Sin freno (Campus drivers 1) 28. Lois
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28. Lois

Lois

Al abrir los ojos o, mejor dicho, entreabrirlos un poco como puedo, me encuentro con la misma decoración con la que me he familiarizado durante estos últimos cuatro meses.

Lámpara de techo, cocina, mesa baja... Siento náuseas, pero no solo por la cogorza de ayer.

Lo que pasó el viernes me enferma, sobre todo cuando, para echar más leña al fuego, la secretaria se rio en mis narices ayer, cuando fui corriendo a decirle que había cambiado de opinión y que quería la habitación.

Me despidió con un gesto desdeñoso y, unas horas más tarde, estaba encadenando chupitos con Lewis. ¡Lewis!

Me duele la cabeza de tanto beber y no recuerdo todos los detalles, pero sé que fue Lane el que vino a buscarme al bar. El trayecto de vuelta está borroso, pero tuvo que ser él quien me llevó al sofá. «Al sofá, ¿adónde si no?».

Vuelvo a cerrar los párpados inmediatamente porque, ahora mismo, este lugar me resulta opresivo e inhóspito. Tanto como su propietario, quien, a juzgar por la hora que marca el reloj del horno, debe de estar todavía durmiendo en su habitación.

Tendría que haberme ido el viernes, justo después de la discusión, pero me quedé todo el fin de semana postrada, esperando algo que ni yo sé qué era.

Su regreso, una respuesta, una excusa, una oferta de paz...

Pero no volvió en ningún momento. Supongo que estaba esperando a que me largara de su casa.

Me miró como si fuera una intrusa repugnante, como a una repulsiva cucaracha.

Una parte de mí tiene ganas de irrumpir en su habitación y sonsacarle una explicación, pero no podría sobrevivir a más palabras hirientes.

¿Para qué quiero buscar una explicación cuando me lo dejó clarísimo anteayer?

De todos modos, me diga lo que me diga, no estoy dispuesta a volver a ser su amiga o lo que sea que se le acerque.

«¿Cómo he podido equivocarme así?». Nunca ha sentido el más mínimo apego hacia mí; o, al menos, no de la forma en la que yo pensaba.

No como yo. Eso, ahora mismo, es evidente.

Me tolera siempre y cuando no sobrepase los límites de lo que me ofrece.

El sofá, dadas las circunstancias. Caridad: eso es lo que despierto en él.

«¿Cómo pudo acostarse conmigo y dejarme tirada como si nada a la mañana siguiente?».

Nunca había sentido tal vergüenza. Bueno, de hecho, sí.

Cuando Kirk me dejó, también me hizo daño.

Fue humillante. Sin embargo, en apenas unos meses, creo que Lane ha superado el listón.

¿Quién tiene la culpa? Nunca me prometió nada, después de todo; fui yo quien lo malinterpretó todo.

Quien creía que había algo más. Al mismo tiempo, me niego a ser la tía que ocupa su sofá y que está a su libre disposición para un polvo cuando le apetezca.

Sé que hay personas que no tienen ningún problema con eso, pero yo sí.

No soy de ese tipo de chica, y me hiere pensar que es así como Lane me ve.

De repente, me empiezo a asfixiar en este sofá de mierda.

Me deshago de la manta, me pongo de pie de un salto y me meto al baño de puntillas para no despertarlo, sería lo que me faltaba.

Reúno mis pertenencias, y me quedo bloqueada durante unos segundos ante el espejo, mirando a la pobre chica que tengo frente a mí.

Tomo consciencia de una cosa: debo madurar y dejar de ser esa cría demasiado enamorada del amor.

Sí, es hora de ganar algo de independencia.

Una vez reunidas todas mis cosas, deposito mi copia de las llaves en la consola de la entrada, garabateo un «Gracias por remolcarme» para sentirme mejor conmigo misma y le dejo la nota junto con un billete de cincuenta dólares, el que Lewis me dio anoche al perder la apuesta. Y me marcho.

