Sin freno (Campus drivers 1) 27. Lane #3
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27. Lane #3

Corto la comunicación antes de perder el control.

Tengo ganas de romper todo lo que hay en este piso, y la mirada que Adam me dirige ahora me está poniendo los nervios aún más a flor de piel.

No sé qué es lo que ve en mí, ni quiero pensarlo.

Lo único que quiero es sacar a Lois de las garras de Lewis antes de que haga algo que voy a lamentar.

«Joder, ¿algún día dejará de atormentarme esta chica? ».

—Vamos en tu coche, Lane. Así llevo luego a Lewis con el suyo.

—Solo a Lewis —le escupo mientras busco las llaves.

—Evidentemente.

Durante el descenso en ascensor a la planta baja, Don me estudia con desconfianza.

—¿Quieres hablarlo?

—No.

Voy demasiado rápido por las calles de Columbus; el bar donde trabaja Juliet nunca me había resultado tan lejano como ahora.

—Ve más despacio —se queja Adam cuando machaco una piedra.

Echo el freno de mano delante del cartel luminoso. Ya veo a Juliet en la acera, cantándole las cuarenta a Lewis, quien está sentado a sus pies doblado de la risa. Lois está en la misma posición, salvo por el detalle de que tiene la cabeza apoyada en la cabeza de mi amigo. «Respira, Lane».

—¡Aleluya! —exclama Juliet al vernos venir—. Libradme de estos borrachuzos antes de que cometa un homicidio doble.

Sacude el pie para que Lewis la suelte, me da un beso en la mejilla y vuelve al trabajo. Yo inspiro hondo, y repito esta misma acción al ver que Lois levanta la cabeza para mirarme.

—¡Me cago en todo! —maldice con una mueca—. ¡Antes prefiero ir a la cárcel! —articula con dificultad.

Se pega al brazo de su compañero de borrachera, y apoya la mejilla contra su cazadora de los Buckeyes mientras tararea.

—¿A que hacen una pareja adorable los dos? —comenta Donovan con una voz llena de ternura.

—¡Lois, al coche! —ordeno apretando los puños.

—Que te den.

Me inclino para separarla de Lewis a la fuerza y subírmela al hombro.

Ella intenta zafarse, pero la tengo agarrada con firmeza y abandona al cabo de unos segundos.

La hago aterrizar en el suelo a unos metros de distancia y la obligo a entrar en el coche.

Le empujo la cabeza para sentarla en el asiento trasero, sin que ella deje de quejarse en ningún momento, y cierro la puerta contra su cuerpo desplomado.

Anclo las manos en la carrocería, buscando el aliento entre mis brazos extendidos.

¿Qué voy a hacer con esta chica? Estoy furiosísimo sin saber muy bien con quién. Si con ella o conmigo.

Noto un toquecito en la espalda y me vuelvo para encontrarme con un Lewis vacilante.

—¿Qué cojones estabais haciendo? —Lo aparto de un empujón, iracundo.

—¡La encontré en el campus llorando como una magdalena, imbécil celoso! Me contó lo que habías hecho. Qué vergüenza.

—No sabes de lo que hablas —le replico con amargura.

—Nop, pero lo que sí sé es que Lois es una Supertía. Y tú eres un Supercretino por no darte cuenta. Le he dicho que no eras buena compañía, y estábamos a punto de rematar la jugada...

Me mira mientras me guiña un ojo con complicidad.

—Pero no te enfades; no le he dicho nada de lo de tu hermano.

Simula coserse los labios antes de soltar un eructo repugnante. Tiene una lucidez sorprendente para estar tan borracho.

—¡Venga, a casa, zopenco! —lo llama Don desde su asiento.

Lewis intenta hacer un saludo militar y luego va hacia el coche a trompicones.

Tras verlos doblar la esquina, suspiro mirando a Lois por la ventanilla, y me decido a ponerme al volante.

Durante el trayecto a casa, no pronuncia ni una palabra.

Con la frente pegada al cristal, dibuja círculos en el vaho que crean sus suspiros.

Encuentro sitio delante del edificio y le abro la puerta a mi tutelada, quien me mira con cara pálida.

—No quiero ir a tu casa —logra decir a duras penas—. Jamás.

Cierro los ojos y me contento con hundirme en el habitáculo para tirarle de los brazos. Espero que muestre resistencia, pero su única objeción son sus gemidos:

—... que... de re... sofá —balbucea mientras apoyo su peso en mí.

Huele a frutas y a tequila. La llevo al ascensor, prestando atención a los ruidos que emite para asegurarme de que no me va a echar la pota encima. Abro la puerta del apartamento, miro el sofá y valoro si meterla en mi cama. Odio lo que siento ahora, de repente.

—¡Sofá! —Se retuerce, ofuscada.

La tumbo encima con delicadeza. Está tan borracha que se le nublan los ojos.

Arrodillado en el suelo, le quito los zapatos y los calcetines.

Ella dobla los dedos de los pies varias veces y tirita con tal virulencia que me apresuro a taparla con una manta.

Hace una mueca, se frota los ojos y las sienes entre gimoteos y finalmente se gira sobre el costado.

Me quedo mirándola tumbada en el sofá, como un idiota.

—Tendrías que haberme dejado con Lewis.

—Ni lo sueñes.

—Con él es fácil. ¿Por qué todos me hacéis daño? —murmura con una voz queda.

Noto una fuerte presión en el pecho cuando comprendo que me está comparando con Kirk.

—¿Qué es lo que hago mal? ¿Qué tengo de malo?

Unas gruesas lágrimas le inundan las mejillas, y yo hago un amago hacia ella sin poder contenerme. No es la primera vez que la veo llorar, pero ahora mismo, aun a pesar de mi ira, me duele como nunca porque es por culpa mía.

—Lois...

—No somos amigos —me corta, llorando más fuerte—. No somos nada. Déjame en paz.

Sus palabras me llegan tan hondo que me quedo paralizado.

Termino por cerrar los ojos para alejar la sensación de vértigo que me inunda.

Aprieto los párpados, hago una mueca y me muerdo los carrillos.

Lois ha bebido demasiado: no es el momento de mantener una conversación con ella.

Al abrir los ojos, la encuentro con la cara hundida en el cojín, lo que me da la razón. Está dormida.

Me quedo observándola durante demasiado tiempo, y luego me refugio en mi habitación. Antes de cerrar la puerta, lanzo un vistazo a la de Mike. Me gusta tener a Lois aquí; es solo que soy incapaz de dejarle ocupar el lugar de Mike. Eso no cambia.