27. Lane #2
—¿Así que no ha cambiado nada, entonces?
—me parece oírle murmurar—. Aclárame un poco las cosas, Lane: ¿no soy más que tu pobrecito Corazón Roto de compañía?
¿Te valgo para un polvo de tanto en tanto en el sofá cuando te viene en gana?
—añade más fuerte, mirándome con indignación—.
¿Estoy aquí para ayudarte a tener las manos y la mente ocupadas cada vez que te aburres?
Mi primer reflejo es negarlo, pero lo que me sale de la boca es totalmente diferente.
—¿Qué esperabas? —declaro entornando los ojos—. Nos hemos acostado, Lois; eso no te da derecho a hacer lo que te plazca. Eso no lo he firmado.
Mis mecanismos de defensa están tan agudizados que ni siquiera reacciono al oírme echarle eso a la cara. En cierto sentido, me está facilitando la tarea de evitar enfrentarme a mis dudas.
—¿Por qué? —me bufa.
—Por qué ¿qué?
—Lo de Año Nuevo, los días siguientes, lo de anoche... ¿Qué pretendías?
—¡Que no significaba nada, joder!
Estoy yendo demasiado lejos, pero no hay nada que me detenga.
—No te acerques a esa habitación. ¿Está claro?
—Como el agua.
Una sombra atraviesa sus iris, y un frío glacial se extiende entre nosotros.
Me falta el oxígeno y necesito tomar aire.
Así que, sin decir nada más, cojo la puerta y bajo corriendo la escalera, demasiado desorientado para ser consciente de lo que acabo de provocar, demasiado cegado para ver lo que dejo atrás.
Me meto en el coche y amartillo el volante con los puños para intentar calmarme.
Sin éxito. Pongo primera y conduzco sin destino concreto.
Acabo por llamar a Juliet para decirle que voy a pasar el finde en su piso.
Ella me lo pone fácil: se guarda sus estados de ánimo para sí y nunca me hace preguntas.
Podría ser mi hermana. Se parece a mí más que a Carter: vive su vida entre el bar y los ligues de una noche.
De hecho, seguro que ahora mismo ni siquiera está en casa.
Y cuando está, solo se queda lo que dura una ducha y una microsiesta, lo cual es perfecto, porque ahora mismo quiero estar a mi bola.
Para evitar pensar, vacío una botella de alcohol y me paso en un estado comatoso todo el fin de semana.
Cuando, ya el lunes, salgo de mi cueva y me meto en el coche, se me ha hecho muy tarde para ir a la facultad.
Tengo que decidirme a volver a mi propia casa en algún momento, pero no estoy preparado para ver a Lois.
Espero que se haya largado a su residencia.
Esto ha llegado demasiado lejos. Quiero recuperar mi rutina tranquila, lejos de ella y de todo lo que me inspira.
Me lo repito varias veces para intentar convencerme.
Les envío un mensaje a mis colegas para decirles que vengan a casa.
Podría quedarme en la suya una temporada, pero seguir escondiéndome no serviría de nada.
Después de todo, ¡no he sido yo el que la ha cagado!
Aceptan y, tras aparcar delante de mi edificio, me quedo esperando dentro del coche como una gallina.
Ya es de noche cuando por fin se presenta Adam, inmediatamente seguido por Don.
—No te he visto en el campus hoy —arranca Don con un golpecito en la espalda—. Estás yendo por el mal camino, tío.
—¿No estás con Lewis? —evito la pregunta, y lo busco con la mirada detrás de él.
—No. A saber qué coño estará haciendo. No ha venido a las prácticas, ni Lois tampoco. ¡Menudos zánganos estáis todos hechos!
¿Lois ha hecho pellas? No es propio de ella... «¡No me importa lo más mínimo lo que haga!». Aun así, me quedo mirando la fachada: veo luz en la ventana del salón. ¿Lleva esperándome desde el viernes? Ignorando el ligero sentimiento de culpa que me brota en el estómago, me dirijo a la entrada.
Nos apiñamos en el ascensor. El corazón me late a mil por hora por la anticipación de encontrarme a Lois ahí arriba.
Pero, contra todo pronóstico, el apartamento está vacío cuando entramos.
Debería alegrarme y, sin embargo, de forma espontánea, busco sus cosas y respiro de alivio al encontrarlas contra la pared del salón, de vuelta a su emplazamiento original.
No sé si estoy aliviado de que las haya sacado de la habitación o de que no se haya ido. «¡No sé lo que quiero, mierda!».
Me apresuro a encender el altavoz de bluetooth e iniciar una lista de reproducción bastante violenta en mi móvil.
—Quiero una revancha —anuncia Don, dejando caer un par de mandos de consola sobre el mueble de la tele.
Inicia una partida e intento concentrarme en las siguientes, pero no dejo de preguntarme qué habrá estado haciendo Lois.
—Tío, ¿hoy tienes la cabeza en la mierda? —se pregunta Adam, mirándome desde su rincón del sofá—. ¿Te encuentras mal?
—¿Alguien tiene noticias de Lewis? —pregunto para cambiar de tema.
—Está desconectado en la aplicación —responde Adam tras comprobarlo en su móvil—. Debe de estar tirándose a alguna chica. Está en una fase de morenitas con gafas desde la última luna llena.
—Por cierto —interviene Don—, no nos contaste qué tal fue la visita a la habitación de Lois.