Estoy sollozando como una imbécil mientras bajo las escaleras. También estoy enfadada, pero pesa más el dolor. La decepción. Meto los bultos en el taxi que he pedido y marco el número de Becca.

—¡Hola, Lois! —me saluda con un timbre insoportablemente jovial.

—¿Podría dejar mis cosas en tu habitación? —Sorbo por la nariz mientras intento controlar mi tono de voz.

Solo quiero que me las guarde hasta que encuentre una habitación en un hotel. No entra en mis planes contarle lo que ha pasado, pero rompo a llorar como una niñata patética. Sigue un gran silencio que ella rompe con un suspiro, un susurro furioso que no logro entender y lo siguiente:

—No hay problema, Lois. Estoy en casa de Carter casi todos los días, así que hasta puedes dormir en mi cama, si quieres. Le digo a Cart que me lleve donde estás...

—¡No, no! ¡Quédate con él!

Tengo la intención de guardarme para mí lo más doloroso: esos castillos en el aire que me he creado, que son la base de mi malestar y que debo erradicar.

Al entrar en su habitación veinte minutos más tarde, me cruzo con Carrie, quien está a punto de irse a clase.

—Becca me ha dicho que venías. Como si estuvieras en tu casa.

—Gracias. —Con un suspiro, apoyo mi equipaje contra la pared.

—¿Hace falta que llame a mi tío polaco para que le ponga precio a la cabeza de O’Neill? También tengo un primo colombiano por parte de madre.

—Mejor dame M y, a pesar de que, no hace mucho, era lo único que deseaba, ahora mismo es algo que me pone de los nervios.

—Lois, ¿tienes un momento?

«Hablando del rey de Roma...».

—Kirk. Hola.

—¿Qué tal?

—Mejor que nunca —ironizo con una voz seca—. ¿Querías algo?

No se le escapa mi hostilidad, y se me queda mirando con la boca abierta.

—Ya no vives con Lane —declara de repente.

Es muy directo, y me pregunto cómo se ha enterado.

—Me ha costado, pero he conseguido encontrar un alojamiento.

No le doy más explicaciones, pero esta sencilla frase hace que se le ilumine la cara, y eso me cabrea.

—¡Qué bien!

—Sí, genial. Gracias por tu consideración.

—Ay, me lo merezco. —Hace una mueca y agacha la cabeza—. Pero, oye, ¿seguís juntos?

—No.

Nunca lo hemos estado, pero Kirk no tiene por qué saberlo. Una parte de mí sabe que ha venido a buscarme a causa de Lane.

—¿Tendrías tiempo para un café?

—¿Qué te ha picado? —no puedo evitar preguntarle.

Suelta un bufido ronco antes de hundir las manos en los bolsillos.

—Mira, he estado pensando últimamente y me gustaría que habláramos, los dos solos.

—¿Quieres hablar?

—Sí, he estado...

— ... reflexionando. Muy bien por ti —lo interrumpo con una voz cansada—. Hoy no, Kirk.

Lo esquivo y lo abandono ahí, sin un ápice de curiosidad.

Qué mundo de locos. Nunca consigo lo que quiero cuando lo quiero.

Quería a Kirk, y tuve a Lane. Y, ahora que Kirk ha entrado de nuevo en la ecuación, no consigo sacarme a Lane de la cabeza.

¡No hay quien entienda a los tíos! De todos modos, yo estoy en plena fase de «¡conviértete en una mujer libre, Lois!

», y no pienso detenerme ahora que voy por tan buen camino.

—¡Dejadme en paz, por Dios! —rujo en voz alta mientras abro las puertas de mi edificio.

—¡Au!

Las he abierto tan fuerte que acaban de golpear a un estudiante.

—¡Perdón!

—No pasa nada, Lois.

Me crispo al reconocer la voz.

