Sin freno (Campus drivers 1) 27. Lane
82%

27. Lane

Lane

Estoy delante de mi apartamento, sosteniendo la llave en el aire, cerca de la cerradura.

Acerco la mano, la retiro y juro para mis adentros en el descansillo.

Maldita sea. Es mi casa, pero me siento como si fuera la de un vecino.

Despertarme con Lois encajada entre el sofá y yo ha conseguido arruinarme el humor de nuevo.

Y luego he tenido que enfrentarme a un día de mierda que parecía no acabar nunca.

No he seguido nada de la importantísima cita de la que vuelvo ahora mismo.

Carter me daba codazos cada vez que mi atención se disipaba.

Sin éxito. Me he pasado todo el tiempo rememorando la noche anterior, en un intento de ahogar un mar de sentimientos contradictorios.

Mientras me llevaba a casa, Cart ha intentado sonsacarme algo, pero no he abierto la boca, salvo para decirle que me dejara en paz.

No sé qué podría decirle cuando ni yo mismo entiendo nada.

Para evitar volver demasiado pronto, he aceptado alguna que otra petición de viaje.

He llevado a Esperanza y a Prudencia a una mercería, quienes se han percatado de mi consternación; he estado a punto de pedirles consejo sobre el tema, pero después me lo he repensado.

En la carrera siguiente, me ha faltado poco para ceder a las insinuaciones de una atrevida rubia solo para sacarme a Lois de la cabeza.

Pero ni aun así lo he conseguido, y ahora es todavía peor.

Lois ya debe de haber vuelto, y no sé cómo enfrentarme a ella.

Hasta ayer, estaba jugando mi papel habitual con bastante facilidad, pero eso fue antes de acostarme con ella.

Antes de pedirle que se quedara, aún bajo el efecto de la excitación por sentirla desnuda y transpirando contra mi cuerpo.

Antes de dormirme abrazado a ella y despertarme en la misma posición.

«¿Ha sido un error?». Sí. Pero es demasiado tarde para dar marcha atrás, así que entro en casa mientras me mentalizo.

Veo sus zapatos en la entrada, su chaqueta en el perchero, pero no hay rastro de ella ni en el salón ni en la cocina.

—¡Lois!

—¡Estoy aquí! —grita con alegría.

En ese mismo momento, mis llaves caen sobre el cuenco que les está destinado.

Me tenso y se me frunce el ceño automáticamente.

Su voz ha resonado desde el fondo del pasillo y me ha parecido demasiado lejana como para provenir del cuarto de baño.

Miro de reojo el rincón en el que suele dejar sus cosas: han desaparecido.

Cierro los ojos y me froto la cara. Debe de estar en mi habitación, haciéndose un hueco, tal como le sugerí ayer.

Se me hace un nudo en el estómago y me cuesta respirar.

Me debato: una parte de mí se arrepiente de haberle pedido que se quedara, porque lo que eso implica me angustia.

Mierda, ¿por qué habré hecho eso? «Porque os habéis acostado y ha sido una locura...

». Sí, fue un buen polvo, pero no soy el tipo de persona que se deja llevar por la polla.

Y, antes de eso, ya estaba tenso, cuando recibió esa condenada llamada.

Y, además, Lois está enamorada de Kirk, y yo de mi vida simple y tranquila, y...

¡Joder, esta chica me está volviendo loco desde el momento en el que la conocí, y ya no puedo más!

Me armo de valor y avanzo con pasos pesados.

Inspiro y espiro varias veces para adoptar un aire de indiferencia, pero mi semblante se descompone al abrir la puerta de mi habitación y encontrarla vacía.

Me dirijo lentamente al otro extremo del pasillo con un mal presentimiento, y mi mano choca con la pared al descubrir la habitación de mi hermano abierta y bañada de luz. «Espero que Lois no esté dentro».

Lo primero que descubro cuando me decido a cruzar el umbral es un montón de ropa esparcida por la cama.

La de mi hermano... Doy un paso más, con el corazón bombeándome cada vez más rápido.

Esta visión me lleva a años atrás, cuando Mike todavía vivía aquí conmigo.

Me estremezco con el chirrido de la puerta del armario, como si fuera a encontrármelo detrás, pero lo que aparece es el sonriente rostro de Lois.

Una mezcla de decepción y furia me estalla en el pecho.

—¿Has tenido un buen día? —me interpela con entusiasmo.

Debe de leer algo en mi cara, porque veo cómo su radiante sonrisa pierde intensidad poco a poco.

—¿Cómo...?

—Pero ¿qué cojones haces? —le escupo. Una intensa rabia me oprime la tráquea.

Mi tono agresivo la hace tambalearse un poco y pestañea. Yo no puedo dejar de mirar esta insoportable escena.

—Pues estaba...

—¿Se puede saber qué coño haces aquí? —continúo con mayor violencia.

Mis ojos se posan en sus bártulos, luego en la cama y, por fin, en el escritorio. Repiten el mismo trayecto varias veces mientras me tiemblan los músculos de la mandíbula. Alucino. No me puedo creer que esté...

—Estoy organizando mis cosas —logra decir ella—. Me dijiste que...

—¡Largo de aquí!

Acabo de gritar con tal intensidad que se cae de culo. Se levanta a toda prisa y mira a su alrededor para intentar comprender qué ha podido desencadenar mi ira.

