Sin freno (Campus drivers 1) 26. Lois #3
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26. Lois #3

Nos quedamos así, el uno contra el otro, en un silencio que solo rompe el ruido de nuestras respiraciones, mezclado con el violento tamborileo de mi corazón.

Lane se retira poco a poco, me hace rodar sobre el costado hacia el respaldo del sofá.

De perfil, le doy la espalda y miro el tejido mientras él se pelea con el preservativo.

Estoy esperando que vuelva a evaporarse, pero, contra todo pronóstico, desliza la mano bajo mi brazo y la posa en mi vientre.

Se pega contra mi espalda sin decir nada: seguimos desnudos, pero no me importa.

Su nariz me acaricia la nuca; sus dedos desenhebran mis cabellos y me los peinan detrás de la oreja.

Intento traducir su comportamiento, pero tengo demasiado miedo de equivocarme en lo que respecta a sus sentimientos.

Soy la única que puede hacer la pregunta adecuada, pero no me atrevo.

—¿De verdad te gusta esa habitación? —murmura de repente con voz grave.

Pestañeo, doblo los dedos de los pies; no me aventuro a darme la vuelta para mirarlo.

—No está tan mal —logro decir con dificultad.

—Tienes mejores opciones.

«Sí, como la habitación del fondo de la que nunca me has hablado».

—¿Y si...?

—¿Sí?

Me acaricia el vientre, trazando el contorno de mi ombligo, mientras su pie juega con el mío.

—Cuando acabe el semestre, tendrás más opciones, así que podrías...

—¿Que podría qué? —prácticamente le suplico.

—Podrías quedarte.

La sangre me borbotea en el pecho con tal fuerza que mi pulso se vuelve violento y descoordinado. Me entra un calor repentino. Cierro los ojos con todas mis fuerzas y aprieto los labios para no dejar escapar un ápice de mi alegría. Y ese otro sentimiento, que sigo guardándome un poco para mí.

—¿Quieres que me quede contigo?

Prefiero volver a preguntárselo para asegurarme de que no lo he soñado.

Él agacha la cabeza una sola vez. Estoy tan contenta que podría lanzarme a su cuello, pero me quedo inmóvil, obligando a mis músculos a no reaccionar ante esta frase que esperaba más que nada en el mundo.

No quiero parecer loca de alegría; no quiero que se dé cuenta de hasta qué punto me conmueve su oferta.

—¿Por qué? —murmuro con aprensión.

Posa la mano en mi pecho. Ya no lo oigo respirar. ¿Acaso se ha dado cuenta de algo al acostarse conmigo? Necesito saber qué espera de mí, de nosotros... «Nosotros... Lo que yo quiero es que haya un nosotros ».

—Teníamos un acuerdo —argumento con un hilo de voz—. Y allí hay un armario, un escritorio...

Eso me da igual, pero tengo que saber cómo está dispuesto a acomodarme para que no me vaya. Y, de paso, saber si todo esto guarda relación con lo que viene pasando desde las navidades. Me apresuro a mencionar la cama, el punto central de toda esa historia, pero me corta la palabra.

—Tendría que haberlo hecho antes —arranca con evidente inquietud.

«¡Ay, madre!».

—Voy a vaciar el armario —continúa con una voz ronca.

—¿De la habitación? —suelto precipitadamente.

—Sí, y podrías aprovechar el escritorio; yo casi nunca lo uso.

¡Ya está, por fin me da acceso a esa habitación vacía!

Estoy tan feliz que no busco indagar más.

Si quiere que me quede aquí, con él, puede que sea porque comparte lo que siento.

Es Lane, el que no quería oír hablar de ninguna okupa el verano pasado.

Quiere que me quede. En una habitación de verdad, y no en un sofá como si fuera algo temporal.

Bueno, sí, ha dicho que era a la espera de mejores opciones el próximo semestre, pero algo me dice que es una excusa.

Y sí, no me ha ofrecido su habitación, pero es un buen comienzo, y me proporcionará el tiempo suficiente para hallar el orden en el desorden.

Después de todo, Kirk siempre ha estado entre nosotros, y es normal que sea prudente.

Cuando llegue el momento adecuado, le confesaré que ahora es a él a quien quiero.

—¿Estás seguro? —murmuro, mordisqueándome la boca.

Querría que me dijera que sí, que lo tiene muy claro, que todo ha cambiado entre nosotros, que no piensa en otra cosa y que quiere empezar desde cero, desde ya y sin parar...

—Sí —se contenta con replicar—. ¿Y tú?

Asiento con lentitud.

—Pues estamos de acuerdo. Mañana pasaré el día con Carter. Tenemos cita con un productor para discutir un contrato. Puedes ordenar tus cosas sin mí; te dejo al cargo.

—Sí, vale. Tendré que pasarme por secretaría para rechazar la asignación de residencia. ¿Seguro que...?

—Segurísimo —concluye sin dejarme terminar—. Aquí hay espacio de sobra, mucho más que en ese trastero por el que te quieren sacar los cuartos.

—Quiero contribuir...

—Lois, el piso es mío. Sigue haciendo la compra; con eso me vale.

Estoy tentada de preguntarle si lo demás también se va a mantener, o al menos pedirle que me confirme que no somos solo dos amigos con derecho a roce, pero por ahora me basta con esto. No quiero parecer una niñata obnubilada.

—Vale —me limito a exhalar.

Sigo acurrucada contra él cuando el sueño hace que me tiemblen los párpados. Antes de perderme en el reino de Morfeo, me imagino cómo sería una vida así. Resulta muy fácil, porque mi corazón nunca ha estado tan inspirado.