—Justo a ti te estaba buscando —añade Adam con una sonrisa.

—Hola...

—¿Qué tal? Hace una eternidad que no nos vemos.

Lanzo una mirada rápida detrás, para ver si los demás lo acompañan.

—Estoy solo —me tranquiliza al comprender mi maniobra—. Ya he visto que hay algún problema entre Lane y tú y que nos estás evitando a nosotros también. Lewis está destrozado —añade entre risas—. Me ha dicho que te suelte un «qué vergüenza».

—Esa frase os funciona con todo, ¿eh? —gruño, llevando los ojos al cielo.

—Totalmente. Te echamos de menos, ¿sabes? Don te vio coger el autobús a principios de la semana, y se pilló un rebote tremendo.

Mientras menciona a los Campus Drivers, me doy cuenta de que los echo mucho más de menos de lo que pensaba.

—Bueno, en fin, lo que te quería decir es que, el mes que viene, es el cumpleaños de Lewis y el mío, y estás invitada.

—¡Ah! Mmm...

No se me ocurre nada más que decir, y Adam parece decepcionado.

—Los dos nacimos el veintinueve de febrero, y este año es bisiesto. Estamos planeando una fiesta por todo lo alto para celebrarlo y quiero que vengas.

—¿Por qué? —me oigo murmurar.

—¿Que por qué? —repite, estupefacto—. ¿Porque un cumpleaños se suele celebrar con los amigos y tú eres nuestra amiga?

Lo miro como un pasmarote. Últimamente no estoy segura de que mi noción de la amistad tenga alguna validez.

—Lois, no sé qué ha pasado exactamente entre Lane y tú, pero no cambia nada con el resto del grupo. Y seguro que todo se arregla.

Se equivoca: lo cambia todo. No me imagino ni por un momento pasando la noche con ellos, y menos aún tratando con Lane. No mientras no haya encontrado cierto equilibrio.

—Llego tarde. ¿Lo hablamos luego? —Lo evito, asiendo con fuerza las tiras de mi mochila.

Él se cruza de brazos y tuerce la boca en un mohín de desaprobación.

—¿Puedo pedirte un favor, al menos?

—Claro.

—Lewis y Don están en mitad de un campeonato. Necesito ayuda para comprar el alcohol y la decoración. ¿Podrías venir conmigo? Pensaba hacerlo la semana que viene.

Me cae muy bien Adam. Desde el principio me he sentido cómoda con él y nunca he sido capaz de decirle que no.

—Puedes contar conmigo.

—Genial. Gracias, Lois. Te llamo luego para decirte el día.

Me rodea y yo me doy la vuelta para verle la cara de nuevo. Inesperadamente, me abraza a modo de despedida.

—¿Qué pasa? —se inquieta al notar cómo me tenso.

Por encima de su hombro, acabo de vislumbrar a Lane.

Es la primera vez que lo veo desde aquel día y me sienta como si acabara de recibir un puñetazo en el abdomen.

Está hablando con una chica que no conozco y, cuando gira la cabeza en mi dirección, brotan las lágrimas espontáneamente.

Me mira durante un momento, pestañea y aparta la mirada, como si yo no fuera más que una insignificante sombra.

Me recuerda a cómo se comportaba Kirk, solo que diez veces más doloroso.

—Hasta luego —balbuceo, y me voy a mi clase corriendo.

Me precipito por las escaleras y giro para terminar mi huida al baño de las chicas.

Me desplomo sobre el inodoro y recobro el aliento, escondida entre mis piernas.

La herida es muy profunda, y la cólera crepita muy cerca sin lograr escapar.

Sigo siendo la misma Lois tonta, y eso tiene que acabar.

Los demás siguen su vida mientras yo me aíslo en el cagadero.

«Ahí llega la cólera». Me levanto, tiro de la cadena y miro cómo el agua se arremolina antes de desaparecer. «¡Adiós, pobrecita mía!».