—Lane, ¿por qué...?

—¡Largo de aquí! —le repito aún más fuerte,

Cegado por el dolor, me abalanzo sobre el escritorio, cojo las perchas con un gesto confuso y prácticamente se las tiro encima. No sabía cómo iba a reaccionar antes de llegar, y ahora no puedo permitirme pararme a pensar en ello.

—¡Muévete!

Se abre camino dando traspiés. Observa la escena temblando con virulencia. Le pego una patada a su mochila antes de devolver la ropa a su sitio.

Cuando cierro la puerta del armario con una fuerza descontrolada, ella suelta un grito asustado.

—¡Te he dicho que te vayas! —le grito demasiado cerca de su cara.

Su cuerpo reacciona por fin al ver el gesto amenazante del mío.

Sale de la habitación. Me ahogo, la cabeza me da vueltas.

Hundo las palmas en la madera del armario.

Lo mantengo cerrado para impedir que el recuerdo de mi hermano se escape.

Es lo único que me queda de él, y me pone enfermo que Lois lo haya trastocado.

¿Qué hacía aquí dentro? ¡Se ha pasado de la raya!

—¡Argh!

Golpeo el mueble y abandono esta maldita habitación cerrando de un portazo. Salgo disparado al salón y, cuando mis pasos apisonan el suelo al acercarse a Lois, ella se da media vuelta y clava la espalda contra la isla de la cocina.

Mantengo una distancia prudente, temblando de rabia.

Ella respira tan rápido y tan fuerte que veo el vaivén de su pecho.

Sus cejas se mueven en todas las direcciones mientras yo sigo mirándola con cara de pocos amigos.

Sus ojos me disparan olas de preguntas y su cabeza hace pequeños movimientos, como si intentara comprender la situación.

En este momento, no se parece en nada a la Lois de cada día. No me inspira más que rabia.

—¿Qué problema tienes? —logra decir, sin apartarse del mueble en el que está apoyada.

—¿Qué te has creído, Lois? ¿Qué coño hacías en esa puta habitación?

—¿Es broma? —suelta con una voz ahogada, seguida de una risa aguda—. ¿Tienes pérdidas de memo...?

—¡Te prohíbo entrar ahí!

Las palabras brotan con tal fuerza que me abrasan la garganta.

—Pero ¿qué dices? ¡Si fuiste tú quien me dijiste que me instalara ahí!

«¿De verdad me la está intentando colar de esa manera?».

—¡Jamás en la vida! ¡Te he dicho que te haría espacio en mi armario, no que te metieras aquí como Pedro por su casa!

—Pero si... Si... ¿Cómo que «como Pedro por su casa»? —salta de repente—. Yo nunca... ¡Fuiste tú quien me pidió que me quedara!

—¡No te di permiso para ocupar esa habitación! —bramo, perdiendo la poca paciencia que me quedaba—. ¿Dónde te crees que estás? ¡Que no es tu casa!

No respondo de mis palabras: he llegado demasiado lejos, y mi boca habla sin ayuda de mi cerebro.

No asimilo lo que le estoy diciendo. Lois, en cambio, lo analiza todo, respirando entrecortadamente.

Está desamparada, pero lo único que yo veo ahora es su presencia asfixiante y su comportamiento intolerable.

Me arde el pecho y me va a estallar la cabeza.

—Espera —insiste ella después de tragar saliva—. Necesito un resumen. ¿Lo que pretendías es que me quedara en ese sofá hasta la muerte?

—¡Sí! —vocifero automáticamente, y doy un paso al frente.

«¡Es la habitación de mi hermano!».

Ella levanta la mano hacia delante, inclina la cabeza y cierra los ojos.

Cuando vuelve a abrirlos, sus pupilas reflejan algo que ya he visto en ella. Pero estoy demasiado enfurecido para prestarle atención. Su palma, abierta entre ambos, se convierte en un puño, y luego en un dedo acusador.

—Esta mañana, he ido a secretaría para rechazar la habitación. He dicho que no a lo que llevaba meses esperando porque creía que tú...

Su cuerpo se encoge ligeramente y se toca el estómago mientras suelta una risa suave.

—¿Quieres que me quede... en el sofá? —continúa con una voz carente de toda expresión.

Durante unos segundos, el dolor que creo ver reflejado en sus ojos me hace perder el hilo, pero me recobro de inmediato.

—¿Te supone algún problema? —le replico, mordaz.

—¿Me has hecho renunciar a una habitación por ese puto sofá?

—¡Nunca te oí quejarte de ese «puto sofá» cuando tu ex te dejó tirada en plena calle! ¡Ni ayer tampoco, por cierto!

Lo he soltado de la forma más fría posible, pero sé que he dado en la diana. Se queda congelada, con sus grandes ojos abiertos como platos. En algún lugar en mi interior, se dispara una señal de alarma, pero lo único que escucho es mi rabia.

—¿Qué problema hay con esa habitación? ¿Por qué no puedo dormir en ella si está libre?

—No está... ¡El problema eres tú! —declaro sin medir mis palabras—. No tienes ningún derecho a mi espacio. Ya te dejo todo lo demás. ¿Qué más quieres?

Una toma de consciencia parece abrirse paso hasta su frente fruncida. Pestañea, y abre la boca mientras su aliento empieza a convertirse en un silbido.