraza.
Antes de verla, solo tenía furia guardada para ella.
Pero ahora, después de tres semanas sin tenerla cerca, de repente me siento agotado y culpable a la vez.
—Vasos —indica Adam, señalando con el dedo un punto por encima de mi cabeza.
Extiendo el brazo automáticamente, y mis dedos se cierran sobre algo suave y cálido.
Giro la cabeza y, sin querer, aprieto la mano de Lois al mismo tiempo que ella intenta deshacerse de la mía.
Pestañea muy rápido, y su aliento entrecortado reverbera entre nosotros.
Se le forma una arruga en el entrecejo y sus iris se tiñen de un brillo desafiante antes de viajar hacia otro montón de vasos de plástico.
Intenta coger unos cuantos con la mano, todavía prisionera de la mía. Soy rápido e intercepto su gesto.
—Suelta —me gruñe, y tira más fuerte.
—Adam me ha pedido que coja los vasos —le replico con el mismo tono.
—Me lo decía a mí.
—Ya, claro.
No habrá tregua en esta trifulca. Soy más fuerte que ella y podría ganarle sin mucho esfuerzo, pero no tengo ganas de soltarle la mano.
—No os peleéis por eso. Necesito doscientos; ¡habrá para todo el mundo! —Adam nos mira a los dos con una sonrisa de oreja a oreja.
De repente, Lois tira con fuerza y se queda con el paquete de vasos. La risita que se le escapa me llena de calidez.
Pasamos por fin por la caja. Con cada artículo que saco del carro, le rozo los dedos. «Pero ¿qué narices me pasa?». No hace nada que estaba furioso con ella, y ahora es como si ni siquiera me acordara de por qué. Como ya tiene por costumbre, esta chica controla todos mis estados de ánimo.
—Aún queda por comprar gran parte del alcohol —nos informa Adam mientras abre el maletero—. Lo haremos la víspera, en función del número exacto de invitados.
—Lewis siempre invita a gente en el último momento —le recuerdo mientras le doy una bolsa.
—Qué vergüenza —murmura Lois.
Me aguanto la risa in extremis . Es increíble lo bien que se ha integrado, y pensar en ello me repatea los intestinos, porque no me imagino cómo sería todo si no estuviera con nosotros ahora.
Mierda, no sabía que la había echado tanto de menos.
«¡No olvides lo que te ha hecho!». Se inmiscuyó en un lugar que no le pertenecía; metió el dedo en la enorme llaga de mi vida.
Voy rumiando esto mientras cierro el maletero. Me siento en el asiento del copiloto, y me abrocho el cinturón mientras Adam abre la puerta. Oigo a Lois carraspear y acercarse a mi amigo.
—Lo siento, Adam, pero me tengo que ir, me están esperando...
«¿Quién?».
—Ya que Lane está aquí...
Deja la frase en el aire y luego prosigue:
—En realidad, no me necesitáis —concluye.
«¿Por qué tengo ganas de llevarle la contraria?».
—Como quieras. Al menos, ¿puedo contar contigo para que me ayudes a decorarlo todo el día veintiocho?
Titubea mientras cambia el peso de un pie a otro.
—Sí, claro. Ya te dije que iría.
—¿Y al día siguiente también? —añade con voz amigable.
No oigo su respuesta. Me gustaría continuar centrado en mis pies, pero no puedo evitar levantar la cabeza para seguir su silueta por el aparcamiento. Camina mirando al frente, y me sorprendo esperando que se gire. «Date la vuelta, Lois».
Al verla desaparecer detrás de una camioneta, dejo escapar un breve suspiro.
—Estarás orgulloso —le gruño a Adam, que está en plena maniobra.
—¿Y tú?
—¿Te ha dicho algo? —le pregunto. No soy capaz de resistirme.
—Pues no, ya sabes cómo es. Lois no se abre mucho, tú eres el único que la conoce de verdad.
Entre todo lo que me podría haber dicho, eso es lo que más duro me resulta de oír.
—Tendrías que hablar con ella —añade con una mueca afligida.
—Está todo complicado, tío. Pasó una cosa, y estoy muy cabreado con ella...
Bueno, o eso creo. Lo raro es que, ahora que la he visto, me siento diferente. La cólera sigue ahí, pero ¿hacia quién va dirigida realmente?
Solucionamos el tema del alcohol, y luego Adam me deja en casa. Vuelvo a encontrarme con ese vacío que me reconcome el cerebro. Me paso los diez minutos sucesivos mirando mi sofá y reproduciendo todas las escenas en las que Lois me hizo preferir su presencia a mi soledad.