En ese mismo momento, me suena el móvil, librándome de este tema tan delicado.
El altavoz reproduce el tono de llamada por todo el apartamento.
Lanzo una mirada angustiada al nombre que aparece en pantalla: Juliet.
No es Lois. Joder, pero ¿dónde se ha metido?
Hoy no le tocaba hacer deporte, Becca está con Carter...
He ignorado todas sus llamadas, y las consecuencias me están revolviendo las tripas.
Suena de nuevo el teléfono. Como tengo las manos ocupadas con los joysticks , lo dejo en modo altavoz y deslizo el índice sobre la pantalla para responder.
—¿Sí?
—Hola, Lane.
Se oye mucho ruido de fondo: adivino enseguida que está trabajando en el bar.
—¿Va todo bien? —le pregunto, preocupado, mientras le asesto un pelotazo en la cabeza a Adam.
—Sí, sí.
—¡Hola, Juliet! —declaman Don y Adam al unísono.
—¿Estáis todos juntos? ¡Qué bien!
—Solo falta Lewis —precisa Adam.
—¡Ah! ¡Sí, ya me había dado cuenta! De hecho, llamo por él.
—¿Tiene algún problema? —pregunta Adam, mirando a su alrededor.
—¡Precisamente, un problema con el alcohol! Los tengo aquí, a él y a su amiga, borrachos como una cuba; y, como no venga alguien a buscarlos ya mismo, voy a tener que llamar a la poli.
—¿Que Lewis está borracho? —inquiero, mirando el reloj del horno, sorprendido—. Si no son ni las nueve...
—¿Es mona su amiga? —la interroga Don.
—Ya la conocéis: es una morena que estuvo en tu cumpleaños, Lane.
Mi dedo resbala sobre el joystick , ocasión que Adam aprovecha para rematarme.
—¿Lois? —se pregunta en mi lugar.
Imposible: tiene que haberse confundido. Para empezar, a Lois no le va empinar el codo. Y, además, jamás lo haría con Lewis.
—Tengo que volver al curro. Cuento con vosotros, chicos.
Y cuelga inmediatamente. No pierdo ni un segundo en marcar el número de Lewis.
—¡Holaaa! —me suelta con una voz ebria que resuena por las paredes de mi casa—. ¿Qué tal todo, pollito?
—¿Qué haces, tío? —interviene Don.
—¡Tomarme unos tequilas con mi Superamiga!
—¡Que soy yooo! —suelta una voz que reconozco al instante.
—Increíble —gruño mientras me pellizco las aletas de la nariz.
—¿Qué haces borracho? —le pregunta Don sin dejar de prestar atención a la partida.
—Pues... no sé muy bien cómo ha pasado. Me he encontrado con Lois en el campus, y estaba llo...
—¿Qué hace Lois borracha? —lo interrumpo con un volumen excesivo.
«Lo sabes perfectamente, anormal».
—Juliet quiere que nos larguemos... —se lamenta entre risas—. Oye, Don, ¿podrías venir a buscarnos y llevarnos a la residencia? Lois y yo nos vamos a matar a polvos.
Una especie de zumbido sordo me satura los tímpanos de repente y en mis labios se acumulan insultos que no soy capaz de oír. Cuando vuelve a sonar la voz de Lewis, estoy asiendo el mando con tal fuerza que corre el riesgo de romperse.
—¡Quiere que me convierta en un superhéroe, pero en su culo! —fanfarronea.
—Yo lo mato... —farfullo entre dientes.
—Un héroe sin calzoncillos, sin capa... —prosigue.
—Pero ¡no sin condón! —concluye Lois con una odiosa carcajada.
Noto cómo se me eriza el vello de la nuca. Los demás están boquiabiertos. Es Don el primero que se echa a reír, seguido muy de cerca por Adam, quien me mira a modo de disculpa. Lo ignoro y me pego el dispositivo a los labios.
—Lewis, te juro que como...
—¡Tatatatatataaam tatatatataaam! ¡Tatatataaatam tatatataaatam tatatataaam!
Canturrea la sintonía de Superman tan fuerte que se satura el altavoz.
—¡Como la toques, te parto la cara! —grito por encima de su cancioncita alcoholizada.
Noto las miradas de mis amigos clavarse en mí en cuanto me doy cuenta de lo que acabo de decir.
—Lane está cabreado —se oye a Lewis susurrar a Lois.
—¡Uuuh! —se pone a gritar ella—. ¡Has perdido al juego, has dicho su nombre! ¡Me debes cincuenta pavos!
—¡Mierda! —se autocompadece Lewis—. Eres el que no debe ser nombrado, tío —añade con decepción—. A Lois se le da demasiado bien este juego.
—¡Avada kedavra, Lanus!
Debe de haberse acercado al auricular, porque su intervención suena muy fuerte por el altavoz. Adam se está conteniendo para no desternillarse, mientras que yo estoy a dos dedos de lanzar la mesa baja por los aires.
—Tú algo has hecho —dice Donovan señalándome con el dedo—. Ahora entiendo mejor por qué estás de ese humor de perros.
Me muerdo los carrillos y hago lo posible por tragarme mi cólera.
—Vamos a buscarte, Lewis —le dice ahora a nuestro amigo—. Tú no te muevas —añade antes de levantarse para ponerse la chaqueta.
—Gracias, ¡eres como una madre para mí, Donny! ¿Podemos usar tu cama? Es mucho más grande que la m...